martes, 24 de abril de 2012

¿Le Pen tontos utiles a la izquierda o patriotas con visión?


Marie Le Pen no debería convertirse en la artífice del triunfo de la izquierda francesa, la más repugnante y multicultural de toda Europa, la oposición de Le Pen a Sarkozy en el gobierno es la mejor manera de poder robar votos a la izquierda y seguir creciendo también por la derecha. Si la izquierda de Strauss Kahn y Hollande obtienen la posibilidad de ganar las elecciones de mano de Le Pen puede ser un desastre total para Francia y la rentabilidad política para el FN es discutible. Le Pen no debería ser esa derecha que fomento Miterrand para perpetuar a la izquierda en el poder. Solo hay que ver que el apologeta del mestizaje y de la inmigración Mechelon y toda la izquierda extrema ya han decidido votar a Hollande y algún imbécil de la derecha se alegra. Si Le Pen tuviera la suficiente inteligencia para pactar con Sarkozy para entrar en la asamblea nacional en las legislativas de junio, ya que hasta ahora no lo ha permitido la alianza de los dos grandes partidos, eso sí sería un verdadero triunfo político, lo demás seguirá siendo un fracaso pues el FN solo hace de tonto políticamente útil y nunca toca poder real ni influye de manera determinante en Francia, así lleva desde su fundación ¿Casualidad? http://www.arbil.org/(86)roma.htm

domingo, 22 de abril de 2012

Orientaciones VI

"Lo importante es que, contra toda forma de resentimiento y de rivalidad social, cada uno sepa reconocer y amar su propia función, aquella que verdaderamente es conforme a su propia naturaleza, reconociendo así los límites dentro de los cuales puede desarrollar sus potencialidades y conseguir una perfección propia; porque un artesano que desempeña perfectamente su función es indudablemente superior a un rey que se desvía y que no está a la altura de su dignidad."
VI

No sin relación con esto, nuestro radicalismo de la reconstrucción exige que no se transija no sólo con ninguna de las variedades de la ideología marxista o socialista, sino tampoco con aquello que en general se puede Ilamar la alucinación o el demonismo de la economía. Se trata aquí de la idea de que en la vida individual y colectiva el factor económico sea lo más importante, real, decisivo; que la concentración de los valores e intereses en el plano económico y productivo no sea la aberración sin precedentes del hombre occidental moderno, sino algo normal, no una brutal y eventual necesidad, sino algo que se desea y se exalta. En este círculo cerrado y oscuro se encuentran atrapados tanto el capitalismo como el marxismo. Debemos romper este círculo. Mientras no se sepa hablar más que de clases económicas, de trabajo, de salarios, de producción, mientras se piense que el verdadero progreso humano, la verdadera elevación del individuo, está solamente condicionado por un particular sistema de distribución de la riqueza y de los bienes y tenga relación con la pobreza y el bienestar, con el estado de la prosperity o con el socialismo utópico, se permanecerá siempre en el mismo plano de lo que debe combatirse. Nosotros afirmamos que todo aquello que es economía e interés económico como mera satisfacción de la necesidad animal ha tenido, tiene y siempre tendrá una función subordinada en una humanidad normal; que más allá de esta esfera debe diferenciarse un orden de valores superiores, políticos, espirituales y heroicos, un orden que -como ya hemos dicho- no conoce y ni siquiera admite “proletarios” o “capitalistas” y que sólo en función de dicho orden se deben definir aquellas cosas por las que vale la pena vivir y morir; un orden que debe establecer una verdadera jerarquía, diferenciar nuevas dignidades y, en la cumbre, entronizar la superior función del mando, del Imperium.

Así, a este respecto, van a desarraigarse muchas malas hierbas que han crecido también en nuestras filas. ¿Qué significa, si no, ese discurso del “Estado del Trabajo”, del “socialismo nacional”, del “humanismo del trabajo” y similares? ¿qué significan esas llamadas más o menos explícitas a una involución de la política dentro de la economía, recogiendo así una de esas tendencias problemáticas hacia un “corporativismo integral” y, en el fondo, acéfalo, que en el fascismo ya encontró, afortunadamente, el paso obstruido? ¿Qué es eso de considerar la formula de la “socialización” como una especie de fármaco universal y elevar la “idea social” a símbolo de una nueva civilización que, quién sabe cómo, debería estar más allá tanto del “Este” como del “Oeste”?

Éstos -es necesario reconocerlo- son puntos oscuros presentes en no pocos espíritus que, también, por otra parte, se encuentran en nuestro mismo frente. Con lo cual ellos piensan que se mantienen fieles a una consigna “revolucionaria”, mientras que en realidad obedecen sólo a sugestiones más fuertes que ellos mismos, de las que está saturado un ambiente político degradado. Y entre tales sugestiones se encuentra la misma “cuestión social”. ¿Cuándo se tomará conciencia de la verdad, es decir, de que el marxismo no ha surgido porque haya existido una cuestión social objetiva, sino que la cuestión social surge -en numerosísimos casos- sólo porque existe un marxismo, vale decir, artificialmente, y sin embargo, en términos casi siempre insolubles, por obra de los agitadores, de los famosos “excitadores de la conciencia de clase”, sobre los que Lenin se ha expresado muy claramente, puesto que ha refutado el carácter espontáneo de los movimientos revolucionarios proletarios?

Es partiendo de esta premisa desde donde se debería actuar, en el sentido antes mencionado de la desproletarización ideológica, de la desinfección de las partes aún sanas del pueblo del virus político socialista. Sólo entonces, una y otra reforma podrá ser estudiada y realizada sin peligro, según la verdadera justicia.

De este modo, como caso particular, se verá según qué espíritu la idea corporativa puede ser de nuevo una de las bases de la reconstrucción: el corporativismo no tanto como un sistema general de equilibrio estático y casi burocrático que mantenga la idea nociva de opuestas formaciones clasistas, sino como voluntad de encontrar, en el mismo seno de la empresa, esa unidad, esa solidaridad de fuerzas diferenciadas que la prevaricación capitalista (con el tipo más reciente y parásito del especulador y del capitalista financiero), por un lado, y la agitación marxista, por otro, han perjudicado y roto. Es necesario restituir a la empresa una forma de unidad casi militar, en la cual al espíritu de responsabilidad, a la energía y a la competencia de quien dirige, se acompañen el de la solidaridad y la fidelidad de las fuerzas laborales asociadas alrededor de él en la común empresa o misión. Si se considera su aspecto legítimo y positivo, tal es entonces el sentido de la “socialización”. Pero esta designación, como se ve, es poco apropiada, pues es más bien de una reconstrucción orgánica de la economía y de la empresa de lo que se debería hablar, y deberíamos guardarnos, usando esta fórmula con simples objetivos de propaganda, de adular el espíritu de sedición de las masas transformado en “justicia social” proletaria (7). En general, debería recuperarse el mismo estilo de impersonalidad activa, de dignidad, de solidaridad en la producción, que fue el estilo propio de las antiguas corporaciones o gremios de artesanos y profesionales (8). Pero, repitámoslo, a esto se debe Ilegar partiendo desde el interior. Lo importante es que, contra toda forma de resentimiento y de rivalidad social, cada uno sepa reconocer y amar su propia función, aquella que verdaderamente es conforme a su propia naturaleza, reconociendo así los límites dentro de los cuales puede desarrollar sus potencialidades y conseguir una perfección propia; porque un artesano que desempeña perfectamente su función es indudablemente superior a un rey que se desvía y que no está a la altura de su dignidad.


En particular, podemos admitir un sistema de competencias técnicas y de representaciones corporativas para sustituir al parlamentarismo de los partidos; pero debe tenerse presente que las jerarquías técnicas, en su conjunto, no pueden significar nada más que un grado en la jerarquía integral: se refieren al orden de los medios, que han de subordinarse al orden de los fines, al cual por tanto corresponde la parte propiamente política y espiritual del Estado. Hablar, pues, de un “Estado del trabajo” o de “la producción” equivale a hacer de la parte un todo, a reducir, por analogía, a un organismo humano a sus funciones simplemente físico-vitales. Una tal elección, oscura y obtusa, no puede ser nuestra bandera, al igual que tampoco la idea social. La verdadera antítesis, tanto frente al “Este” como frente al “Oeste”, no es el “ideal social”. Lo es, en cambio, la idea jerárquica integral. Respecto a esto, ninguna incertidumbre es tolerable.

jueves, 19 de abril de 2012

Las Navas de Tolosa


¿Por qué la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212, fue fundamental en la historia de España y de Europa?

- Fue fundamental por lo que toda Europa se jugaba: detener la última gran invasión africana en occidente. Los almohades, una secta guerrera fundamentalista del sur de Marruecos, habían conseguido reunir bajo su liderazgo a todos los pueblos del norte de África, habían pasado a la península y se habían hecho con el poder en Al-Andalus; tenían la potencia militar, política y económica suficiente para romper la frontera, que en ese momento estaba situada en Sierra Morena, al norte de Andalucía, y desparramarse de nuevo por la meseta castellana. Tan obvia era la amenaza que al rey castellano no le costó obtener del Papa Inocencio III la proclamación de cruzada, y así, en 1212, se reunieron millares de europeos –alemanes, bretones, lombardos, provenzales…- para frenar a los almohades en España. Aunque la mayoría de los europeos resistieron mal las condiciones extremas del combate, una buena porción de caballeros provenzales permaneció junto a las tropas de los reinos españoles y compartió la gloria de la victoria. Después de las Navas de Tolosa, nunca más una invasión musulmana volvería a amenazar el suelo europeo por occidente.

- Unos pocos miles de hombres al mando de Roger de Flor, aquellos famosos Almogávares, tropas de choque de la Corona de Aragón constituidas por pastores de las sierras ibéricas, consiguieron retrasar casi un siglo y medio la muerte de Bizancio. ¿Cómo pudo ser esto?

- Es sencillamente inverosímil y, sin embargo, ocurrió. Los almogávares eran una suerte de tropa de elite de los ejércitos cristianos en la reconquista, tanto aragoneses como castellanos, y esencialmente de infantería. Una gente singular: vivían permanentemente en el frente de guerra, con sus familias, y su existencia consistía en atacar sin descanso las líneas enemigas, infiltrarse tras ellas y sobrevivir con lo que capturaban al enemigo. Cuando el Reino de Aragón llegó hasta su límite sur de expansión en la península, los almogávares (la palabra viene del árabe al-mugavar, que significa “los que provocan confusión”) fueron empleados en el nuevo horizonte de la Corona aragonesa, que fue la expansión por el mediterráneo. Después de conquistar Sicilia y Nápoles, acudieron a la llamada del emperador de Bizancio, amenazado por los turcos. Era 1302. La mera idea de viajar a Bizancio para pelear contra el inmenso ejército turco era perfectamente demencial, pero ese era exactamente el carácter almogávar. Su jefe, Roger de Flor (en realidad, Roger von Blum, hijo de un halconero de Federico II Hohenstauffen, criado con los templarios y viejo templario él mismo), aceptó el reto y embarcó hacia Constantinopla con 4.500 hombres. Llegará a haber 7.000 almogávares en la península de Anatolia. Su gesta es asombrosa: destrozaron a los ejércitos turcos en Cízico, en toda la costa mediterránea, al pie del monte Tauro… Traicionados por los propios bizantinos, masacran a éstos en Galípoli, pasan a Grecia y constituyen un ducado propio en Tesalia, donde mantendrían su presencia durante un siglo. JJ. Esparza

Hispanicus


miércoles, 18 de abril de 2012

Repsol no es España




“Mucho cuidado con invocar el nombre de España para defender unos cuantos negocios, como los intereses de los Bancos o los dividendos de las grandes Empresas”.

José Antonio Primo de Rivera.
Discurso pronunciado en el Frontón Cinema de Zaragoza, el 26/01/1936


Repsol no es España (Aparecido en el diario Publico)

Juan Torres López
Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla

La única manera de entender las razones que provocan el furor con que el gobierno español, los medios de comunicación y tantos tertulianos de toda laya defienden a Repsol no puede ser otra que comprobar el amplio listado de ex autoridades del Estado, incluyendo actuales ministros, que han estado en su nómina, las miles de páginas y horas de su publicidad que financian a los medios y quién sabe qué otro tipo de influencias más inconfensables e inconfesadas.

Defender la españolidad de Repsol es algo demasiado forzado y olvidar que los que ahora lo hacen con tanto ímpetu fueron, en su gran mayoría, los que promovieron y llevaron a cabo la privatización de empresas que entonces sí que eran efectivamente españolas, no solo porque la totalidad o la inmensa mayoría de su capital era español, lo que quizá incluso sea lo de menos, sino porque la estrategia empresarial que perseguían respondía a intereses nacionales y no globales que apenas si repercuten en el progreso de España y en el bienestar de sus ciudadanos.

Desde que fue privatizada, Repsol tiene su cerebro y su alma puestos en otros lugares e intereses y no se puede decir que haya sido España en su conjunto quien se haya beneficiado de su actividad empresarial. Utiliza paraísos fiscales para tratar de tener aquí la menor carga fiscal posible, ha destruido empleo y a docenas de pequeñas y medianas empresas española al someterlas a condiciones de pagos draconianas a pesar de que cuenta con abundantes recursos financieros y liquidez suficientes.

Es por ello una perversión inaudita que el gobierno y ex políticos en su nómina salgan a defenderla y que no dijeran nada cuando Repsol actuaba de esa manera lesiva para la economía nacional.

Y si la actuación en España de Repsol ha resultado tan escasamente beneficiosa para nuestros intereses nacionales su comportamiento en el exterior resulta sencillamente vergonzoso y justifica que los españoles “de bien y como Dios manda”, por utilizar la expresión que tanto le gusta a Mariano Rajoy, hubieran condenado hace tiempo sus desmanes y tropelías, especialmente, por cierto, en las tierras que en los discursos oficiales tanto alabamos considerándolas como nuestras hermanas. En Ecuador, Bolivia y otras latitudes ha provocado grandes daños medioambientales y sociales y vulnera constantemente los derechos humanos de pueblos enteros, generando una ingente deuda ecológica allí donde actúa. Como otras multinacionales, que en realidad no tienen Patria alguna, Repsol ha promovido gobiernos totalitarios con los que poder llegar a acuerdos que la exonerasen de pagar impuestos y cuando otros dignos y con vergüenza se lo han exigido ha puesto el grito en el cielo y recurrido a su españolidad, como ahora, para recabar el apoyo de gobiernos y medios de comunicación.

¿Dónde estaban entonces los defensores del libre mercado y la competencia, de la justicia, la libertad y los derechos humanos?

En Argentina, como en otros países, Repsol utiliza las respectivas filiales nacionales, como hacen todas las empresas multinacionales, para fijar los llamados “precios de transferencia” (artificialmente bajos para hacer que aparezcan pérdidas allí donde conviene y beneficios en donde pueden conseguir tratamiento fiscal y condiciones políticas más favorables). Y en lugar de orientar la explotación de los recursos nacionales hacia el abastecimiento interno que cubra las necesidades de la población y satisfaga los respectivos intereses nacionales, se utiliza como parte de una estrategia de maximización de beneficios global que, entre otras cosas, pasa por considerar al petróleo, y al resto de las materias primas, como una commodity, es decir, no solo un bien orientado a la producción y el consumo sino, sobre todo, a su utilización como activo financiero para especular con él en los mercados.

Confundir los intereses de Repsol con los de España es un insulto a la inteligencia de los españoles. Ni es española por la composición de su capital -mayoritariamente en manos de intereses extranjeros-, ni por la estrategia empresarial que persigue ni, como he dicho, porque beneficie principal o sustancialmente a las familias o empresas españolas. Más bien todo lo contrario.

Y la defensa numantina que ahora quiere hacer de Repsol el gobierno resulta verdaderamente patética y vergonzosa cuando día a día se somete sin más a los mercados, a los bancos que han provocado la crisis, a los grandes grupos empresariales y al gobierno alemán que impone medidas totalmente lesivas para los intereses españoles. ¡Eso sí que merecería una respuesta valiente y patriota por parte de nuestro gobierno y de los medios de comunicación!

Lo que está haciendo el gobierno es patético y se debe decir claramente: no está defendiendo los intereses de España y de sus ciudadanos, como dice, sino de una gran empresa a la que España, el bienestar de su población o la situación de las empresas que verdaderamente están aquí tratando de sacar adelante la actividad y el empleo sin gozar del apoyo y los privilegios de Repsol, le importan un rábano en el día a día de sus actuaciones

Ya está bien de tanto teatro y de tanta sumisión ante los grandes. Lo que necesitamos en España no son precisamente repsoles que se dediquen a ganar dinero a espuertas en Argentina y otros países a base de mal explotar sus recursos, de evadir impuestos y expatriar beneficios a paraísos fiscales, sino un gobierno digno que se plante ante quienes de verdad están llevando a la ruina a la economía española.

Pueblo o Banca ¿De que parte estas?

martes, 17 de abril de 2012

lunes, 16 de abril de 2012

No a la droga

"Ideales para vivir no drogas para morir"

sábado, 14 de abril de 2012

Orientaciones V


No sólo como orientación doctrinal, sino también respecto al mundo de la acción, es importante que los hombres alineados en el nuevo frente reconozcan con exactitud la concatenación de las causas y de los efectos y la continuidad esencial de la corriente que ha dado vida a las varias formas políticas que hoy se debaten en el caos de los partidos. Liberalismo, democracia, socialismo, radicalismo, en fin, comunismo o bolchevismo no han aparecido históricamente sino como grados de un mismo mal, como estadios que prepararon sucesivamente el complejo proceso de una caída. El principio de esta caída se sitúa en el punto en el que el hombre occidental rompió los vínculos con la tradición, desconoció todo símbolo superior de autoridad y de soberanía, reivindicó para si mismo como individuo una libertad vana e ilusoria, se convirtió en un átomo en vez de en parte integrante de la unidad orgánica y jerárquica de un todo. El átomo, finalmente, tenía que chocar contra la masa de los restantes átomos, de los demás individuos, y quedar envuelto en medio de la emergencia del reino de la cantidad, del puro número, de la masa materializada, no teniendo otro dios que la economía soberana. Y este proceso no se detiene a medio camino. Sin la revolución francesa, el liberalismo y la revolución burguesa no se habrían dado el constitucionalismo y la democracia; sin la democracia, no habrían surgido ni el socialismo ni el nacionalismo demagógico; sin la preparación puesta en marcha por el socialismo, no se habrían producido ni el radicalismo ni, finalmente, el comunismo. El hecho de que estas varias formas hoy se presenten una junto a otra o antagónicamente no debe impedir reconocer a un ojo atento que esas formas se mantienen unidas, se enlazan, se condicionan recíprocamente, y solamente expresan los distintos grados de una misma corriente, de una misma subversión del orden social normal y legítimo. Así, la gran ilusión de nuestro tiempo es creer que la democracia y el liberalismo sean la antítesis del comunismo y tengan el poder de contrarrestar la marea de las fuerzas bajas, de lo que en la jerga de ciertos sindicalistas se Ilama el movimiento “progresista”. Se trata de una ilusión: es como si alguien dijese que el crepúsculo es la antítesis de la noche, que el grado incipiente de un mal es la antítesis de su forma aguda y endémica, que un veneno diluido es la antítesis de ese mismo veneno en su estado puro y concentrado. Los hombres de gobierno de esta Italia “liberada” no han aprendido nada de la historia más reciente, cuyas lecciones se han repetido por todas partes hasta la monotonía, y continúan su juego conmovedor con concepciones políticas caducas y vanas en un carnaval parlamentario, cual danza macabra sobre un volcán latente. Pero para nosotros, en cambio, debe ser característico el coraje del radicalismo, el “no” dicho a la decadencia política en todas sus formas, sean de izquierda, sean de una presunta derecha. Y, sobre todo, se debe ser consciente de que con la subversión no se pacta, que hacer concesiones hoy significa condenarse y ser arrollado completamente mañana. Intransigencia de la idea, por lo tanto, y rapidez en avanzar con las fuerzas puras cuando Ilegue el momento adecuado.
Esto implica, naturalmente, desembarazarse además de la distorsión ideológica, desgraciadamente expandida entre una gran parte de nuestra juventud, y en función de la cual se aprueban coartadas destinadas a destrucciones ya consumadas, manteniendo la ilusión de que esas destrucciones, después de todo, son necesarias y servirán al “progreso”; se cree que se debe combatir por cualquier cosa “nueva”, oculta en un indeterminado porvenir, en vez de por las verdades que ya poseemos, porque estas verdades, aunque bajo diversas formas de aplicación, siempre y en todas partes han servido de base a todo tipo recto de organización social y política. Rechazad estos caprichos y reíros de quien os acuse de “antihistóricos” y “reaccionarios”. No existe la Historia como entidad misteriosa escrita con mayúscula. Son los hombres, mientras estos son realmente hombres, quienes hacen y deshacen la historia; el así Ilamado “historicismo” es más o menos lo mismo que lo denominado en los ambientes de izquierda “progresismo”, y éste sólo fomenta hoy la pasividad frente a la corriente que aumenta y empuja siempre hacia abajo. Y en cuanto al “reaccionarismo”, preguntad: ¿Qué queréis, que mientras vosotros actuáis, destruyendo y profanando, nosotros no reaccionemos, sino que nos quedemos mirandoos y más aún, os animemos diciendo: bravo, continuad? Nosotros no somos reaccionarios, porque la palabra no es lo suficientemente fuerte y, sobre todo, porque partimos de lo positivo, representamos lo positivo, valores reales y originarios que no necesitan de ningún “sol del mañana”.

Frente a nuestro radicalismo, en particular, aparece irrelevante la antítesis entre el “Este” y el “Oeste”, entre el “Oriente”’ rojo y el “Occidente” democrático, y asimismo nos parece trágicamente irrelevante incluso el eventual conflicto armado entre estos dos bloques. De cara a un tiempo inmediato, subsiste ciertamente clara la elección del mal menor, porque la victoria militar del “Este” implicaría la destrucción física inmediata de los últimos exponentes de la resistencia. Pero, en el plano ideológico, Rusia y América del Norte deben considerarse como las dos garras de una misma tenaza que se va apretando alrededor de Europa. En dos formas distintas, pero convergentes, actúan estas fuerzas extrañas y enemigas. Las formas de estandarización, de conformismo, de nivelación “democrática”, de frenesí productivo, de más o menos tiránico y explícito “brain trust”, de materialismo práctico en el seno del americanismo, pueden servir sólo para allanar el camino para la fase posterior, que está representada, sobre la misma dirección, en el ideal puramente comunista del hombre-rnasa. El carácter distintivo del “americanismo” es que su ataque a la cualidad y a la personalidad no se realiza mediante la brutal coacción de una dictadura marxista y de un pensamiento de Estado, sino casi espontáneamente, a través de las vías de una civilización que no conoce otros valores más altos que la riqueza, el rendimiento, la producción ilimitada, que es lo que por exasperación y reducción al absurdo eligió Europa, y en ella los mismos motivos han tomado forma o la están tomando. Pero el primitivismo, el mecanicismo y la brutalidad están tanto en una como en otra parte. En un cierto sentido, el “americanismo” para nosotros es más peligroso que el bolchevismo, por ser una especie de caballo de Troya. Cuando el ataque contra los valores residuales de la tradición europea se efectúa en la forma directa y desnuda propia de la ideología bolchevique y del estalinismo, aún se despiertan reacciones, ciertas líneas de resistencia que, aunque caducas, se pueden mantener. De otro modo suceden las cosas cuando el mismo mal actúa en forma más sutil y las transformaciones acontecen imperceptiblemente en el plano de las costumbres y de la visión general de la vida, como sucede en el caso del americanismo. Sufriendo ligeramente esta influencia bajo el signo de la libertad democrática, Europa se predispone ya a su última abdicación, tanto que podrá incluso suceder que no haya necesidad de una catástrofe militar, sino que por vía “progresiva” se Ilegue, tras una última crisis social, más o menos al mismo punto. De nuevo, a mitad del camino nada se puede detener. El americanismo, lo quiera o no, trabaja a favor de su aparente enemigo, el colectivismo.

viernes, 13 de abril de 2012

¿POR QUÉ EL PP NO SOLUCIONARÁ LA CRISIS?


¿POR QUÉ EL PP NO SOLUCIONARÁ LA CRISIS?

El diagnóstico de incapacidad puede hacerse extensivo al PSOE, al PNV a CiU y a todas los llamados “partidos convencionales”. La crisis no es coyuntural sino estructural, la solución no pasa por parchear el desastre actual, sino apostar por un cambio de paradigma económico. La crisis no casual, es la consecuencia de un proceso que se inició hace unos 35 años en España y algunos más en el resto de Europa, porque digámoslo claramente, toda Europa está endeudada y no sólo los “pobres del sur”.


La clase política: culpable


Después de la Segunda Guerra Mundial y concluido el Plan Marshall de reconstrucción de Europa con capital estadounidense, los europeos empiezan a lograr estándares de vida cada vez más confortables. La producción no daba para mantener ese constante aumento del nivel de vida, sin embargo la casta política inicia una vertiginosa carrera hacia ningún lugar y la falta de producción –y por tanto de capital generado por el trabajo– se suplía pidiendo ese dinero a las entidades financieras; es decir endeudándose.


Al mismo tiempo la democracia formal se transforma en simple partitocracia. Los partidos políticos dejan de ser herramientas al servicio del Estado, para convertirse en organizaciones ensimismadas, ya no actúan en clave nacional, sino en el propio interés. Muy atrás queda aquella “leal oposición” de época victoriana, en la que el término “leal” significaba precisamente que toda la actuación de la oposición –cualquiera que fuera el partido tory o whig que la ocupara- actuaba lealmente hacia el Estado británico y ayudaba al Gobierno en las tareas de dirección de los intereses nacionales. Lo global por encima de lo particular, nada parecido a lo actual.




En este cambio de naturaleza los partidos dejan de pensar en el medio y largo plazo –intereses del Estado– para hacerlo en el corto plazo, un plazo tan corto como los cuatro años de legislatura, esos cuatro años que tienen para ser reelegidos y perpetuarse en el poder por interés propio. En ese periódico deben "generar" riqueza y bienestar para lograr mantener su caudal de votos. En esos cuatro años de gestión necesitan intentar cumplir las promesas que han hecho durante la campaña, y para hacerlo siempre queda el recuerdo fácil a corto plazo –pero nefasto en el largo- de pedir dinero prestado. Ése ha sido el mecanismo que ha generado la deuda actual. Los políticos han ido endeudándose porque no les importaba el largo plazo sino el rendimiento del capital prestado de forma inmediata para sostener su poder político.




La deuda no ha sido sólo pública, también ha afectado al sector privado. De nuevo el mecanismo, los bancos deban acceso fácil al crédito, se ofrecían créditos. Las autoridades políticas miraban hacia otro lado cuando su responsabilidad habría sido intervenir en esta situación y prohibir la irresponsable concesión de créditos generalizados, pero ya se sabe que para el pensamiento “liberal” el Gobierno nunca debe intervenir en el terreno económico, porque el mercado se “autorregula” por una “mano invisible” que tiende a corregir los desequilibrios internos. El resultado lo tenemos a la vista, esa mano no es invisible sino inexistente, y los desequilibrios internos no se corrigen sino que estallan de forma angustiosa.


Añadir que esta situación que se ha dado en toda Europa occidental, hay que añadir dos elementos específicamente españoles que han contribuido aún más a llegar a la situación actual, y –lo que es peor– a limitar nuestras posibilidades de recuperación. La nefasta negociación de ingreso a la UE por parte del PSOE, que consistió en desmantelar todo nuestro tejido industrial, y la suicida política del PP de basar un ficticio crecimiento económico en la especulación financiera y del sector de la construcción, disparate para el que –todo hay que recodarlo– el PP abrió las puertas a millones de inmigrantes que se usaron como obra de mano barata en la construcción y como elemento de presión para rebajar los salarios y los derechos sociales de los trabajadores autóctonos.


La clase financiera: usureros y depredadores.


Esta situación, inestable y absurda, se mantuvo durante décadas. La finanza daba todo tipo de facilidades para que el crédito fluyera y la deuda aumentara, todo era una ficción que parecía funcionar hasta que llegó el choque con la realidad. Y la realidad es ni más ni menos que la finanza dice que ya no presta más y que ahora pide que se le devuelva toda la deuda que se ha generado durante estas décadas. ¿Nadie pudo prever que eso llegaría algún día?


La finanza que había subvencionado ese crecimiento ficticio facilitando el crédito, pide ahora su “libra de carne”. Y al llegar ese momento, el momento actual en que nos encontramos, esa finanza está usando toda la deuda acumulada para dar un "golpe de estado a escala europea" y exigir la sumisión total del poder político, vaciar al Estado de prestaciones sociales que exigen también ellos para gestionarlas de forma privada de manera que dejen de ser un derecho social para ser también parte del negocio de la finanza internacional.


Para eso la finanza, ha usado todas sus herramientas, incluso la estafa y la mentira. Conocida es la actuación de la banca norteamericana Lehman & Brothers en la elaboración de informes falsos sobre la situación económica en Grecia, con el objetivo de desestabilizar el país y propiciar un cambio de gobierno sumiso a los dictados de la finanza internacional. Hay que decir que el que fuera presidente de Lehman & Brothers para España y Portugal, Luis de Guindos, ha sido nombrado por Rajoy Ministro de Economía. La conclusión es funesta, el PP ha optado por someterse a los intereses de la banca que están en contradicción insalvable con los intereses de nuestra comunidad popular.


Seamos claros, mientras las instituciones que pretender sacarnos de la crisis sean instituciones sumisas a la banca, estamos en una situación sin salida.


Las agencias de ratting: asociaciones para delinquir.




Al hablar de la crisis no podemos obviar el nefasto papel de unas sociedades anónimas de las que hasta hace poco nadie había oído hablar y hoy pueden cambiar gobiernos y decidir el destino de Estados teóricamente soberanos. Nos referimos a las agencias de ratting.
Las agencias de ratting en definitiva no son más que unos pequeños despachos situados generalmente en Nueva York, y formadas por unos cuatro o cinco brókers, el teléfono, un e-mail y la correspondiente secretaria. Su función es la de “calificar” la deuda de los países y también de otras entidades bancarias y financieras, el objetivo es captar “paquetes de inversores” que al tomar como referencias sus calificaciones invierten donde las agencias “aconsejan”. Es decir si hoy califican la deuda de determinado país de forma positiva y mañana negativa, mientras con otros países hacen la misma operación pero a la inversa, lo que logran es que haya un flujo de inversiones de un lado a otro, flujo que ellos gestionan y por el que obtienen el correspondiente y desmesurado beneficio económico. Una acción especulativa de este tipo supone ganancias de millones de dólares en un día para una agencia de ratting.
Si esto es de por sí nefasto, el asunto empeora al tener estas calificaciones sobre las diferentes deudas nacionales una implicación política. Es decir se ha llegado al sumo absurdo de que la fiabilidad o no de un Estado depende de la “nota” que le dé un despacho privado de brókeres neoyorquinos. Un auténtico disparate. De esta forma, las agencias de ratting se han convertido en el instrumento de presión política del poder del dinero y de los mercados. Su actuación en los casos griegos e italianos ha sido la de simples golpistas, hoy ya no hay golpes de Estado militares, son golpes de Estado financieros, Grecia e Italia han sido dos ejemplos claros de lo que decimos, porque, ¿quién ha elegido a los respectivos jefes de gobiernos, las urnas o las agencias de ratting? En España ha pasado algo muy similar, la “nota” que daban las agencias de ratting a España era bajísima en las semanas previas a las elecciones generales, Rajoy entendió perfectamente el mensaje de los mercados: o pones a uno de los nuestros en el Ministerio de economía o hacemos que los mercados te hundan. Y el resultado será el que todos sabemos, De Guindos se dedicará al expolio del estado en beneficio de los mercados.
Una primera medida política necesaria y urgente, sería declarar a las agencias de ratting como asociaciones para delinquir y decretar la prohibición absoluta de sus actividades en Europa. Son simples especuladores que buscan beneficios privados a causa de pérdidas públicas y por lo tanto su actividad debe ser puesta fuera de la ley.

La solución: rompamos la servidumbre del interés y de la deuda.


Ante todo hay que decir bien claro que eliminar la seguridad social, terminar con la educación pública, privatizar las pensiones y fulminar el Estado social como pago a la deuda con los mercados, no es solucionar la crisis. Es sencillamente la ruina para ésta y las sucesivas generaciones. Eso no es salir de la crisis, es arruinarnos e hipotecar el futuro de nuestra sociedad.
Para salir de la crisis en primer lugar hay que hacer un diagnóstico del problema y ver cuál es la causa del mismo, y la respuesta es clara: la irresponsabilidad de la clase política nos ha puesto en manos de las ansias de poder y dinero de la clase financiera. Los culpables deberán pagar un precio político por esto, pero lo primero es constatar que para terminar con la crisis hay que salir de esa tenaza político-especulativa.
En segundo lugar hay que pagar lo que se debe. Hay que zanjar la deuda con los mercados, y no volver a caer nunca más en la misma situación. Para esto harán falta sacrificios y recortes que deben empezar por la clase política y el sistema bancario, al ser culpables de la situación creada, toda medida de recorte que no empiece por un drástico ajuste del gastos político y de los beneficios bancarios, carecerá de legitimidad política y contará con la lógica oposición popular.
En tercer lugar un nuevo paradigma económico. Salir de la deuda, será el momento de liberarse definitivamente y para siempre de la servidumbre hacia los mercados, cualquier programa económico que se hagan en el futuro tendrá que excluir la adquisición de nueva deuda de forma tajante. Los recortes y las políticas de austeridad sirven como solución momentánea, pero son insuficientes para el normal funcionamiento económico de un país que necesita ante todo de la producción real, es decir del trabajo productivo, y no de la economía especulativa y financiera. Éste es el problema que hoy tiene España y casi todos los países de la Europa del sur, que no tiene tejido productivo y que su sector industrial ha sido desmantelado, en beneficio de la importación de esos mismos productos –a precios más baratos– de países del tercer mundo. Eso es la globalización, y la globalización es sencillamente la ruina de Europa. Por lo tanto para solucionar este problema es necesario revertir la globalización e iniciar un proceso de des-globlalización en clave europea. Recuperar nuestra capacidad de producción supone ni más ni menor que la instauración de políticas de protección arancelaria infranqueables por los productos del tercer mundo y que, en consecuencia, la producción y por lo tanto el beneficio vuelvan a Europa. En el medio plazo, no hay otro salida.
En definitiva se trata de romper con la globalización financiera e industria, salir de la servidumbre de la deuda y apostar por un espacio económico y político europeo autónomo, autocentrado, por un Estado social y por un nuevo paradigma económico basado en el trabajo y no en la especulación y el endeudamiento.


Enric Ravello i Barber

jueves, 12 de abril de 2012

Orientaciones IV



Es, pues, una substancia nueva la que debe afirmarse, en sustitución de aquella, podrida y desviada, creada en el clima de la traición y de la derrota, mediante un lento avance más allá de los esquemas, de los rangos y de las posiciones sociales del pasado. Se trata de una figura nueva que debemos tener ante los ojos para poder medir la propia fuerza y la propia vocación. Esta figura, es importante y fundamental reconocerlo, no tiene nada que ver con las clases en tanto que categorías sociales y económicas, ni con los antagonismos que les son relativos. Dicha figura podrá manifestase tanto bajo la forma del rico como del pobre, del obrero como del aristócrata, del empresario como del investigador, del técnico, del teólogo, del agricultor, del hombre político en sentido estricto. Pero esta nueva substancia conocerá una diferenciación interna, la cual será perfecta cuando, de nuevo, no quepan dudas acerca de las vocaciones a las que seguir y sobre las funciones de la obediencia y del mando, cuando un prístino símbolo de autoridad absoluta reine en el centro de las nuevas estructuras jerárquicas.

Esto define una dirección tan antiburguesa como antiproletaria, una dirección totalmente liberada de las contaminaciones democráticas y de las mentiras “sociales” y, por consiguiente, dirigida hacia un mundo claro, viril, articulado, hecho por hombres y por jefes de hombres. Despreciamos el mito burgués de la “seguridad”, de la mezquina vida estandarizada, conformista, domesticada y “moralizada”. Despreciamos el vínculo anodino propio de todo sistema colectivista y mecanicista y de todas las ideologías que confieren a los confusos valores “sociales” primacía sobre los valores heroicos y espirituales, por medio de los cuales se debe definir, para nosotros, en todos los dominios, el tipo del hombre verdadero, de la persona absoluta. Algo esencial será conseguido cuando se despierte nuevamente el amor por un estilo de impersonalidad activa, en el que lo que cuenta es la obra y no el individuo, por el cual seamos capaces de considerar como algo importante no a nosotros mismos, sino a la función, la responsabilidad, la tarea que se acepta, el objetivo perseguido. Allí donde este espíritu se afirme se simplificarán muchos problemas de orden también económico y social, los cuales quedarían sin solución si se afrontaran desde el exterior, sin la previa eliminación de la infección ideológica que ya, de partida, perjudica todo retorno a la normalidad e incluso la misma percepción de lo que significa normalidad.

miércoles, 11 de abril de 2012

¿Vivir en un mercado o en un campamento?


Te indignas tanto, Lucilio, y te lamentas… ¿No comprendes que lo único malo es precisamente eso: tu indignación y tus quejas? Si me preguntas a mí, pienso que ninguna desgracia natural debería hacerme llorar. El día en que haya algo que yo no pueda soportar, ese día no podría soportarme a mí mismo ¿Estoy mal de salud? Es parte de mi destino. ¿Se han ido a dormir los criados, bajan mis rentas, se me ha hundido la casa, me han venido daños materiales, heridas, trabajos, cosas que dan miedo...? Suele pasar. Son cosas que ocurren necesariamente; no son accidentes. Créeme y te descubriré mis sentimientos más íntimos. En todo lo que parece adverso actúo así. No obedezco a un dios, sino que consiento con su voluntad. Le sigo, pero no porque no tenga alternativa. No me sucederá nada que yo acoja con tristeza, con mal gesto. No pagaré mis tributos de mala voluntad. Todo lo que lloramos, lo que nos asusta, son tributos de la vida. De todas estas cosas, amigo Lucilio, no esperes inmunidades ni las pidas. ¿Te ha producido inquietud que te duela la vejiga, recibir cartas amargas, una pérdida patrimonial detrás de otra...? ¿Acaso no querías llegar a viejo? Todas esas cosas en una existencia dilatada son como el polvo, el lodo o la lluvia en una caminata larga. —“Pero es que yo quería vivir sin todos esos inconvenientes.” Unas palabras tan afeminadas son impropias de un varón. Mira como recibes este deseo que yo tengo para ti: yo lo formulo con grandeza de ánimo, no simplemente con buen ánimo. Ni los dioses ni las diosas harán que la fortuna te lleve en palmitas. Pregúntate a ti mismo, si un dios te diera el poder de vivir en el mercado o en el campamento militar. Y, querido Lucilio, la vida es milicia. Los que andan activos de un sitio para otro, y van arriba y abajo por lo trabajoso y por lo arduo, y hacen frente a las misiones más peligrosas, esos son los varones esforzados, los héroes del campamento. Y esos otros a quienes una vergonzosa inacción les hace vivir blandamente son unas gallinas mojadas cuya seguridad es una deshonra.

martes, 10 de abril de 2012

Orientaciones III


En el plano espiritual, existe efectivamente algo que puede servir como orientación para las fuerzas de la resistencia y del alzamiento: es el espíritu legionario. Se trata de la actitud de quienes supieron elegir el camino más duro, de quienes supieron combatir aun siendo conscientes de que la batalla estaba materialmente perdida, de quienes supieron revivir y convalidar las palabras de la antigua saga: La fidelidad es más fuerte que el fuego, saga a través de la cual se afirma la idea tradicional de que es el sentido del honor y de la vergüenza, y no las exiguas medidas extraídas de pequeñas moralinas, lo que crea una diferencia substancial y existencial entre los seres, casi como entre una raza y otra (4).
Ahora es preciso separar este espíritu de las fórmulas ideológicas más o menos problemáticas que en aquel período fueron esbozadas y que algunos, hoy, erróneamente toman por lo esencial, haciendo de ellas su bandera; ese espíritu debe ser aceptado en su estado puro y extenderlo del tiempo de guerra al tiempo de paz, de esta paz que no es más que una tregua y un desorden malamente contenido, hasta que se determine una discriminación y un nuevo frente de batalla en formación (5). Éste debe realizarse en términos mucho más esenciales de los que se dan en un “partido”, que puede ser sólo un instrumento contingente en previsión de determinadas luchas políticas; incluso en términos más esenciales también que los representados por un simple “movimiento”, si por “movimiento” se entiende solamente un fenómeno de masas y de agregación, un fenómeno cuantitativo más que cualitativo, basado más en factores emocionales que en la severa y franca adhesión a una idea. De lo que se trata es más bien de una revolución silenciosa, de origen profundo, que debe resultar de la creación, en el interior del individuo, de las premisas de ese orden que, después, tendrá que afirmarse también en el exterior, suplantando fulminantemente, en el momento justo, las formas y las fuerzas de un mundo de decadencia y de subversión. El “estilo” que debe imperar es el de quien se mantiene sobre posiciones de fidelidad a sí mismo y a una idea, en un recogimiento profundo, en un rechazo por todo compromiso, en un empeño total que se debe manifestar no sólo en la lucha política sino también en toda expresión de la existencia: en las fábricas, en los laboratorios, en las universidades, en las calles, en el dominio personal de los afectos y los sentimientos. Se tiene que Ilegar al punto en que el tipo humano del que hablamos, que debe ser la sustancia celular de nuestras tropas en formación, sea reconocible, imposible de confundir, diferenciado, y pueda decirse de él: “he aquí alguien que actúa como un hombre del movimiento”.

Esto mismo quiso hacer la revolución de ayer, pero varios factores lo impidieron (6). Hoy, en el fondo, las condiciones son mejores, porque no existen equívocos y basta mirar alrededor, desde la calle al parlamento, para que las vocaciones sean puestas a prueba y se obtenga, claramente, la medida de lo que nosotros “no” debemos ser. Ante un mundo podrido cuyo principio es: “haz lo que veas hacer”, o, también, “primero el vientre, el pellejo (tan citado por Malaparte), y después la moral”, o también: “éstos no son tiempos en que se pueda uno permitir el lujo de tener un carácter”, o, en fin: “tengo una familia que alimentar”, nosotros oponemos esta norma de conducta, firme y clara: “No podemos actuar de otra forma, éste es nuestro camino, ésta es nuestra forma de ser”. Todo lo que de positivo se podrá obtener hoy o mañana nunca se logrará mediante la habilidad de los agitadores y de los políticos, sino a través del natural prestigio y el reconocimiento de los hombres de la generación anterior, o, mejor aún, de las nuevas generaciones, hombres que serán capaces de todo ello y que suministrarán una garantía en favor de su idea.

lunes, 9 de abril de 2012

Buena Pascua!!! Despues de la pasión

Intelectual



Es preciso poner en claro que para el hombre de Derecha los valores culturales no gozan de la condición excelsa a la que son ensalzados por los escritores deformación racionalista. Para el verdadero hombre de «Derecha», antes que la cultura están los valores genuinos del espíritu que encuentran expresión en el estilo de vida de las verdaderas aristocracias, en las organizaciones militares y en las tradiciones religiosas todavía vivas y operativas. En primer lugar está un cierto modo de ser, una cierta tensión hacia alguna realidad, después el eco de esta tensión bajo forma de filosofía, arte o literatura.


En una civilización tradicional, en un mundo de «Derecha», en primer lugar se encuentra el espíritu viviente y sólo después la palabra escrita.


Únicamente la civilización burguesa, nacida del escepticismo iluminista, podía creer sustituir el espíritu heroico y ascético por el mito de la cultura, por la dictadura des philosophes.


El demócrata rinde culto a la problemática, a la dialéctica, a la discusión y transformaría de buen grado la vida en café o en un parlamento. Para el hombre de «Derecha», por el contrario, la investigación intelectual y la expresión artística alcanzan sentido sólo como comunicación con la esfera del ser, con algo que, sea de la manera que sea, no pertenece al reino de la discusión sino de la verdad. El verdadero hombre de «Derecha» es instintivamente un homo religiosus, pero porque mide sus valores no con el metro del progreso sino con el de la verdad.


«Ser conservador ‑ha escrito Moeller van den Bruck- no significa depender del pasado inmediato sino vivir de los valores eternos».


La cultura y el arte de «Derecha» no pueden pretender ser ellos mismos el templo sino sólo el vestíbulo del templo. La verdad viviente está más allá.


De aquí surge una cierta desconfianza del genuino hombre de «Derecha» frente a la cultura moderna, un desprecio impersonal hacia el vulgo de literatos, estetas y periodistas. Recuérdense las palabras de Nietzsche: «Una vez el pensamiento era Dios, después devino hombre, ahora se ha hecho plebe. Todavía un siglo de lectores y el espíritu s e pudrirá, apestará».


De aquí la hostilidad del fascismo y del nacionalsocialismo hacia la figura del intelectual deraciné. No se trata meramente de la burda desconfianza del escuadrista y del lansquenete por los refinamientos de la cultura sino también del aspirar a una espiritualidad hecha de heroísmo, fidelidad, disciplina, sacrifico. José Antonio recomendaba a sus falangistas «el sentimiento ascético y militar de la vida».


Establecida esta premisa, consideraríamos más de cerca el objetivo de animar una cultura de «Derecha». El fin, lo hemos dicho, es la construcción de una visión del mundo que se inspire en valores diferentes los hoy dominantes. No teoría o filosofía sino «visión del mundo». Esto deja un amplio margen de libertad a las posiciones particulares.

http://adrianoromualdi.blogia.com/2007/031001--por-que-no-existe-una-cultura-de-derecha-.php

No al aborto

domingo, 8 de abril de 2012

sábado, 7 de abril de 2012

LA ORACIÓN DEL SUPREMO


LA ORACIÓN DEL SUPREMO

Sé que colgué de ese árbol barrido por el viento,
meciéndome durante nueve largas noches,
herido por mi propia espada,
ensangrentado para Odín,
yo mismo una ofrenda para mí mismo:
atado al árbol
del que ningún hombre conoce
hacia dónde corren sus raíces.
Nadie me dio pan,
nadie me dio agua.
Hacia los abismos más profundos me asomé
hasta que avisté las Runas.
Lanzando un rugido las tomé
para luego caer, aturdido y débil.
Gané bienestar
y sabiduría también.
Crecí y me regocijé con mi crecimiento:
de palabra en palabra
fui guiado hacia otra palabra,
de una acción hacia otra acción.

- Del antiguo escandinavo
La Edda poética (1200 D.C.)

Orientaciones II


Aquí tenemos que restringir los horizontes y limitarnos a lo que atañe a nuestra nación. En primer lugar, debemos reconocer claramente que las destrucciones que hoy en día nos rodean son más bien de carácter moral y espiritual que de naturaleza material, económica o social. No hay nada que no se pague: el destino relativamente mejor -si lo comparamos con las otras naciones vencidas- que la traición y la deserción nos han deparado (2) tiene su contrapartida en un desfallecimiento interior, en un marasmo ideológico, en un decaimiento del carácter y de toda verdadera dignidad (3). Reconocer esto significa también reconocer que el problema principal, el fundamento de cualquier otro, es de naturaleza interior: rebelarse, renacer interiormente, darse una forma, crear en sí mismos un orden y una rectitud. Nada han aprendido de las lecciones del pasado reciente quienes hoy todavía se ilusionan a propósito de las posibilidades de una lucha puramente política y sobre el poder de tal o cual fórmula o sistema, si no se parte, ante todo, de una nueva cualidad humana. Es éste un principio que hoy, más que nunca, debería aparecer con una evidencia absoluta: si un Estado tuviera un sistema político o social que, en teoría, valiera corno el más perfecto, pero en el cual la substancia humana fuese deficiente, entonces este Estado descendería antes o después al nivel de las sociedades más bajas, mientras que, por el contrario, un pueblo, una raza capaz de engendrar verdaderos hombres, hombres de intuición justa y de instinto seguro, alcanzaría un alto nivel de civilización y se mantendría en pie, firme frente a las más arduas y calamitosas pruebas, incluso aunque su sistema político fuera deficiente o imperfecto. Hay que adoptar, pues, una precisa posición contra el falso “realismo político”, que piensa sólo en términos de programas, de problemas, de organización de partidos, de recetas sociales y económicas. Todo esto es contingente y no esencial. La medida de lo que aún puede ser salvado depende, por el contrario, de la existencia o no de hombres que vivan no para predicar fórmulas, sino para ser ejemplos; no para ir al encuentro de la demagogia y del materialismo de las masas, sino para despertar diferentes formas de sensibilidad y de interés. A partir de lo que, pese a todo, sobrevive aún entre las ruinas, reconstruir lentamente un hombre nuevo, animarlo gracias a un determinado espíritu y una adecuada visión de la vida, fortificarlo mediante la adhesión férrea a ciertos principios. Este es el verdadero problema.

viernes, 6 de abril de 2012

jueves, 5 de abril de 2012

Orientaciones


Orientaciones

JULIUS EVOLA


I

Es inútil hacerse ilusiones con las quimeras de un optimismo cualquiera: en nuestros días nos encontramos al final de un ciclo. Desde hace ya siglos, primero imperceptiblemente, después como el movimiento de una masa que se desploma, son múltiples los procesos que han destruido en Occidente todo ordenamiento normal y legítimo de los hombres, que han falseado incluso la más alta concepción de la vida, de la acción, del conocimiento y del combate. El movimiento de esta caída, su velocidad, su aspecto vertiginoso, ha sido llamado “progreso”. Y a este “progreso” se han dedicado himnos, y se tuvo la ilusión de que esta civilización -civilización de materia y de máquinas- era la civilización por excelencia, a la cual habría estado preordenada toda la historia anterior del mundo: finalmente, las consecuencias últimas de todo este proceso fueron tales que provocaron, en algunos, un despertar.

Se sabe dónde, y bajo qué símbolos, se intentaron organizar las fuerzas de una posible resistencia. Por un lado, una nación que desde su unificación no había conocido más que el mediocre clima del liberalismo, de la democracia y de la monarquía constitucional, tuvo la osadía de recoger el símbolo de Roma como base para una nueva concepción política y para un nuevo ideal de virilidad y de dignidad. Por otro lado, en otra nación, que en el Medievo había hecho suyo el principio romano del Imperium, fuerzas análogas se despertaron para reafirmar el principio de autoridad y la primacía de todos aquellos valores que tienen sus raíces en la sangre, en la raza y en los instintos más profundos de una estirpe. Y mientras que en otras naciones europeas algunos grupos se orientaron en el mismo sentido, una tercera fuerza se alineó en el mismo campo de combate en el continente asiático: la nación de los samurai, en la que la adopción de las formas externas de la civilización moderna no había lesionado la fidelidad a una tradición guerrera, centrada en el símbolo del Imperio solar de derecho divino.

No se pretende que, en estas corrientes, la distinción entre lo esencial y lo accesorio fuese clara, que en ellas las ideas tuvieran paralelamente una adecuada convicción y cualificación en la persona, ni que hubieran sido superadas algunas influencias de aquellas mismas fuerzas a las que se debía combatir. El proceso de purificación ideológica habría podido tener lugar en un segundo tiempo, una vez que hubieran sido resueltos algunos problemas políticos inmediatos e inaplazables. Pero, incluso así, era evidente que estaba tomando cuerpo una concentración de fuerzas en abierto desafío frente a la llamada civilización “moderna”, tanto para las democracias herederas de la revolución francesa como para la encarnación del límite extremo de la degradación del hombre occidental: la civilización colectivista del Cuarto Estado, la civilización proletaria del hombre-masa anónimo y sin rostro. La velocidad se aceleró, se acentuó la tensión hasta que Ilegó el choque armado de las fuerzas en pugna. Lo que prevaleció fue el poder bruto de una coalición que no retrocedió ante la más híbrida alianza de intereses y la más hipócrita movilización ideológica para aplastar a un mundo que estaba poniéndose en pie y que intentaba afirmar su derecho. Dejamos al margen el hecho de saber si nuestros hombres estuvieron o no a la altura de su empresa, si se cometieron errores en cuanto al sentido de la oportunidad, de la preparación completa, de la medida del riesgo, ya que esto no compromete al significado profundo de la lucha que se produjo. Del mismo modo, no nos interesa saber que hoy la historia se vengue de los vencedores, que, por una justicia inmanente, las potencias democráticas, tras haberse aliado con las fuerzas de la subversión roja para Ilevar la guerra hasta el insensato extremo de la rendición incondicional y de la destrucción total, vean volverse contra ellas a sus aliados de ayer, peligro éste mucho más temible que el que querían conjurar.

Lo único que cuenta es que hoy nos encontramos en medio de un mundo en ruinas. Y la pregunta que debe plantearse es la siguiente: ¿existen aún hombres en pie en medio de estas ruinas? ¿Y qué deben o pueden hacer aún?

miércoles, 4 de abril de 2012

Historia del guerrero y de la cautiva


Historia del guerrero y de la cautiva



En la página 278 del libro La poesia (Bari, 1942), Croce, abreviando un texto latino del historiador Pablo el Diácono, narra la suerte y cita el epitafio de Droctulft; éstos me conmovieron singularmente, luego entendí por qué. Fue Droctulft un guerrero lombardo que en el asedio de Ravena abandonó a los suyos y murió defendiendo la ciudad que antes había atacado. Los raveneses le dieron sepultura en un templo y compusieron un epitafio en el que manifestaron su gratitud («contempsit caros, dum nos amat ille, parentes») y el peculiar contraste que se advertía entre la figura atroz de aquel bárbaro y su simplicidad y bondad:

Terribilis visu facies, sed mente benignos,
Longaque robusto pectores barba fuit! [1]

Tal es la historia del destino de Droctulft, bárbaro que murió defendiendo a Roma, o tal es el fragmento de su historia que pudo rescatar Pablo el Diácono. Ni siquiera sé en qué tiempo ocurrió: si al promediar él siglo VI, cuando los longobardos desolaron las llanuras de Italia; si en el VIII, antes de la rendición de Ravena. Imaginemos (éste no es un trabajo histórico) lo primero.

Imaginemos, sub specie aeternitatis, a Droctulft no al individuo Droctulft, que sin duda fue único e insondable (todos los individuos lo son), sino al tipo genérico que de él y de otros muchos como él ha hecho la tradición, que es obra del olvido y de la memoria. A través de una oscura geografía de selvas y de ciénagas, las guerras lo trajeron a Italia, desde las márgenes del Danubio y del Elba, y tal vez no sabía que iba al Sur y tal vez no sabía que guerreaba contra el nombre romano. Quizá profesaba el arrianismo, que mantiene que la gloria del Hijo es reflejo de la gloria del Padre, pero más congruente es imaginarlo devoto de la Tierra, de Hertha, cuyo ídolo tapado iba de cabaña en cabaña en un carro tirado por vacas, o de los dioses de la guerra y del trueno, que eran torpes figuras de madera, envueltas en ropa tejida y recargadas de monedas y ajorcas. Venía de las selvas inextricables del jabalí y del uro; era blanco, animoso, inocente, cruel, leal a su capitán y a su tribu, no al universo. Las guerras lo traen a Ravena y ahí ve algo que no ha visto jamás, o que no ha visto con plenitud. Ve el día y los cipreses y el mármol. Ve un conjunto que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos. Ninguna de esas fábricas (lo sé) lo impresiona por bella; lo tocan como ahora nos tocaría una maquinaria compleja, cuyo fin ignoráramos, pero en cuyo diseño se adivinara una inteligencia inmortal. Quizá le basta ver un solo arco, con una incomprensible inscripción en eternas letras romanas. Bruscamente lo ciega y lo renueva esa revelación, la Ciudad. Sabe que en ella será un perro, o un niño, y que no empezará siquiera a entenderla, pero sabe también que ella vale más que sus dioses y que la fe jurada y que todas las ciénagas de Alemania. Droctulft abandona a los suyos y pelea por Ravena. Muere, y en la sepultura graban palabras que él no hubiera entendido

Contempsit caros, dum nos amat ille, parentes,
Hanc patriam reputans esse, Ravenna, suam.

No fue un traidor (los traidores no suelen inspirar epitafios piadosos); fue un iluminado, un converso. Al cabo de unas cuantas generaciones, los longobardos que culparon al tránsfuga, procedieron como él; se hicieron italianos, lombardos y acaso alguno de su sangre –Aldíger– pudo engendrar a quienes engendraron al Alighieri... Muchas conjeturas cabe aplicar al acto de Droctulft; la mía es la más económica; si no es verdadera como hecho, lo será corno símbolo.

Cuando leí en el libro de Croce la historia del guerrero, ésta me conmovió de manera insólita y tuve la impresión de recuperar, bajo forma diversa, algo que había sido mío. Fugazmente pensé en los jinetes mogoles que querían hacer de la China un infinito campo de pastoreo y luego envejecieron en las ciudades que habían anhelado destruir; no era ésa la memoria que yo buscaba. La encontré al fin; era un relato que le oí alguna vez a mi abuela inglesa, que ha muerto.

En 1872 mi abuelo Borges era jefe de las fronteras Norte y Oeste de Buenos Aires y Sur de Santa Fe. La comandancia estaba en Junín; más allá, a cuatro o cinco leguas uno de otro, la cadena de los fortines; más allá, lo que se denominaba entonces la Pampa y también Tierra Adentro. Alguna vez, entre maravillada y burlona, mi abuela comentó su destino de inglesa desterrada a ese fin del mundo; le dijeron que no era la única y le señalaron, meses después, una muchacha india que atravesaba lentamente la plaza. Vestía dos mantas coloradas e iba descalza; sus crenchas eran rubias. Un soldado le dijo que otra inglesa quería hablar con ella. La mujer asintió; entró en la comandancia sin temor, pero no sin recelo. En la cobriza cara, pintarrajeada de colores feroces, los ojos eran de ese azul desganado que los ingleses llaman gris. El cuerpo era ligero, como de cierva; las manos, fuertes y huesudas. Venía del desierto, de Tierra Adentro, y todo parecía quedarle chico: las puertas, las paredes, los muebles.

Quizá las dos mujeres por un instante se sintieron hermanas; estaban lejos de su isla querida y en un increíble país. Mi abuela enunció alguna pregunta; la otra le respondió con dificultad, buscando las palabras y repitiéndolas, como asombrada de un antiguo sabor. Haría quince años que no hablaba el idioma natal y no le era fácil recuperarlo. Dijo que era de Yorkshire, que sus padres emigraron a Buenos Aires, que los había perdido en un malón, que la habían llevado los indios y que ahora era mujer de un capitanejo, a quien ya había dado dos hijos y que era muy valiente. Eso lo fue diciendo en un inglés rústico, entreverado de araucano o de pampa, y detrás del relato se vislumbraba una vida feral: los toldos de cuero de caballo, las hogueras de estiércol, los festines de carne chamuscada o de vísceras crudas, las sigilosas marchas al alba; el asalto de los corrales, el alarido y el saqueo, la guerra, el caudaloso arreo de las haciendas por jinetes desnudos, la poligamia, la hediondez y la magia. A esa barbarie se había rebajado una inglesa. Movida por la lástima y el escándalo, mi abuela la exhortó a no volver. Juró ampararla, juró rescatar a sus hijos. La otra le contestó que era feliz y volvió, esa noche, al desierto. Francisco Borges moriría poco después, en la revolución del 74; quizá mi abuela, entonces, pudo percibir en la otra mujer, también arrebatada y transformada por este continente implacable, un espejo monstruoso de su destino...

Todos los años, la india rubia solía llegar a las pulperías de Junín, o del Fuerte Lavalle, en procura de baratijas y «vicios»; no apareció, desde la conversación con mi abuela. Sin embargo, se vieron otra vez. Mi abuela había salido a cazar; en un rancho, cerca de los bañados, un hombre degollaba una oveja. Como en un sueño, pasó la india a caballo. Se tiró al suelo y bebió la sangre caliente. No sé si lo hizo porque ya no podía obrar de otro modo, o como un desafío y un signo.

Mil trescientos años y el mar median entre el destino de la cautiva y el destino de Droctulft. Los dos, ahora, son igualmente irrecuperables. La figura del bárbaro que abraza la causa de Ravena, la figura de la mujer europea que opta por el desierto, pueden parecer antagónicos. Sin embargo, a los dos los arrebató un ímpetu secreto, un ímpetu más hondo que la razón, y los dos acataron ese ímpetu que no hubieran sabido justificar. Acaso las historias que he referido son una sola historia. El anverso y el reverso de esta moneda son, para Dios, iguales.

A Ulrike von Kühlmann.


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[1] También Gibbon (Decline and fall, XLV) transcribe estos versos.

http://archivosborges.blogspot.com.es/2008/01/historia-del-guerrero-y-de-la-cautiva.html

martes, 3 de abril de 2012

domingo, 1 de abril de 2012

El Dios de España



Era marzo de 1529 y la falucha medio se hundía en las cálidas aguas de las costas de Tierra Firme. Hombres de las cuatro esquinas de las Españas sudaban y bregaban en cubierta, en los almacenes y entre los palos de la nave. Una nave de buen porte, imperial como aquella España merecía, y coronando la bandera del Emperador y un nombre: la Santa María, digamos que del Pilar.

El Mar del Caribe tiene otra luz, bella y a la vez tenebrosa. No obstante ahí se hacen fuertes los huracanes y sus apacibles aguas a veces engullen toneladas de madera, de tesoros y de desdichados hombres. Por eso los marinos españoles a veces llevan escapularios o exvotos, o se santiguan y rezan musitando y arrastrando las palabras...

“Santa Madre del Carmen...ayúdanos... Virgen de las Vírgenes... Madre de Dios... Virgen del Pilar... Reina concebida sin Mancha original...” O cualquiera de las advocaciones de la mariana, por encima de todas, tierra de España.

Y las naves, esas barcazas donde viajan los “barbudos blancos” como les llama la muchedumbre india. Barcos que surcan los mares y océanos del mundo llenándolos de los nombres de Dios, la Virgen y sus Santos... La Santa María, la Santísima Trinidad, San Francisco, San Antonio, San Juan Nepomuceno, San Isidoro y tantos otros que saben a sal, a pólvora y a sueños.

Y esos nombres saltan a tierra: Santa María de Buenos Aires, Santa María de Bogotá, Natividad de Nuestra Señora (el primer fuerte de los españoles en el Nuevo Mundo)... Siempre la Virgen omnipresente en los aventureros de la mayor epopeya que el mundo ha conocido. Volcados en llevar por todo el orbe a su emperador y su fe, esa fe que mueve montañas y mares y océanos. Esa fe a la que acompañó la figura insustituible de la Virgen como estandarte, como consuelo en los momentos de miedo, en la calamidad e incluso en la postrera hora que a muchos llegó en esas desconocidas latitudes.

Pero esos hombres no eran, en muchos casos héroes, sino miserables seres humanos llevando su humanidad con dignidad e ilusión o como decía un académico en tristes horas de vigilia:



“Todos ellos fueron gran*des hombres; escrupulosos y católicos a menudo, di*solutos en algunas ocasiones. Ellos, que no inclinaban la cabeza ni ante sus reyes, se humillaban sin embargo ante una hostia consagrada, ante la barba mal afeitada y las manos torpes de cualquier mísero cura de pue*blo. Los hubo que murieron peleando por Dios y por sus monarcas en guerras europeas, en las Indias o en el norte de África, batiéndose contra protestantes, angli*canos, berberiscos... Fueron valientes soldados, dignos nobles y leales vasallos. Y todos, excepto los que murieron en lugares trágicos y lejanos, tuvieron a un sacerdote junto al lecho en el momento de entregar su espíritu. Como mi abuelo, como mi padre...”



Es así y siempre ha sido. Ya nos lo decía Santo Tomas en su Summa Theologica: “Dios existe porque Dios es”. Pero ni estos hombres ni ninguno de nosotros alcanzamos a entender esas palabras hoy en día, porque la fe no es entendimiento, la fe es algo más que no podemos explicar.

Rompiendo esquemas...