domingo, 1 de abril de 2012

El Dios de España



Era marzo de 1529 y la falucha medio se hundía en las cálidas aguas de las costas de Tierra Firme. Hombres de las cuatro esquinas de las Españas sudaban y bregaban en cubierta, en los almacenes y entre los palos de la nave. Una nave de buen porte, imperial como aquella España merecía, y coronando la bandera del Emperador y un nombre: la Santa María, digamos que del Pilar.

El Mar del Caribe tiene otra luz, bella y a la vez tenebrosa. No obstante ahí se hacen fuertes los huracanes y sus apacibles aguas a veces engullen toneladas de madera, de tesoros y de desdichados hombres. Por eso los marinos españoles a veces llevan escapularios o exvotos, o se santiguan y rezan musitando y arrastrando las palabras...

“Santa Madre del Carmen...ayúdanos... Virgen de las Vírgenes... Madre de Dios... Virgen del Pilar... Reina concebida sin Mancha original...” O cualquiera de las advocaciones de la mariana, por encima de todas, tierra de España.

Y las naves, esas barcazas donde viajan los “barbudos blancos” como les llama la muchedumbre india. Barcos que surcan los mares y océanos del mundo llenándolos de los nombres de Dios, la Virgen y sus Santos... La Santa María, la Santísima Trinidad, San Francisco, San Antonio, San Juan Nepomuceno, San Isidoro y tantos otros que saben a sal, a pólvora y a sueños.

Y esos nombres saltan a tierra: Santa María de Buenos Aires, Santa María de Bogotá, Natividad de Nuestra Señora (el primer fuerte de los españoles en el Nuevo Mundo)... Siempre la Virgen omnipresente en los aventureros de la mayor epopeya que el mundo ha conocido. Volcados en llevar por todo el orbe a su emperador y su fe, esa fe que mueve montañas y mares y océanos. Esa fe a la que acompañó la figura insustituible de la Virgen como estandarte, como consuelo en los momentos de miedo, en la calamidad e incluso en la postrera hora que a muchos llegó en esas desconocidas latitudes.

Pero esos hombres no eran, en muchos casos héroes, sino miserables seres humanos llevando su humanidad con dignidad e ilusión o como decía un académico en tristes horas de vigilia:



“Todos ellos fueron gran*des hombres; escrupulosos y católicos a menudo, di*solutos en algunas ocasiones. Ellos, que no inclinaban la cabeza ni ante sus reyes, se humillaban sin embargo ante una hostia consagrada, ante la barba mal afeitada y las manos torpes de cualquier mísero cura de pue*blo. Los hubo que murieron peleando por Dios y por sus monarcas en guerras europeas, en las Indias o en el norte de África, batiéndose contra protestantes, angli*canos, berberiscos... Fueron valientes soldados, dignos nobles y leales vasallos. Y todos, excepto los que murieron en lugares trágicos y lejanos, tuvieron a un sacerdote junto al lecho en el momento de entregar su espíritu. Como mi abuelo, como mi padre...”



Es así y siempre ha sido. Ya nos lo decía Santo Tomas en su Summa Theologica: “Dios existe porque Dios es”. Pero ni estos hombres ni ninguno de nosotros alcanzamos a entender esas palabras hoy en día, porque la fe no es entendimiento, la fe es algo más que no podemos explicar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy bueno. ¿Quién es el autor del texto?