miércoles, 28 de marzo de 2012

Contra la nostalgia y a favor del reformismo







HACIA UNA NUEVA POLÍTICA


¿REACCIONARIOS O REVOLUCIONARIOS ?


LA RUPTURA CON EL PASADO


NO es posible asentar sobre base popular una política que no sea, en algún modo, revolucionaria, o más exactamente, reformista. Si bien se mira, todas las actitudes políticas que prenden entusiasmo en el pueblo van animadas de un espíritu de protesta; y tanto más se aproximan al triunfo cuanto mayor energía ponen en la crítica y acreditan más certeramente su contenido reformador: la raíz política más fecunda en el sentimiento de las masas es el descontento. De una manera o de otra, el partido que aspira a una popularidad genuina, ya sea con la suprema aspiración de convertirse en nacional, o al menos con la de poseer fuerza combativa eficaz, ha de proclamar una incompatibilidad con el pasado, el lanzamiento de algún lastre histórico de los que el pueblo abomina o recela.


Sabedores los hombres de la demagogia liberal del provecho que en la política rinde la explotación verbalista del descontento popular, cultivan, ante todo, y aun exclusivamente, la protesta contra lo existente o lo antiguo. Colocan sistemáticamente la felicidad del pueblo -regentado por ellos naturalmente- en un porvenir fantástico que por lo mismo que es desconocido nada cuenta pintar, con los mejores colores.


La dialéctica revolucionaria, bien se sabe que no es otra cosa sino "una polémica con el pasado", como decía cierto popularísimo hombre de derechas hace pocos días hablando de la constitución que nos han hecho los masones. Es de ver la iluminada fruición, el fanático coraje con que las clases que llamadas desheredadas acogen ese enfado verboso de los revolucionarios al uso marxista o liberalesco, para juzgar el pasado. A todas las mentes inferiores les va bien el regalo gratuito de los paraísos imaginarios y aplauden por eso a quien dibuja y promete sin ambages una Edad de oro, mucho mejor si es venidera que pasada.


Llegar en la ruptura con el pasado hasta abominar de toda la Historia, es una bárbara fechoría y una blasfemia que sólo cabe defender poseyendo el inefable cretinismo de ese ministro de Fomento, que dijo: "Nada hay que conservar".



HAY QUE CONSERVAR Y RESTAURAR


Hay, sí, que conservar, y sobre todo hay que restaurar. Tenemos que conservar, fomentándole, el sentimiento de la unidad hispánica, el respeto sagrado a la integridad familiar, el patrimonio -harto disminuido, es cierto- de sentimiento religioso y honradez social, no menos que la fortaleza económica de pueblo independiente, todavía real a despecho de las acometidas criminales consumadas por la furia parlamentario-socialista. Y tenemos que restaurar la fe en el destino grandioso histórico de la raza, las concepciones autóctonas de la cultura española, las costumbres cristiano-españolas para regir la administración y cumplir los deberes sociales, así como el afán de crear y la aptitud para el heroísmo, sustituidos en los últimos tiempos por la cobardía europeizante y el derrotismo individualista.


CONTENIDO REVOLUCIONARIO


Con ese credo conservador y restaurador ya tiene la nueva política un magnífico contenido revolucionario. Poseerá la más brillante capacidad de proselitismo presentando ante el pueblo la viva protesta contra las deserciones antipatrióticas y la dilapidación traidora de energías materiales y valores espirituales en que incurre la ineptitud gobernante.


No menos tajante habrá de ser la protesta contra la tozudez del capitalismo burgués, cerrado a toda transigencia voluntaria con la ya ineludible victoria de una nueva estructura económico-social, La invalidez de las formas capitalistas para llenar el derecho a un bienestar medio de todos los ciudadanos del Estado y equipar a la Nación para conquistas de grandeza, no puede suplirse con remiendos tacaños y tímidas concesiones. Hay que llegar a una nueva fase económica, con el predominio sindicalista (resurrección gran industrialista de los gremios) que cierre el camino a la ciega irrupción del bolchevique, con soluciones radicales de tipo nacional.


Por otra parte, urge, como decimos, movilizar las fuerzas y las personas todas para reconstruir la Nación e imponer el seguimiento de veredas de grandeza colectiva: todo esto es un programa revolucionario más sincero que el demoliberal o el marxista.



(Libertad, núm. 29, 28 de diciembre de 1931.-Reproducido en el mismo semanario, núm. 126, 18 de marzo de 1935, y en El Estado Nacional, págs. 27-29.)

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