domingo, 5 de febrero de 2012

Max Weber y el espíritu del capitalismo.


*El catolicismo romano difiere claramente del espiritu protestante


Max Weber y el espíritu del capitalismo.
Francisco Javier Gea Izquierdo


El investigador y erudito alemán Max Weber (1864-1920) es uno de los fundadores de la sociología moderna. De hecho para algunos especialistas se trata del más importante de estos (Auguste Comte, Karl Marx o Émile Durkheim) y de los estudiosos posteriores. Weber realizó extensos estudios de historia, economía, derecho y filosofía, y ha creado una obra inmensa. Entre sus aportaciones para comprender la sociedad y la política destacan sus trabajos sobre la religión, las clases sociales, la importancia de las ideas en la configuración social, los tipos de acción social y de racionalidad, la necesidad de buscar una ciencia libre de valores, la distinción entre la ética de la convicción y la de la responsabilidad, así como el desarrollo del proceso de secularización y la burocratización de las sociedades modernas. Una sola de estas investigaciones es suficiente para convertir a alguien en un destacado científico social.

En un principio se vio influido por el predominio de las teorías de Marx, si bien sus planteamientos derivaron pronto hacia una idea de la sociedad muy distinta. La diferencia fundamental entre ambos radica en que Weber rechaza el materialismo histórico marxiano, según el cual lo que mueve a la sociedad a través de la historia son las condiciones materiales de la existencia humana y no las ideas o creencias. Weber admite desde luego que las condiciones materiales de la existencia influyen en la sociedad así como en las ideas y creencias de la gente, pero también afirma que ocurre lo opuesto, es decir, que estas pueden determinar profundamente los fenómenos sociales. En este sentido su célebre obra 'La ética protestante y el espíritu del capitalismo' constituye una de las contribuciones clave de la sociología moderna. En ella, de cuya publicación se cumple ahora un siglo, su autor muestra, con una contundencia que rara vez se ve en las ciencias sociales, no ya que el protestantismo sea un producto de la sociedad capitalista, como supondría el materialismo histórico, que tanto predicamento ha tenido desde mediados del siglo XIX y durante la mayor parte del siglo XX, sino que por el contrario es el protestantismo el que da lugar al capitalismo.

En efecto este fenómeno aparece en el Norte de Europa y en los Estados Unidos a partir del siglo XVII porque la religión allí predominante es el protestantismo. Según esta trabajar duramente no es un medio para obtener dinero, sino un valor ético-ascético en sí mismo. El hombre protestante tipo no acumula dinero para luego gastárselo y vivir bien, sino porque esa actividad le da verdadero sentido religioso a su vida. El protestantismo profesaba la idea teológica de la predestinación divina, de acuerdo con la cual Dios, en su infinita omnisciencia, sabe quién se va a salvar y quién no, y haga lo que haga uno no puede cambiarlo. Lo único que le cabe al creyente es tener fe y tratar de buscar algún signo de hallarse entre los elegidos por Él. Pues bien los fundadores del protestantismo, sobre todo Calvino, creían que el signo inequívoco de haber sido elegido era tener éxito en el trabajo y en los negocios. Por eso el protestante tipo lo que procura es trabajar mucho y acumular dinero a lo largo de su vida, que invertirá para aumentar sus negocios y no para gastarlo, y eso es lo que da lugar al singular fenómeno del capitalismo.

Un ejemplo paradigmático de la mentalidad capitalista protestante, que ofrece el propio Weber en 'La ética protestante y el espíritu del capitalismo', es el de Benjamín Franklin (1706-1790), el célebre científico y político norteamericano que entre otras cosas redactó junto a Thomas Jefferson y John Adams la Declaración de Independencia de su país. Pues bien, Franklin opinaba respecto al trabajo y el ahorro lo siguiente: «El tiempo es dinero. El que puede ganar diariamente diez chelines con su trabajo y dedica a pasear la mitad del día, o a holgazanear en su cuarto, aun cuando sólo dedique seis peniques para sus diversiones, no ha de contar esto sólo, sino que en realidad ha gastado, o más bien derrochado, cinco chelines más». Desde luego, en otras sociedades y en otras épocas ha habido también gente muy ocupada en enriquecerse, pero su objetivo no era acumular dinero por acumularlo, sino tener más para poder gastarlo. Por así decirlo, llegado el caso, preferirían nacer ricos y morirse pobres antes que nacer pobres y morirse ricos.

Weber también señaló que el capitalismo hacía tiempo que había olvidado su origen religioso y descansaba sobre 'fundamentos mecánicos', y fue muy crítico respecto al mismo. De sus protagonistas pensaba entre otras cosas que eran especialistas sin espíritu y gozadores sin corazón que imaginaban haber llevado a la humanidad a una fase nunca antes alcanzada. Sin embargo, no creía que el comunismo fuese mejor, porque considera al igual que Durkheim que lo único que cabe esperar de él es que empeore las cosas aumentando el nivel de burocratización de la sociedad. Con posterioridad a lo que Weber pudo estudiar, Occidente se ha hecho menos religioso (proceso que viene de largo y que anticipó con clarividencia) y de un ideario y una sociedad de la acumulación del capital se ha pasado a un ideario y una sociedad del consumo. Fenómeno este que es totalmente congruente con las ideas weberianas y cuyo comienzo puede cifrarse tal vez a partir de los años veinte, cuando se inventa en los Estados Unidos de América la compra a plazos.

Max Weber ha tenido menos predicamento fuera de los estrictos círculos intelectuales que otros autores menos decisivos, ya que su obra es muy rigurosa y carece de concesiones, pero eso no significa que sea menos relevante. Como ha señalado el sociólogo británico Anthony Giddens, la teoría weberiana del origen del capitalismo es importante, entre otras razones, por ser capaz de ir más allá de los límites del sentido común sin caer en el absurdo, por explicar un hecho sorprendente y complejo, y porque supone un enfoque capaz de abrir nuevas perspectivas en otros ámbitos de la sociología. Por eso, esta y otras ideas deWeber constituyen aún un punto de partida inestimable para tratar de entender el tiempo que tenemos por delante

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