lunes, 21 de agosto de 2017

La regresión a la Barbarie de Onésimo Redondo

La regresión a la Barbarie de Onésimo Redondo La lucha por la cultura-Término del ciclo progresista- La africanización por el marxismo. En el fondo de toda lucha política late una lucha por la cultura. Entendemos por cultura el complejo de las instituciones y hábitos que constituyen la vida civilizadora. Y no hay pretensión, programa o partido de índole política que no se mueva enarbolando razones o pretextos de cultura: el Derecho contra la arbitrariedad, la justicia frente al abuso, a instrucción popular, la paz, la perfección económica, el fomento de la riqueza, la libertad…, en una palabra: “la civilización”. Toda la política popular, la acción de masas, que es la sustancia de los regímenes llamados democráticos, y de todos los que, moderadamente les sustituyen, gira constantemente en torno a esta presunción: que el pueblo ama la cultura, la civilización, y se inclina del lado donde cree que los valores de civilización se ofrecen con mas verdad y con mayor pujanza. Por eso cada partido político presume, ante las masas, de contener el las esencias civilizadoras; por eso se ha convenido en hacer del “progreso” una religión. Porque se asentó, en los intelectuales, primero, y en las masas, después, la creencia dogmatica de que el progreso, mudanza, evolución, revolución, eran sinónimos de cultura. Y basta contemplar por encima la historia política de los últimos ciento cincuenta años en todo el mundo para observar que la humanidad no ha hecho otra cosa que recostarse sucesivamente sobre aquellas teorías que se presentaban como mas nuevas; correr-en marcha de verdad esplendorosa, radiante de esperanzas y prodiga en resultados- hacia el espejuelo sagrado del progreso permanente, ilusionada siempre con un mañana definitivamente feliz, subsiguiente a una definitiva revolución. La lucha política moderna es así, en el universo, un gigantesco “Kultur-Kampf”, una lucha estruendosa por la cultura. Ante esta universalidad de la política triplemente “cultural”, progresista y popular, las JONS no adoptan una cultura contraria: nos incorporamos con entusiasmo a la corriente del progreso. También nosotros, en nombre del pueblo y para el pueblo, interpretamos la civilización, ofrecemos la cultura. Nuestra originalidad esta en acusar una nueva claridad, una sinceridad mayor y también una juvenil valentía en este combate. La traza más concreta de nuestra posición mental y combativa es, como se sabe, la oposición al marxismo, porque solo nosotros venimos al mundo político con la tarea de aniquilarle, haciéndole. A la vez, innecesario e imposible. Pues bien; la razón de esa nuestra guerra es fundamentalmente una razón de cultura. Nosotros decimos: el marxismo es la muerte de la civilización; toda revolución marxista es un conato de regreso a la barbarie. Cabalmente se presenta por este lado el fallo de la mitología progresista y democrática de siglo y medio. Porque fue muy saludable, si, que los pueblos se movilizasen para imponer con su conocimiento las trayectorias políticas de los Estados. Y es digno de una época de luz, que se encariñen las masas por sí mismas con la cultura y se orienten a favor de quien, con más bríos, la representa. Todas esas virtudes las posee, como galas típicas de su madurez, nuestra época: la del progreso. Pero ¿Qué ocurre si, acostumbrada la humanidad a otear la civilización por el lado del progreso, aparecen en este horizonte los auténticos barbaros? La tragedia del “progresismo” está en que se revistan astutamente con este hábito sagrado los depositarios y conspiradores de la barbarie. Movido el pueblo-en una irresistible inercia- en derechura hacia la revolución, subiendo confiado los peldaños que conducen de liberalismo a radicalismo, de radicalismo a marxismo, tropieza con un brusco cierre de horizonte. Perseguía, subiendo, la cultura, y el abismo de la barbarie se abre a sus pies, temeroso de repente, La barbarie, con todos sus atributos- tiranía, hambre, opresión del pensamiento, materialismo, crueldad- , pero con el ropaje hipócrita y los gritos solemnes y empachosos de la libertad de cultura. Este papel de burlar a la humanidad en su mancha confiada hacia el progreso estaba reservado al marxismo. El realiza en la política contemporánea la negra tragedia de envolver al pueblo en un oscurantismo palpable y recientito, vivo y robusto, pero al son de bélicas canciones de luz y redención. El marxismo, con sus utopías mahometanas, con la verdad de su hierro dictatorial y con el lujo despiadado de sus sádicos magnates, renueva de repente el eclipse de cultura y libertades que una moderna invasión sarracena pudiera producir. No le falta, para acreditar la semejanza, ni el concurso fanático de hordas mesiánicas, aficionadas a la guerra tumultuosa, sedientas de placeres y de victorias vengativas, gustosas de la violencia sanguinarias. Con el marxismo, una parte del pueblo vota por la barbarie; se quiebra la supuesta inclinación de la colectividad hacia el bien y la justicia. Muchos de la colectividad vuelven las espaldas con entusiasmo a la civilización y pugnan realmente por una progresiva africanización de la vida. Así se consuma, se quiere consumar, en honda decadencia, el ciclo brillante de la edad revolucionaria. Como que el marxismo es el que en nuestros días hace imposible el liberalismo: el consabido y unánime descredito de este, mas todavía que a la falencia de sus principios, se debe al súbito peligro real que el marxismo representa contra todas las libertades de la vida civilizada. Por eso la ingente masa liberal de las generaciones adultas decae en su fe democrática, y por eso las generaciones nuevas abandonan en todo el mundo la ruta fatídica del liberalismo, que desemboca en lo marxista, en lo bárbaro. Este peligro, cierto, de la africanización en nombre del progreso tiene en España una evidente exteriorización. Podemos asegurar que nuestros marxistas son los más africanos de toda Europa. Para la causa nacional es de importancia primera esta fácil observación que, no obstante, ser fácil, nadie se hace, nadie la cultiva para batir a los modernos barbaros. Si no estuviéramos tan radicalmente alejados, desde la Enciclopedia, del pensamiento nacional, sabríamos valorar con más exactitud y cordura el duro y relevante papel de España en la lucha europea por la civilización, y percibiríamos con más talento los verdaderos peligros de aquella en nuestro suelo y los deberes de defensa que a la raza incumben. España, como Hungría un tiempo, como Polonia, Grecia y hasta la Armenia y la Siria, es por la geografía y por la historia una zona fronteriza entre los núcleos seculares de la civilización, y las mansiones, también seculares, de la barbarie. El problema medular, milenario, de la cultura y el peligro nunca enterrado, de la regresión a la barbarie, presentan en nuestra Península aristas más sensibles que en las otras naciones occidentales. Somos históricamente una zona de “frotamiento entre lo civilizado y lo africano, entre lo ario y lo semita. Por eso las generaciones que hicieron la Patria, las que nos libraron de ser una prolongación eterna del continente oscuro, armaron su hierro y nunca lo envainaron contra los asaltos del Sur. Por eso se expulsó- ¡Por necesidad, por el imperio primero de las voces de independencia y vida!- a la morisma, organizada en reinos, y luego a los semitas de Judá, y por fin a los africanos que quedaban: a los moriscos que vivían en España, mientras la odiaban y maquinaban una venganza temible. Por eso la grande Isabel ordeno a los españoles mirar permanentemente al África, para vencerla siempre, y nunca dejarnos invadir de ella nuevamente. ¿Quedo la Península enteramente des africanizada? ¿No habrá peligro de un nuevo predominio del factor africano, aquí donde tantas raíces del espíritu moro quedaron en el carácter de una raza, vanguardia de Europa?... Nosotros nos hacemos serenamente esta pregunta grave, y la contestamos a continuación, señalando el evidente, el redivivo peligro de la nueva africanización: el marxismo. Si en todo el mundo es este la conjura judía-“semita”- contra la civilización occidental, en España presenta más delicadas y rápidas coincidencias con lo semita con lo africano. Vedle florecer con toda su lozanía el primitivismo en las provincias del Sur, donde la sangre mora perdura en el subsuelo de la raza. Las propagandas sanguinarias y materialistas participan allí del fuego meridional de la guerra santa. El secuaz del marxismo español, y más andaluz, toma pronto la tea incendiaria, penetra en los cortijos y en las dehesas, impelido por la subconsciencia bandolera, alentada por los semitas de Madrid; quiere el pan sin ganarlo, desea holgar y ser rico, tener placeres y ejercer venganza… “La masa- decía en el Congreso un diputado del campamento marxista- tiene derecho a inmolarse en los asaltos y en el crimen” He aquí una voz progresista, revolucionaria, injertada en un afán sarraceno de invadir, saquear y vengarse; es la encarnación africana del marxismo; es el regreso a la barbarie por el camino del progreso. La guerra al marxismo responde, por tanto, al alerta sagrado de la civilización, amenazada ante la irrupción de la barbarie: de una barbarie más peligrosa que ninguna, pues viene ataviada con pretensiones de cultura que se llaman “ideas avanzadas”; de una barbarie que es la astuta valorización de todos los impulsos regresionistas latentes en el subsuelo psicológico de un pueblo que, a fuerza de siglos y de luchas, se civilizó. En España la aniquilación del marxismo es la continuación de la historia nacional, el cumplimiento de una dura y relevante misión histórica a favor de Europa. Y la victoria definitiva del marxismo seria la re-africanización de España, la victoria conjunta de los elementos semitas – judíos y moriscos, aristocráticos y plebeyos-, conservados étnica o espiritualmente en la Península y en Europa. Por eso ahora nos invaden los judíos expulsados de otras naciones. Por eso el poder marxista lanza miradas de ternura y protección a los hebreos del norte de África. Elija la juventud española el bando en que cree legitimo y glorioso batallar en una lucha por la cultura y por la raza … Revista JONS num 1, mayo de 1933

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