martes, 15 de enero de 2013

Poema de Dionisio Ridruejo

UMBRAL DE LA MADUREZ




(ELEGÍA DESPUÉS DE LOS TREINTA AÑOS)



Recuerda, camarada, aquellos días que nos están envejeciendo,



aquellos que han anticipado nuestra desalentada prudencia.



No llores, no maldigas, no te vuelvas airado contra tu corazón.



No era ciertamente la vida lo que se te ha escapado de las manos



como el agua, como el aire o como el fuego



dejándote en cenizas.



Era menos y más que la vida



era el resol de eternidad que sólo al joven le es dado entrever,



porque sólo él sabe que el tiempo es corto y el espacio pobre



cuando su corazón ha creado otro reino distinto.



Lo sabe y lo propone negándose a la vida,



viviendo en su morada de espejos y creando



con barro de la nada el cosmos de una sospecha que ignora.



Porque el joven todavía no es hombre,



todavía late unido a la milagrosa placenta,



todavía es un dios, pero un dios desterrado



que sigue soñando y con su sueño maravilla al destierro.



No llores, no maldigas; recuerda simplemente.



Puesto que ya eres hombre compórtate como hombre



y recuenta los hechos ligándote a tu vida.



Recuerda aquellos días: morir era tan bello



como vivir:



vida y muerte eran fuente de glorias semejantes.



Recuérdalo; era cierto:



los verbos te servían como caballos de combate,



los adjetivos no llegaban a teñir del color verdadero tus cimeras



y los nombres eran puros clarines



sin dependencia de los objetos.



Recuérdalo: creabas; tu voz iba a las aguas extendidas



y emergían alegres continentes impacientes de ser



o se abrían caminos para que los cruzase el pueblo de Dios.



Y tú ibas con el pueblo llevando tu bandera,



pero ninguna compañía alcanzaba a turbarte,



porque todas las almas estaban en la tuya.



Recuerda solamente:



tus sentidos eran como celdillas de colmena;



cada sabor y cada luz, cada sonido,



cada dureza o extensión y cada aroma



hallaban aposento a su medida



y el todo era un puro embeleso geométrico



que destilaba miel hacia tu corazón.



Había, sí, dolor punzante e ira sagrada



y también confusión, perplejidad y horror,



pero eran como pasmos que injertaban misterio



y espuelas que incitaban el salto a una potencia perseverante.



¡Qué maleables eran la riqueza y el lujo!



¡Qué dóciles el hambre, el amor y el poder!



Un orden levantaba su castillo



y tu fiereza generosa



apaleaba a la humanidad para llevarla a su cercado.



¡Oh castillos del aire!



Luchabas, sí, luchabas.



Recuerda solamente.



Era todo verdad. El amor era aquello:



la ansiedad fundidora de la única belleza.



¡La patria! Sí, la patria



no eran estos millones de rudos desacuerdos forjándose la vida,



sino el cetro surgido en el puño radiante,



la espada justiciera, vencedora, infalible.



El mundo era un empeño que tenía su forma



no del todo acabada ni evidente



poniendo a lo perfecto la sal de lo futuro.



La guerra era una luz flamante e imperiosa,



una excelsa bandera que libraba de hedor a los muertos.



La vida, en fin, la vida…



No, no andabas en sueños por campos y por plazas.



Pero recuerda solamente.



Cuando tu adolescencia contenida te sacaba a los prados



era bastante el álamo para seguir viviendo,



el álamo en el cielo, entre torre y fantasma,



del todo semejante al talle más querido.



Porque era y lucía y solamente era.



Ahora, en cambio, distingues de las hojas del álamo



las del chopo y las briznas de romero



de las de los cipreses que limitan tu huerta



llena, llena de frutos y de diversidades.



Antes, desde su idea bajabas a las cosas;



ahora vagas por entre aquellas cosas que existen, que te llevan,



que te piden un nombre singular y preciso.



Todo es ya piedra a piedra, poso a poso y despacio.



El desencanto es diáfano, la humildad es tu curso.



El tiempo de la paz y de los goces, pero no de los mitos.



Mas espera: dentro del pecho el grano hará granero.



Te ayudará tu Dios. Tú habrás pasado,



pero tu juventud no habrá sido un ensueño,



porque la muerte es joven.



La vida es, camarada…



Pero ahora recuerda, solamente recuerda.



Sea tu compasión sin llanto y sin reproche,



y sea, sobre todo, sin magisterio vano.



No clames tu experiencia.



Es tiempo de silencio y destreza piadosa.



Sobre todo no quieras escarmentar ahora



al que viene detrás y va por su camino.



¡Oh!, no enseñes al joven;



no le digas mostrando tu pequeña impotencia:



«Mirad, jóvenes, ésta, la verdad de la vida».



Que no sepan por ti… Pero no sabrán nada;



sus ojos no te ven, sus oídos no escuchan.



Míralos como llegan aureolados, puros:



aquel que se dispone como tú en otro tiempo



a vestir castamente la armadura,



y aquel que viene envuelto



en un manto de nieblas melancólicas, chispeando sus ojos,



y aquel que se ha vestido las mallas delicadas del placer sin cautela.



Ellos sabrán por sí y a costa de su sangre.



Que transiten sin huella su pavimento de diamante virgen,



que impongan el esquife de oro a las ondas bravías,



que no emplome sus alas la prudencia ni el desengaño.



No ahorres dolor al que aún es omnipotente.



Tú sigue tu camino, construyendo,



hora a hora, brote a brote, grano a grano, alma a alma,



el penoso edificio de tus realidades.



Cree, espera y recuerda,



recuerda solamente, porque el recuerdo es claro,



y como piedra oculta va haciéndote en un ser indestructible.



Y si has de llorar vertiendo las cenizas de tu sangre



sobre las cenizas del empeño maltrecho y remoto



busca la soledad y ríndete en silencio.



Clama a tu corazón de rodillas: ¡Dios mío!