miércoles, 30 de mayo de 2012

San Fernando

"Aquí yace el Rey muy honrado Fernando, señor de Castilla y de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia e de Jaén. El que conquistó toda España; el mas leal, el mas verdadero, el mas franco e el mas apuesto, e el mas ganado, e el mas sufrido, e el mas humildoso, el que mas temía a Dios, e el que le facía servicio e el que le quebrantó y destruyó a todos sus enemigos, el el que alzó a todos sus amigos, e conquistó la ciudad de Sevilla, que es la cabeza de toda España" El epitafio lo redacta Don Alfonso X, uno de los pocos documentos verídicos de esa España legendaria de "las tres culturas". Lo manda labrar en cuatro losas de alabastro, cada una con la misma inscripción en distinto idioma y escritura: En latín, castellano, hebreo y árabe, que todavía están a un flanco y otro del altar sobre el que reposa la urna de plata del orfebre Juan Laureano de Pina, con el cuerpo incorrupto del Santo Rey Fernando 30 de mayo SAN FERNANDO III DE CASTILLA Y LEÓN († 1252) San Fernando (1198?-1252) es, sin hipérbole, el español más ilustre de uno de los siglos cenitales de la historia humana, el XIII, y una de las figuras máximas de España; quizá con Isabel la Católica la más completa de toda nuestra historia política. Es uno de esos modelos humanos que conjugan en alto grado la piedad, la prudencia y el heroísmo; uno de los injertos más felices, por así decirlo, de los dones y virtudes sobrenaturales en los dones y virtudes humanos. A diferencia de su primo carnal San Luis IX de Francia, Fernando III no conoció la derrota ni casi el fracaso. Triunfó en todas las empresas interiores y exteriores. Dios les llevó a los dos parientes a la santidad por opuestos caminos humanos; a uno bajo el signo del triunfo terreno y a otro bajo el de la desventura y el fracaso. Fernando III unió definitivamente las coronas de Castilla y León. Reconquistó casi toda Andalucía y Murcia. Los asedios de Córdoba, Jaén y Sevilla y el asalto de muchas otras plazas menores tuvieron grandeza épica. El rey moro de Granada se hizo vasallo suyo. Una primera expedición castellana entró en Africa, y nuestro rey murió cuando planeaba el paso definitivo del Estrecho. Emprendió la construcción de nuestras mejores catedrales (Burgos y Toledo ciertamente; quizá León, que se empezó en su reinado). Apaciguó sus Estados y administró justicia ejemplar en ellos. Fue tolerante con los judíos y riguroso con los apóstatas y falsos conversos. Impulsó la ciencia y consolidó las nacientes universidades. Creó la marina de guerra de Castilla. Protegió a las nacientes Ordenes mendicantes de franciscanos y dominicos y se cuidó de la honestidad y piedad de sus soldados. Preparó la codificación de nuestro derecho e instauró el idioma castellano como lengua oficial de las leyes y documentos públicos, en sustitución del latín. Parece cada vez más claro históricamente que el florecimiento jurídico, literario y hasta musical de la corte de Alfonso X el Sabio es fruto de la de su padre. Pobló y colonizó concienzudamente los territorios conquistados. Instituyó en germen los futuros Consejos del reino al designar un colegio de doce varones doctos y prudentes que le asesoraran; mas prescindió de validos. Guardó rigurosamente los pactos y palabras convenidos con sus adversarios los caudillos moros, aún frente a razones posteriores de conveniencia política nacional; en tal sentido es la antítesis caballeresca del "príncipe" de Maquiavelo. Fue, como veremos, hábil diplomático a la vez que incansable impulsor de la Reconquista. Sólo amó la guerra bajo razón de cruzada cristiana y de legítima reconquista nacional, y cumplió su firme resolución de jamás cruzar las armas con otros príncipes cristianos, agotando en ello la paciencia, la negociación y el compromiso. En la cumbre de la autoridad y del prestigio atendió de manera constante, con ternura filial, reiteradamente expresada en los diplomas oficiales, los sabios consejos de su madre excepcional, doña Berenguela. Dominó a los señores levantiscos; perdonó benignamente a los nobles que vencidos se le sometieron y honró con largueza a los fieles caudillos de sus campañas. Engrandeció el culto y la vida monástica, pero exigió la debida cooperación económica de las manos muertas eclesiásticas y feudales. Robusteció la vida municipal y redujo al límite las contribuciones económicas que necesitaban sus empresas de guerra. En tiempos de costumbres licenciosas y de desafueros dio altísimo ejemplo de pureza de vida y sacrificio personal, ganando ante sus hijos, prelados, nobles y pueblo fama unánime de santo. Como gobernante fue a la vez severo y benigno, enérgico y humilde, audaz y paciente, gentil en gracias cortesanas y puro de corazón. Encarnó, pues, con su primo San Luis IX de Francia, el dechado caballeresco de su época. Su muerte, según testimonios coetáneos, hizo que hombres y mujeres rompieran a llorar en las calles, comenzando por los guerreros. Más aún. Sabemos que arrebató el corazón de sus mismos enemigos, hasta el extremo inconcebible de lograr que algunos príncipes y reyes moros abrazaran por su ejemplo la fe cristiana. "Nada parecido hemos leído de reyes anteriores", dice la crónica contemporánea del Tudense hablando de la honestidad de sus costumbres. "Era un hombre dulce, con sentido político", confiesa Al Himyari, historiador musulmán adversario suyo. A sus exequias asistió el rey moro de Granada con cien nobles que portaban antorchas encendidas. Su nieto don Juan Manuel le designaba ya en el En-xemplo XLI "el santo et bienaventurado rey Don Fernando". Más que el consorcio de un rey y un santo en una misma persona, Fernando III fue un santo rey; es decir, un seglar, un hombre de su siglo, que alcanzó la santidad santificando su oficio. Fue mortificado y penitente, como todos los santos, pero su gran proceso de santidad lo está escribiendo, al margen de toda finalidad de panegírico, la más fría crítica histórica: es el relato documental, en crónicas y datos sueltos de diplomas, de una vida tan entregada al servicio de su pueblo por amor de Dios, y con tal diligencia, constancia y sacrificio, que pasma. San Fernando roba por ello el alma de todos los historiadores, desde sus contemporáneos e inmediatos hasta los actuales. Físicamente, murió a causa de las largas penalidades que hubo de imponerse para dirigir al frente de todo su reino una tarea que, mirada en conjunto, sobrecoge. Quizá sea ésta una de las formas de martirio más gratas a los ojos de Dios. Vemos, pues, alcanzar la santidad a un hombre que se casó dos veces, que tuvo trece hijos, que, además de férreo conquistador y justiciero gobernante, era deportista, cortesano gentil, trovador y músico. Más aún: por misteriosa providencia de Dios veneramos en los altares al hijo ilegítimo de un matrimonio real incestuoso, que fue anulado por el gran pontífice Inocencio III: el de Alfonso IX de León con su sobrina doña Berenguela, hija de Alfonso VIII, el de las Navas. Fernando III tuvo siete hijos varones y una hija de su primer matrimonio con Beatriz de Suabia, princesa alemana que los cronistas describen como "buenísima, bella, juiciosa y modesta" (optima, pulchra, sapiens et pudica), nieta del gran emperador cruzado Federico Barbarroja, y luego, sin problema político de sucesión familiar, vuelve a casarse con la francesa Juana de Ponthieu, de la que tuvo otros cinco hijos. En medio de una sociedad palaciega muy relajada su madre doña Berenguela le aconsejó un pronto matrimonio, a los veinte años de edad, y luego le sugirió el segundo. Se confió la elección de la segunda mujer a doña Blanca de Castilla, madre de San Luis. Sería conjetura poco discreta ponerse a pensar si, de no haber nacido para rey (pues por heredero le juraron ya las Cortes de León cuando tenía sólo diez años, dos después de la separación de sus padres), habría abrazado el estado eclesiástico. La vocación viene de Dios y Él le quiso lo que luego fue. Le quiso rey santo. San Fernando es un ejemplo altísimo, de los más ejemplares en la historia, de santidad seglar. Santo seglar lleno además de atractivos humanos. No fue un monje en palacio, sino galán y gentil caballero. El puntual retrato que de él nos hacen la Crónica general y el Septenario es encantador. Es el testimonio veraz de su hijo mayor, que le había tratado en la intimidad del hogar y de la corte. San Fernando era lo que hoy llamaríamos un deportista: jinete elegante, diestro en los juegos de a caballo y buen cazador. Buen jugador a las damas y el ajedrez, y de los juegos de salón. Amaba la buena música y era buen cantor. Todo esto es delicioso como soporte cultural humano de un rey guerrero, asceta y santo. Investigaciones modernas de Higinio Anglés parecen demostrar que la música rayaba en la corte de Fernando III a una altura igual o mayor que en la parisiense de su primo San Luis, tan alabada. De un hijo de nuestro rey, el infante don Sancho, sabemos que tuvo excelente voz, educada, como podemos suponer, en el hogar paterno. Era amigo de trovadores y se le atribuyen algunas cantigas, especialmente una a la Santísima Virgen. Es la afición poética, cultivada en el hogar, que heredó su hijo Alfonso X el Sabio, quien nos dice: "todas estas vertudes, et gracias, et bondades puso Dios en el Rey Fernando". Sabemos que unía a estas gentilezas elegancia de porte mesura en el andar y el hablar, apostura en el cabalgar dotes de conversación y una risueña amenidad en los ratos que concedía al esparcimiento. Las Crónicas nos lo configuran, pues, en lo humano como un gran señor europeo. El naciente arte gótico le debe en España, ya lo dijimos, sus mejores catedrales. A un género superior de elegancia pertenece la menuda noticia que incidentalmente, como detalle psicológico inestimable, debemos a su hijo: al tropezarse en los caminos, yendo a caballo, con gente de a pie torcía Fernando III por el campo, para que el polvo no molestara a los caminantes ni cegara a las acémilas. Esta escena del séquito real trotando por los polvorientos caminos castellanos y saliéndose a los barbechos detrás de su rey cuando tropezaba con campesinos la podemos imaginar con gozoso deleite del alma. Es una de las más exquisitas gentilezas imaginables en un rey elegante y caritativo. No siempre observamos hoy algo parecido en la conducta de los automovilistas con los peatones. Años después ese mismo rey, meditando un Jueves Santo la pasión de Jesucristo, pidió un barreño y una toalla y echóse a lavar los pies a doce de sus súbditos pobres, iniciando así una costumbre de la corte de Castilla que ha durado hasta nuestro siglo. Hombre de su tiempo, sintió profundamente el ideal caballeresco, síntesis medieval, y por ello profundamente europea, de virtudes cristianas y de virtudes civiles. Tres días antes de su boda, el 27 de noviembre de 1219, después de velar una noche las armas en el monasterio de las Huelgas, de Burgos, se armó por su propia mano caballero, ciñéndose la espada que tantas fatigas y gloria le había de dar. Sólo Dios sabe lo que aquel novicio caballero oró y meditó en noche tan memorable, cuando se preparaba al matrimonio con un género de profesión o estado que tantos prosaicos hombres modernos desdeñan sin haberlo entendido. Años después había de armar también caballeros por sí mismo a sus hijos, quizá en las campañas del sur. Mas sabemos que se negó a hacerlo con alguno de los nobles más poderosos de su reino, al que consideraba indigno de tan estrecha investidura. Deportista, palaciano, músico, poeta, gran señor, caballero profeso. Vamos subiendo los peldaños que nos configuran, dentro de una escala de valores humanos, a un ejemplar cristiano medieval. De su reinado queda la fama de sus conquistas, que le acreditan de caudillo intrépido, constante y sagaz en el arte de la guerra. En tal aspecto sólo se le puede parangonar su consuegro Jaime el Conquistador. Los asedios de las grandes plazas iban preparados por incursiones o “cabalgadas" de castigo, con fuerzas ágiles y escogidas que vivían sobre el país. Dominó el arte de sorprender y desconcertar. Aprovechaba todas las coyunturas políticas de disensión en el adversario. Organizaba con estudio las grandes campañas. Procuraba arrastrar más a los suyos por la persuasión, el ejemplo personal y los beneficios futuros que por la fuerza. Cumplidos los plazos, dejaba retirarse a los que se fatigaban. Esta es su faceta histórica más conocida. No lo es tanto su acción como gobernante, que la historia va reconstruyendo: sus relaciones con la Santa Sede, los prelados, los nobles, los municipios, las recién fundadas universidades; su administración de justicia, su dura represión de las herejías, sus ejemplares relaciones con los otros reyes de España, su administración económica, la colonización y ordenamientos de las ciudades conquistadas, su impulso a la codificación y reforma del derecho español, su protección al arte. Esa es la segunda dimensión de un reinado verdaderamente ejemplar, sólo parangonable al de Isabel la Católica, aunque menos conocido. Mas hay una tercera, que algún ilustre historiador moderno ha empezado a desvelar y cuyo aroma es seductor. Me refiero a la prudencia y caballerosidad con sus adversarios los reyes musulmanes. "San Fernando —dice Ballesteros Beretta en un breve estudio monográfico— practica desde el comienzo una política de lealtad”. Su obra "es el cumplimiento de una política sabiamente dirigida con meditado proceder y lealtad sin par”. Lo subraya en su puntual biografía el padre Retana. Sintiéndose con derecho a la reconquista patria, respeta al que se le declara vasallo. Vencido el adversario de su aliado moro, no se vuelve contra éste. Guarda las treguas y los pactos. Quizá en su corazón quiso también ganarles con esta conducta para la fe cristiana. Se presume vehementemente que alguno de sus aliados la abrazó en secreto. El rey de Baeza le entrega en rehén a un hijo, y éste, convertido al cristianismo y bajo el título castellano de infante Fernando Abdelmón (con el mismo nombre cristiano de pila del rey), es luego uno de los pobladores de Sevilla. ¿No sería quizá San Fernando su padrino de bautismo? Gracias a sus negociaciones con el emir de los benimerines en Marruecos el papa Alejandro IV pudo enviar un legado al sultán. Con varios San Fernandos, hoy tendría el Africa una faz distinta. Al coronar su cruzada, enfermo ya de muerte, se declaraba a sí mismo en el fuero de Sevilla caballero de Cristo, siervo de Santa María, alférez de Santiago. Iban envueltas esas palabras en expresiones de adoración y gratitud a Dios, para edificación de su pueblo. Ya los papas Gregorio IX e Inocencio IV le habían proclamado "atleta de Cristo” y "campeón invicto de Jesucristo". Aludían a sus resonantes victorias bélicas como cruzado de la cristiandad y al espíritu que las animaba. Como rey, San Fernando es una figura que ha robado por igual el alma del pueblo y la de los historiadores. De él se puede asegurar con toda verdad —se aventura a decir el mesurado Feijoo— que en otra nación alguna non est inventus similis illi. Efectivamente, parece puesto en la historia para tonificar el espíritu colectivo de los españoles en cualquier momento de depresión espiritual. Le sabemos austero y penitente. Mas, pensando bien, ¿qué austeridad comparable a la constante entrega de su vida al servicio de la Iglesia y de su pueblo por amor de Dios? Cuando, guardando luto en Benavente por la muerte de su mujer, doña Beatriz, supo mientras comía el novelesco asalto nocturno de un puñado de sus caballeros a la Ajarquía o arrabal de Córdoba, levantóse de la mesa, mandó ensillar el caballo y se puso en camino, esperando, como sucedió, que sus caballeros y las mesnadas le seguirían viéndole ir delante. Se entusiasmó, dice la Crónica latina: “ irruit... Domini Spiritus in rege". Veían los suyos que todas sus decisiones iban animadas por una caridad santa. Parece que no dejó el campamento para asistir a la boda de su hijo heredero ni al conocer la muerte de su madre. Diligencia significa literalmente amor, y negligencia desamor. El que no es diligente es que no ama en obras, o, de otro modo, que no ama de verdad. La diligencia, en último término, es la caridad operante. Este quizá sea el mayor ejemplo moral de San Fernando. Y, por ello, ninguno de los elogios que debemos a su hijo, Alfonso X el Sabio, sea en el fondo tan elocuente como éste: “no conoció el vicio ni el ocio”. Esa diligencia estaba alimentada por su espíritu de oración. Retenido enfermo en Toledo, velaba de noche para implorar la ayuda de Dios sobre su pueblo. "Si yo no velo —replicaba a los que le pedían descansase— ¿cómo podréis vosotros dormir tranquilos?" Y su piedad, como la de todos los santos, mostrábase en su especial devoción al Santísimo Sacramento y a la Virgen María. A imitación de los caballeros de su tiempo, que llevaban una reliquia de su dama consigo, San Fernando portaba, asida por una anilla al arzón de su caballo, una imagen de marfil de Santa María, la venerable "Virgen de las Batallas" que se guarda en Sevilla. En campana rezaba el oficio parvo mariano, antecedente medieval del santo rosario. A la imagen patrona de su ejército le levantó una capilla estable en el campamento durante el asedio de Sevilla; es la “Virgen de los Reyes", que preside hoy una espléndida capilla en la catedral sevillana, Renunciando a entrar como vencedor en la capital de Andalucía, le cedió a esa imagen el honor de presidir el cortejo triunfal. A Fernando III le debe, pues, inicialmente Andalucía su devoción mariana. Florida y regalada herencia. La muerte de San Fernando es una de las más conmovedoras de nuestra Historia. Sobre un montón de ceniza, con una soga al cuello, pidiendo perdón a todos los presentes, dando sabios consejos a su hijo y sus deudos, con la candela encendida en las manos y en éxtasis de dulces plegarias. Con razón dice Menéndez Pelayo: "El tránsito de San Fernando oscureció y dejó pequeñas todas las grandezas de su vida". Y añade: "Tal fue la vida exterior del más grande de los reyes de Castilla: de la vida interior ¿quién podría hablar dignamente sino los ángeles, que fueron testigos de sus espirituales coloquios y de aquellos éxtasis y arrobos que tantas veces precedieron y anunciaron sus victorias?" San Fernando quiso que no se le hiciera estatua yacente; pero en su sepulcro grabaron en latín, castellano, árabe y hebreo este epitafio impresionante: "Aquí yace el Rey muy honrado Don Fernando, señor de Castiella é de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia é de Jaén, el que conquistó toda España, el más leal, é el más verdadero, é el más franco, é el más esforzado, é el más apuesto, é el más granado, é el más sofrido, é el más omildoso, é el que más temie a Dios, é el que más le facía servicio, é el que quebrantó é destruyó á todos sus enemigos, é el que alzó y ondró á todos sus amigos, é conquistó la Cibdad de Sevilla, que es cabeza de toda España, é passos hí en el postrimero día de Mayo, en la era de mil et CC et noventa años." Que San Fernando sea perpetuo modelo de gobernantes e interceda por que el nombre de Jesucristo sea siempre debidamente santificado en nuestra Patria. JOSÉ Mª. SÁNCHEZ DE MUNIÁIN

martes, 29 de mayo de 2012

LA GAITA Y LA LIRA

LA GAITA Y LA LIRA ¡Cómo tira de nosotros! Ningún aire nos parece tan fino como el de nuestra tierra; ningún césped más tierno que el suyo; ninguna música comparable a la de sus arroyos. Pero... ¿no hay en esa succión de la tierra una venenosa sensualidad? Tiene algo de fluido físico, orgánico, casi de calidad vegetal, como si nos prendieran a la tierra sutiles raíces. Es la clase de amor que invita a disolverse. A ablandarse. A llorar. El que se diluye en melancolía cuando plañe la gaita. Amor que se abriga y se repliega más cada vez hacia la mayor intimidad; de la comarca al valle nativo; del valle al remanso donde la casa ancestral se refleja; del remanso a la casa; de la casa al rincón de los recuerdos. Todo eso es muy dulce, como un dulce vino. Pero también, como en el vino, se esconden en esa dulzura embriaguez e indolencia. A tal manera de amar, ¿puede llamarse patriotismo? Si el patriotismo fuera la ternura afectiva, no sería el mejor de los humanos amores. Los hombres cederían en patriotismo a las plantas, que les ganan en apego a la tierra. No puede ser llamado patriotismo lo primero que en nuestro espíritu hallamos a mano. Es elemental impregnación en lo telúrico. Tiene que ser, para que gane la mejor calidad, lo que esté cabalmente al otro extremo, lo más difícil; lo más depurado de gangas terrenas; lo más agudo y limpio de contornos; lo más invariable. Es decir, tiene que clavar sus puntales, no en lo sensible, sino en lo intelectual. Bien está que bebamos el vino dulce de la gaita, pero sin entregarle nuestros secretos. Todo lo que es sensual dura poco. Miles y miles de primaveras se han marchitado, y aún dos y dos siguen sumando cuatro, como desde el origen de la creación. No plantemos nuestros amores esenciales en el césped que ha visto marchitar tantas primaveras; tendámoslos, como líneas sin peso y sin volumen, hacia el ámbito eterno donde cantan los números su canción exacta. La canción que mide la lira, rica en empresas porque es sabia en números.
* * *
Así, pues, no veamos en la patria el arroyo y el césped, la canción y la gaita; veamos un destino, una empresa. La patria es aquello que, en el mundo, configuró una empresa colectiva. Sin empresa no hay patria; sin la presencia de la fe en un destino común, todo se disuelve en comarcas nativas, en sabores y colores locales. Calla la lira y suena la gaita. Ya no hay razón –si no es, por ejemplo, de subalterna condición económica– para que cada valle siga unido al vecino. Enmudecen los números de los imperios –geometría y arquitectura– para que silben su llamada los genios de la disgregación, que se esconden bajo los hongos de cada aldea.

Respuesta Estudiantil!!




Por arriba tus ojos!!!

miércoles, 16 de mayo de 2012

derrota de Sarkozy



Más sobre la derrota de Sarkozy Hemos construido un mundo donde las soberanías nacionales han quedado reducidas a fosfatina. Lo cual tiene sus inconvenient

es cuando se trata de asegurar instrumentos para garantizar el bienestar del pueblo. Sarkozy ha fracasado porque llegó al poder envuelto en un discurso de afirmación nacional y, una vez en la presidencia, no ha sido capaz de afirmar nada. La crisis global se lo ha llevado como a tantas otras cosas. Y ha quedado demostrado que ni siquiera Francia es capaz de trabajar por libre. ¿Qué está pasando? Está pasando que hemos construido un mundo –o, si se prefiere, nos hemos dejado absorber por él- donde las soberanías nacionales han quedado reducidas a fosfatina. Lo cual tiene sus inconvenientes cuando se trata de asegurar instrumentos para garantizar el bienestar del pueblo. Por decirlo en dos palabras, el capital se ha comido a lo nacional, primero, y ahora parece que va a comerse a lo social. Hasta ahora hemos vivido envueltos en la propaganda de la globalización, según la cual el mercado iba a salvarnos de las violentas inclemencias del tiempo de las naciones. Hoy vemos que también el mundo globalizado presenta sus inclemencias, y no son moco de pavo. El problema es cómo salir de aquí. Sarkozy no ha podido. Hollande tampoco podrá. En cuanto a nosotros, más vale no pensarlo… de momento. En los comentarios al último post, donde se exponía la frustración del proyecto de Sarkozy, algunos lectores ponían ejemplos de políticas económicas que en el pasado pudieron dar la vuelta a una situación de crisis. Se cita el New Deal de Roosevelt, por ejemplo. Con igual o más razón podría ponerse el ejemplo de la política de Hjalmar Schacht en la Alemania de Hitler, que fue incluso más revolucionaria, porque aplicó el keynesianismo antes de que Keynes lo inventara. El problema del New Deal –problema que, por cierto, hoy olvidan casi todos sus cantores- es que produjo un déficit público sideral, es decir, exactamente el tumor que hoy nos aqueja a todos los países occidentales. La recesión norteamericana de 1937 demostró que el New Deal no era una buena receta económica, a pesar de sus logros sociales. La única solución pasaba por… la guerra, como explicó el propio Roosevelt al secretario del Tesoro, Morgenthau. Y hubo guerra. La misma dinámica terminó envolviendo a la Alemania de Hitler, aunque, en este caso, Schacht intentó limitar los gastos militares porque le disparaban la inflación. Hitler no aceptó, evidentemente, y al final la guerra fue la única vía para evitar el colapso de la economía alemana. Esto no quiere decir que la causa de la segunda guerra mundial fuera económica, pero sí que la guerra había dejado de ser un inconveniente económico. Ojo al asunto. Otros países apostaron después por políticas que expandían igualmente su gasto público, pero como motor de la iniciativa privada –lo cual permitía recuperar la inversión- y con objetivos que no requerían una salida bélica. Dos casos de libro son el Japón de los años sesenta y la España de Franco a partir del Plan de Estabilización. En ambos países los resultados fueron excelentes desde el punto de vista económico. Y no muy distinto fue el camino de Francia y Alemania desde los años cincuenta, en los llamados “treinta años gloriosos”. Fueron los tiempos del gran crecimiento europeo. Un crecimiento que, en todos los casos, se apoyaba en una serie de requisitos imprescindibles: dirección política de los objetivos económicos (pero sólo de los objetivos), ancha libertad de empresa, abundante mano de obra disponible y autonomía financiera del Estado. Porque la clave de estas políticas de capitalismo social –llamémoslas así- está en que necesitan una financiación abundante y constante. Hace falta dinero que responda al endeudamiento público. Si no hay tal dinero, entonces la fiesta se acabó. Nuestro problema, hoy, es que los Estados han perdido toda autonomía financiera en beneficio de instituciones transnacionales o del propio mercado, a lo cual se suma que los gobiernos ya no tienen capacidad real para fijar los objetivos generales de la economía nacional. Y si uno no tiene capacidad para decidir qué hacer ni con qué hacerlo, entonces ya me contará usted cómo resolvemos la crisis. Quienes fantasean con grandes proyectos de impulso público, al estilo Hollande, mienten a sabiendas: o se cambia el modelo, o no hay salida duradera. Es lo que no se atreven a decir ni la derecha ni la izquierda. http://www.intereconomia.com/blog/blog-esparza/mas-sobre-derrota-sarkozy-20120509

martes, 15 de mayo de 2012


Mi ambición es la de poder despertar a veces algunas vocaciones. En el alma de todo hombre quizá exista un hogar meta-físico que permanece oculto bajo la ceniza, y que está más amenazado de extinguirse cuando más el espíritu ha recibido ciegamente una gran cantidad de doctrinas ya elaboradas; el evocador es aquel que sopla esas cenizas y hace brotar la llama. No creo jactarme vanamente si digo que, algunas veces,acerte a avivar el espíritu de invención de los lectores. Y bien,éso es el espíritu de invención que sería preciso suscitar en el mundo. Lograr este objetivo vale más que recoger la aprobación banal de la gente que repite fórmulas o que esclaviza supensamiento en las disputas escolásticas GEORGE SOREL

lunes, 14 de mayo de 2012

Grecia y el crepúsculo del bipartidismo

Un futuro difícil, pero un parlamento acorde con la realidad social que vive Grecia Grecia y el crepúsculo del bipartidismo José Luis Orella. El nombre de Grecia va unido a una civilización y una cultura únicas y que forman parte de nuestro patrimonio común europeo. Sin embargo, la vieja Hélade fue decayendo, convirtiéndose en una provincia romana y finalmente en la base del Imperio Bizantino. No obstante, cuando en 1453 los turcos tomaron Constantinopla, Grecia entro en la noche obscura de los tiempos. Durante el siglo pasado con el despertar de los pueblos, los griegos serían de los primeros en sublevarse y en obtener su independencia. La Grecia independiente no tendrá nada en común con la antigua civilización helena. Un país pobre y agrícola arrinconado en el Mediterráneo, pero con una historia paralela a España.

 En la II Guerra Mundial, invadida por Italia, se posicionó con los aliados, siendo la guerrilla comunista la más fuerte en la lucha, al aniquilar a las rivales no marxistas, Sin embargo, al final de la guerra el país no fue dominado por los comunistas por la actitud decisiva del ejército británico, quienes apoyados por los antiguos colaboracionistas de los alemanes, los no marxistas antifascistas habían sido aniquilados en la Guerra, derrotaron y expulsaron a los comunistas durante la Guerra Civil de 1946-49. Sin embargo, esto produjo la intervención del ejército en la política, como garante del orden. El mariscal Papagos favoreció la promulgación de la Constitución de 1952, la entrada en la OTAN y la formación de un fuerte partido de derecha, la ERE (Unión Nacional Radical). Esta situación se mantuvo hasta 1964, bajo el reinado del rey Pablo. Con Karamanlis en el gobierno, las empresas americanas e inglesas se establecieron en el país fomentando su industrialización. El comercio con USA y la ayuda del Plan Marshall reforzaron la posición proatlantista del país. En los sesenta, ante el peligro de una coalición entre comunistas y liberales, el ejército dio un golpe de Estado, apoyado por el monarca en un principio, en 1967. En 1974 dejaban el poder a Karamanlis quien traía la democracia, pero no así la monarquía, odiada por la izquierda por su apoyo a los coroneles, y por la derecha, por su deserción de la dictadura. El campo político se organizó entre Nueva Democracia por la derecha y el PASOK por los socialistas, dirigido éste por Andreas Papandreu, legalizándose el partido comunista. El PASOK se hizo con el poder y Papandreu se convirtió en un líder carismático, que gobernó de forma personalista y autocrática, dejándose manejar por su segunda mujer, una joven azafata llego a ser acusado de corrupción, a semejanza de sus contemporáneos socialistas. Ambos partidos, gobernados por dos dinastías familiares, se han repartido el poder, dejando el resto del arco parlamentario a comunistas, izquierdistas heterodoxos y una derecha nacida de la Iglesia Ortodoxa (LAOS).

Sin embargo, las actuales elecciones parlamentarias, marcadas, por lo que denominan los griegos, “la nueva ocupación alemana”, han roto el bipartidismo de la corrupción. El PASOK se ha hundido hasta un 13,4 %, que le da 41 escaños. Su respaldo electoral se ha ido a Sirias, la Coalición de grupos de izquierda radical, que con un 16,6 % y 52 diputados, lleva la voz cantante en un intento de organizar un futuro Frente Popular, donde tuviese cabida el KKE, un partido comunista de línea dura y nostálgico de la vieja época, que con un 8% tiene 26 escaños. En el campo del centroderecha, Nueva Democracia ha obtenido un 19 %, como primera fuerza parlamentaria, suma a sus 58 escaños, otros 50, que le otorga la ley electoral. Pero ni así compensa las pérdidas sufridas. Sencillamente el centro ha desaparecido. Su electorado se ha trasladado hacia su escisión derechista de los Griegos Independientes, quienes con un 10,5 % y 33 escaños, pretende presentar una alternativa soberanista frente a los dictados de la UE. A su derecha Aurora Dorada, una formación populista, fundada por un militar retirado, nostálgico de la dictadura de los coroneles, con un 7 % y 21 escaños, rescata del pasado las cruces célticas y los brazos en alto, absorbiendo el electorado de LAOS, quien había colaborado durante un tiempo en el primer gobierno de concentración nacional. Un futuro difícil, pero un parlamento acorde con la realidad social que vive Grecia DIARIO YA

miércoles, 9 de mayo de 2012

martes, 8 de mayo de 2012

Orientaciones VII

...la concepción orgánica nada tiene que ver con una esclerosis de la idolatría del Estado ... "
la suprema nobleza de los jefes no es la de ser amos de siervos, sino señores que también aman la libertad de quienes les obedecen”

VII

Si la idea de una unidad política viril y orgánica formó ya parte esencial del mundo que fue vencido -y se sabe que, entre nosotros, se evocó de nuevo el símbolo romano- debemos también reconocer los casos en los cuales esta exigencia se desvió y abortó hacia la dirección equívoca del “totalitarismo”. Esto, de nuevo, es un punto que se debe ver con claridad, a fin de que la diferencia entre los frentes sea precisa y no se suministren armas a quienes quieren confundir las cosas. Jerarquía no es jerarquismo (un mal éste que, desgraciadamente, intenta extenderse en nuestros días), y la concepción orgánica nada tiene que ver con una esclerosis de la idolatría del Estado ni con una centralización niveladora. En cuanto a los individuos, la verdadera superación, tanto del individualismo como del colectivismo, se da solamente cuando los hombres se encuentran frente a los hombres, en la diversidad natural de su ser y de su dignidad, teniendo gran importancia el antiguo principio de que “la suprema nobleza de los jefes no es la de ser amos de siervos, sino señores que también aman la libertad de quienes les obedecen” (9). Y en cuanto a la unidad que debe impedir, por regla general, toda forma de disociación y de absolutización de lo particular, tiene que ser esencialmente espiritual, debe ser y tener una influencia central orientadora, un impulso que, según los dominios, asume las más diferentes formas de expresión. Ésta es la verdadera esencia de la concepción “orgánica”, opuesta a las relaciones rígidas e intrínsecas propias del “totalitarismo”.

En este marco, la exigencia de la libertad y de la dignidad de la persona humana, que el liberalismo sabe concebir solamente en términos individualistas, igualitarios y privados, puede realizarse integralmente. Es en este espíritu en el que se van a encuadrar las filas de la nueva alineación y en el que las estructuras de un nuevo ordenamiento político-social van a ser estudiadas, para dar unas claras y firmes articulaciones (10). Pero estas estructuras necesitan de un centro, de un punto supremo de referencia. Es necesario un nuevo símbolo de soberanía y de autoridad. La consigna a este respecto debe ser precisa, puesto que no podemos admitir tergiversaciones ideológicas. Se debe decir claramente que aquí no se trata del así Ilamado problema institucional sino de modo subordinado; se trata, ante todo, de aquello que es necesario para lograr una “atmósfera” específica que haga posible el fluido que debe animar toda relación de fidelidad, de dedicación, de servicio, de acción desinteresada, hasta superar verdaderamente el gris, mecanicista y torcido mundo político y social actual. En este camino hoy se acabará en un callejón sin salida si no se es capaz de asumir una especie de áscesis de la idea pura.

Para numerosos espíritus, la percepción clara de la dirección justa le viene perjudicada tanto por algunos antecedentes poco felices de nuestras tradiciones nacionales como por las trágicas contingencias de un pasado reciente. Estamos dispuestos a admitir la incoherencia de la solución monárquica, si se piensa en aquellos que hoy en día sólo saben defender el residuo de una idea, un símbolo vacío y desvirilizado, como lo es el de la monarquía constitucional y parlamentaria. Pero, del mismo modo, debemos declarar nuestro rechazo de la idea republicana. Ser antidemócrata por un lado, y por otro defender “ferozmente” (tal es desgraciadamente la terminología de algunos exponentes de una falsa intransigencia) la idea republicana es un absurdo que salta a los ojos: la república (en su representación moderna, pues las repúblicas antiguas fueron aristocracias -como en Roma- u oligarquías, éstas a menudo con carácter de tiranías) pertenece esencialmente al mundo surgido tras el jacobinismo y la subversión antitradicional y antijerárquica del siglo XIX. Que se la deje entonces a ese mundo, que no es el nuestro (11).

En cuanto a Italia, es inútil jugar al equívoco en nombre de una presunta fidelidad al fascismo de Saló, pues si por esta razón se debiera seguir la falsa vía republicana, se sería precisamente infiel a algo superior, se echaría por la borda el núcleo central de la ideología del Ventenio, es decir, su doctrina del Estado como autoridad, poder, imperium. Ésta es la doctrina que se debe seguir, sin consentir en descender de nivel ni hacer el juego a ningún grupo. La concreción del símbolo, por ahora, puede quedar indeterminada. Decir solamente: Jefe, Jefe del Estado. Aparte de esto, el principal y esencial deber es preparar silenciosamente el ambiente espiritual adecuado para que el símbolo de la autoridad intangible sea percibido y reasuma su pleno significado: a tal símbolo no podría corresponder la estatura de cualquier revocable “presidente” de la república, ni tampoco un tribuno o jefe popular, detentador de un simple poder individual informe, privado de un carisma superior, de un poder basado de hecho en la fascinación precaria que ejerce sobre las fuerzas irracionales de la masa. Este fenómeno, llamado por algunos “bonapartismo”, ha sido interpretado justamente no como lo contrario de la democracia demagógica o “popular”, sino como su lógica conclusión: el “bonapartismo” es una de las sombrías apariciones de la spengleriana “decadencia de Occidente”. Ésta es otra piedra de toque y una prueba para los nuestros: la sensibilidad respecto a todo esto. Ya un Carlyle había hablado “del mundo de los siervos que quieren ser gobernados por un pseudo-Héroe”, y no por un Señor.

lunes, 7 de mayo de 2012

La caida de la derecha tecnocratica en Francia

Gianni Alemanno. #Sarkozy nel 2007 ha vinto come destra sociale, oggi perde come destra tecnocratica, meditare gente..