lunes, 20 de junio de 2011

Hasta la proxima!!



El vano ayer engendrará un mañana

vacío y ¡por ventura! pasajero,

la sombra de un lechuzo tarambana,

de un sayón con hechuras de bolero;

el vacuo ayer dará un mañana huero.

Como la náusea de un borracho ahíto

de vino malo, un rojo sol corona

de heces turbias las cumbres de granito;

hay un mañana estomagante escrito

en la tarde pragmática y dulzona.

Mas otra España nace,

la España del cincel y de la maza,

con esa eterna juventud que se hace

del pasado macizo de la raza.

Una España implacable y redentora,

España que alborea

con un hacha en la mano vengadora,

España de la rabia y de la idea



Antonio Machado

viernes, 17 de junio de 2011

Dedicado a la chusma que se pasea impunemente por nuestras calles...

La finanza y el poder




El Estado –sea del color que sea- es, endémicamente, un mal comerciante. De ahí el fracaso clamoroso del marxismo. la función del Estado no es comerciar, sino –en la vertiente de su política interior- conservar el orden público, desarrollar la riqueza e impedir abusos. Particularmente, estamos contra las nacionalizaciones de empresas, y, en consecuencia, también contra la nacionalización de la banca, “solución” que no solucionaría nada y convertiría al Estado en un comerciante de dinero cuando –como esperamos haber demostrado ya- el dinero no es una mercancía, sino un medio de intercambio, y la catástrofe de los “ciclos económicos” se origina, precisamente con la artificial alteración del valor de algo que debería ser fundamentalmente estable. Cuando decimos que el Crédito debe ser reservado al Estado, queremos hacer hincapié –lo repetimos- en que dicho crédito debe ser sin interés. Ya Platón calificó de “aberración contra Natura” la pretensión de hacerle producir dinero al dinero.

La finanza y el poder

http://studimonetari.org/articoli/finanzaypoder.html

jueves, 16 de junio de 2011

Indignado


Indignado de que a los violentos de la izquierda y sus reivindicaciones haya que escucharlas y dialogar con ellos, omitiendo sus “benditas” instituciones democráticas.

Indignado por el desprecio a las víctimas del terrorismo, a los que defienden la España eterna, los que defienden la familia, los valores cristianos, la memoria histórica para todos, al simple olor a derecha social.

Indignado porque los asesinos y terroristas sean premiados política y carcelariamente por dejar de asesinar siempre que sean de izquierdas.

Indignado porque aquellos que desprecian a España y su base jurídica, aquellos que se basan en inventos sobre el RH, la historia, la lengua, destruyen y expulsan de manera xenófoba a quienes no comulgan con sus mentiras, que estos canallas sean privilegiados económicamente y su voto valga mas representativamente en el parlamento nacional que el de un señor de Toledo.

Indignado porque las entidades financieras mal gestionadas y corruptas sean rescatadas por dinero público.

Indignado con los inútiles que hacen el juego a un mejunje de ideas de izquierdas que han arruinado este país de la mano del capitalismo mas salvaje, global y progresista.

Indignado con gentes que solo piensan en formulas, programas y en números y olvidan que la crisis es espiritual y de valores.

Indignado por la anestesia insuflada por progres de izquierda, derecha económica y separatistas que han arruinado este país.

Indignado con aquellos que se preocupan por guerras a mil kilómetros y han perdido cualquier sentimiento comunitario, cercano o histórico hacia España.

Indignado con los que se autodenominan ciudadanos del mundo y rechazan su identidad.

Indignado con aquellos que hacen apología del mestizaje global luchando contra la diversidad étnica y la riqueza cultural en beneficio de la homogeneización y el mercado.

Indignado con la iglesia progre que parece más una sucursal perro flauta, que la iglesia de Cristo instituida en nuestra Roma

Indignado…

viernes, 10 de junio de 2011

jueves, 9 de junio de 2011

Mientras no se sepa hablar más que de clases económicas...


Mientras no se sepa hablar más que de clases económicas, de trabajo, de salarios, de producción, mientras se piense que el verdadero progreso humano, la verdadera elevación del individuo, está solamente condicionado por un particular sistema de distribución de la riqueza y de los bienes y tenga relación con la pobreza y el bienestar, con el estado de la prosperity o con el socialismo utópico, se permanecerá siempre en el mismo plano de lo que debe combatirse. Nosotros afirmamos que todo aquello que es economía e interés económico como mera satisfacción de la necesidad animal ha tenido, tiene y siempre tendrá una función subordinada en una humanidad normal; que más allá de esta esfera debe diferenciarse un orden de valores superiores, políticos, espirituales y heroicos, un orden que -como ya hemos dicho- no conoce y ni siquiera admite “proletarios” o “capitalistas” y que sólo en función de dicho orden se deben definir aquellas cosas por las que vale la pena vivir y morir; un orden que debe establecer una verdadera jerarquía, diferenciar nuevas dignidades y, en la cumbre, entronizar la superior función del mando, del Imperium.

Así, a este respecto, van a desarraigarse muchas malas hierbas que han crecido también en nuestras filas. ¿Qué significa, si no, ese discurso del “Estado del Trabajo”, del “socialismo nacional”, del “humanismo del trabajo” y similares? ¿qué significan esas llamadas más o menos explícitas a una involución de la política dentro de la economía, recogiendo así una de esas tendencias problemáticas hacia un “corporativismo integral” y, en el fondo, acéfalo, que en el fascismo ya encontró, afortunadamente, el paso obstruido? ¿Qué es eso de considerar la formula de la “socialización” como una especie de fármaco universal y elevar la “idea social” a símbolo de una nueva civilización que, quién sabe cómo, debería estar más allá tanto del “Este” como del “Oeste”?

Éstos -es necesario reconocerlo- son puntos oscuros presentes en no pocos espíritus que, también, por otra parte, se encuentran en nuestro mismo frente. Con lo cual ellos piensan que se mantienen fieles a una consigna “revolucionaria”, mientras que en realidad obedecen sólo a sugestiones más fuertes que ellos mismos, de las que está saturado un ambiente político degradado. Y entre tales sugestiones se encuentra la misma “cuestión social”. ¿Cuándo se tomará conciencia de la verdad, es decir, de que el marxismo no ha surgido porque haya existido una cuestión social objetiva, sino que la cuestión social surge -en numerosísimos casos- sólo porque existe un marxismo, vale decir, artificialmente, y sin embargo, en términos casi siempre insolubles, por obra de los agitadores, de los famosos “excitadores de la conciencia de clase”, sobre los que Lenin se ha expresado muy claramente, puesto que ha refutado el carácter espontáneo de los movimientos revolucionarios proletarios?

Es partiendo de esta premisa desde donde se debería actuar, en el sentido antes mencionado de la desproletarización ideológica, de la desinfección de las partes aún sanas del pueblo del virus político socialista. Sólo entonces, una y otra reforma podrá ser estudiada y realizada sin peligro, según la verdadera justicia.

¿Como funcionan los bancos?

miércoles, 8 de junio de 2011

Crisis del capitalismo


Crisis del capitalismo

Eduardo García Serrano. 7 de abril.

Socialismo y comunismo buscan un objetivo ideal sin relación alguna con la realidad de las cosas, pues la igualdad completa no existirá jamás y menos a través de la supresión de la propiedad privada, porque la propiedad responde a uno de los más fuertes instintos del hombre. Por eso la igualdad social-comunista es una pesadilla que no tiene en cuenta la fuerza de las cosas ni el carácter de los hombres.

El capitalismo no es menos atroz ni menos injusto que el socialcomunismo. La crisis que estamos viviendo es la propia esencia del liberalcapitalismo provocada por sus especuladores ambiciosos y fieros que, desde sus tribunas políticas, económicas, periodísticas y financieras predican la jibarización del Estado con tanto éxito, por cierto, que desde el desmoronamiento de la Unión Soviética hemos admitido como indiscutible el fundamento del capitalismo, que es tan antiguo como el dinero que inventaron los fenicios.

Los liberales y los capitalistas que con su codicia han provocado la crisis económica y financiera que hoy padecemos ya comercializaban en la época grecorromana en la lonja de Delos, el mayor mercado de esclavos del Mediterráneo. En el Aventino se reunían en casa de Balbo, el banquero y financiero hispanorromanoque hacía acopio de trigo cuando los augures le soplaban que la cosecha iba a ser escasa.

Son los descendientes de los que vendieron, a buen precio y a mejor interés, los maderos y los clavos a Marco Licinio Craso para que crucificara en las cunetas de la Vía Apia a los seis mil insurrectos de Espartaco. Estaban en el Templo de Jerusalén cuando el Hijo de un carpintero judío los expulsó a latigazos. Pagaban de su bolsillo a las partidas de bandoleros que jalonaban la ruta de la seda y de las especias para encarecer el producto y venderlo a precios astronómicos en Europa. Se encastillaron en las fortalezas feudales y redujeron a los campesinos a la infamante condición de siervos de la gleba.

Durante la Revolución Francesa se tocaron con el gorro frigio y auparon al cadalso primero a la aristocracia para quedarse ellos con sus palacios y comprar lo único que el dinero no otorga: nobleza, y luego a los jacobinos para someter el poder político al poder económico.

De ese semen envenenado viene el liberal capitalismo que ha provocado la crisis que hoy padecemos y que ahora clama para que el Estado, en el que ellos no creen, intervenga un poquito y un ratito, socialice las pérdidas y socapa de salvar a los más débiles, o sea a la inmensa mayoría, les devuelva a ellos la libertad de volver a robarnos a todos.

La verdad llega siempre sin haber sido invitada, aunque cueste oírla entre el ruido de Wall Street. Y la verdad es que, en una crisis como esta, provocada por la codicia del capitalismo liberal, nuestra única esperanza es el Estado. La intervención del Estado, cuyo objetivo prioritario en las actuales circunstancias no es tanto conseguir la victoria sobre el capitalismo, como evitar la aniquilación económica y social de centenares de millones de desgraciados que iremos a la ruina si el Estado no embrida las salvajes leyes de la libertad de mercado en virtud de las cuales unos cuantos se hacen multimillonarios jugando en los casinos financieros con el dinero de todos.

Si el Estado no interviene no habrá sitio para tantas cruces, ni cruces para tantos cuerpos.

DIARIO YA

martes, 7 de junio de 2011

lunes, 6 de junio de 2011

Los indignantes indignados


De impaciencia creciente y estómago sensible, el abajo firmante confiesa no haber prestado demasiada atención a los sedicentes indignados que ocupan algunas calles españolas con una repercusión mediática nacional e internacional de la que nunca han gozado manifestaciones mucho más multitudinarias celebradas por variados motivos al parecer indignos de atención. Pero como acaba uno topándoselos por la calle o en los telediarios, la realidad acaba invadiéndolo todo por muchos filtros que se quiera interponer.


Lo primero que salta a la vista es el aspecto de la mayoría de los protagonistas, suficiente argumento para quienes todavía sigan libres de ese prejuicio que ordena no fiarse de las apariencias. «Seguiremos en la lucha aunque no nos queden balas, con la cabeza rapada o con la cresta levantada», dice uno de sus banderines de enganche.


Ahorrándonos maldades, una segunda evidencia asalta al viandante neutral en forma de carteles pretendidamente ocurrentes: «Si viene la policía, sacad las uvas y disimulad»; «Disculpen las molestias, pero esto es una revolución»; «Nuestros sueños no caben en vuestras urnas»; «Sueña lo que quieras soñar, ve donde quieras ir, sé lo que quieras ser» y mil pamplinas más plagiadas con medio siglo de retraso de aquellos pijos sesenteros cuyos furores revolucionarios se apagaron al echar el primer polvo y ganar el primer sueldo.


Pero sólo hacen falta treinta segundos de observación para empezar a comprender y a indignarse. Se dicen apolíticos –cosa absurda puesto que cualquier acción destinada a influir en la sociedad es política– pero sus propuestas de supresión de las fuerzas armadas, nacionalización de la banca o derecho a la autodeterminación de los pueblos, entre otras, evidencian su filiación ideológica izquierdista. ¿Por qué, entonces, no se afilian a cualquier partido de dicha tendencia, desde el PSOE hasta ETA-BILDU, y dejan de molestar a paseantes y comerciantes?


Se dicen apolíticos puesto que «esto no es política sino sentido común». Pero el que suscribe, que también aspira a que se le reconozca la posesión de una humilde pizca de ello, encuentra que el suyo difiere enormemente del sentido común del que aquéllos hacen gala, y no por ello se le ocurre pretender que el suyo sea universal.


Todas las propuestas de los indignados, sin excepción, obedecen escrupulosamente los mandamientos de la Santa Madre Iglesia de la Corrección Política, y sin embargo se tienen por el colmo de la transgresión, patente síntoma de la debilidad mental que caracteriza a nuestra logsizada juventud.


Se creen el arquetipo de la independencia, la espontaneidad, la libertad y la rebeldía cuando han tenido que esperar para organizar el guateque al toque de silbato de panfletos bochornosamente insulsos como el de Stéphane Hessel, ese creador privilegiado del mundo moderno, vencedor de la Segunda Guerra Mundial, sostenedor de toda corrección política e ideólogo de la ONU que, tras décadas pegando fuego ahora viene de bombero.


Critican la corrupción, incapacidad y deficiente formación de nuestros políticos, acertada observación a la que, sin embargo, han tardado demasiadas décadas en llegar. Pero como el acceso de tanto incapaz a las tareas rectoras es el resultado necesario del exceso de igualitarismo característico de las sociedades gobernadas por la voluntad mayoritaria de las masas, no hay peor remedio para dicha enfermedad igualitarista que las dosis mayores de igualitarismo que los indignados proponen.


Se indignan con la desmesurada casta política, a la que achacan el despilfarro y la ineficacia de las instituciones. Sin embargo, de sus labios no ha salido ni una sílaba de crítica al Estado de las Autonomías, principal causa del ineficaz despilfarro y gran momio de la casta criticada.


Atacan la desigualdad y los privilegios pero no han dicho ni pío contra los separatismos, principales defensores del neofeudalismo.


Se declaran depositarios de la soberanía nacional despreciando a millones de ciudadanos representados en el Parlamento, justificando cualquier golpismo y guardando atronador silencio sobre los separatismos, enemigos mortales de la soberanía nacional.


Condenan la violencia y la injusticia y miran para otro lado si se les recuerda el millar de vidas que aquí, delante de sus narices, se ha llevado por delante el terrorismo nacionalista vasco.


Proclaman su solidaridad con los pueblos oprimidos de cualquier Continente lejano mientras que, con infinita hipocresía y crueldad, ignoran a las miles de víctimas del terrorismo españolas.


Cuando el nefasto sistema educativo igualitario instaurado por González, Maravall y Rubalcaba les permitió ir pasando curso tras curso sin aprobar no se acordaron de exigir una educación de calidad, pero ahora se quejan –en sus pancartas no por casualidad sembradas de faltas de ortografía– de que sus currículos no les sirven de nada ni en España ni en el extranjero.


Como gobierna el partido que, por evidente afinidad ideológica, se apresuró a compartir sus reivindicaciones, echan la culpa al sistema, a la política, al mercado, a la sociedad, al mundo y a la Ley de la Gravedad.


Reclaman todo tipo de derechos laborales y salariales y exigen a los pérfidos empresarios que les faciliten el medio de vida que ellos son incapaces de construir. Menos a su vagancia e inutilidad, echan la culpa a todo de la dificultad de encontrar trabajo y se consideran titulares del derecho a ser amamantados por el Estado Mamá.


Creen que su generación es la más desdichada y la más digna de protección porque ni saben ni les importa que otras, sin ir más lejos la del baby boom de los 60, tuvieran que buscarse la vida a pesar de cifras de paro igualmente enormes y de graves crisis económicas y políticas; por no hablar de las anteriores, que consiguieron salir adelante a pesar de guerras, posguerras y emigraciones.


Se aprovechan de muchos cándidos que adoran a los jóvenes por el mero hecho de su juventud, cuando el problema de esa inmotivada adoración es que la mayoría de los adorados, tras su alegre revolucionarismo juvenil, se vuelve razonable cuando ya ha dejado mucho mal tras de sí.


Si éstos y sus propuestas –por llamarlas algo– son el germen de la España por venir, habrá que ir pensando seriamente en el exilio

Jesus Lainz
http://elblogdejesuslainz.blogspot.com/

domingo, 5 de junio de 2011

sábado, 4 de junio de 2011

Memoria Historica. Crisis del capitalismo


El fenómeno de la quiebra del capitalismo es universal. No es ésta la ocasión de que yo hable de él en sus caracteres técnicos. Ya hemos tenido sobre ello otras comunicaciones. Ante otros auditorios, en otras circunstancias, he hablado de esto más por menudo. Hoy, ante todos vosotros, sólo quiero fijar el valor de algunas palabras para que no os las deformen.

Cuando hablamos del capitalismo — ya lo sabéis todos — no hablamos de la propiedad. La propiedad privada es lo contrario del capitalismo; la propiedad es la proyección directa del hombre sobre sus cosas: es un atributo elemental humano. El capitalismo ha ido sustituyendo esta propiedad del hombre por la propiedad del capital, del instrumento técnico de dominación económica. El capitalismo, mediante la competencia terrible y desigual del capital grande contra la propiedad pequeña, ha ido anulando el artesanado, la pequeña industria, la pequeña agricultura: ha ido colocando todo — y va colocándolo cada vez más — en poder de los grandes trusts, de los grandes grupos bancarios. El capitalismo reduce el final a la misma situación de angustia, a la misma situación infrahumana del hombre desprendido de todos sus atributos, de todo el contenido de su existencia, a los patronos y a los obreros, a los trabajadores y a los empresarios. Y esto sí que quisiera que quedase bien grabado en la mente de todos; es hora ya de que no nos prestemos al equívoco de que se presente a los partidos obreros como partidos antipatronales o se presente a los grupos patronales como contrarios, como adversarios, en la lucha con los obreros. Los obreros, los empresarios, los técnicos, los organizadores, forman la trama total de la producción, y hay un sistema capitalista que con el crédito caro, que con los privilegios abusivos de accionistas y obligacionistas, se lleva, sin trabajar, la mejor parte de la producción, y hunde y empobrece por igual a los patronos, a los empresarios, a los organizadores y a los obreros.

Pensad a lo que ha venido a quedar reducido el hombre europeo por obra del capitalismo. Ya no tiene casa, ya no tiene patrimonio, ya no tiene individualidad, ya no tiene habilidad artesana, ya es un simple número de aglomeraciones. Hay por ahí demagogos de izquierda que hablan contra la propiedad feudal y dicen que los obreros viven como esclavos. Pues bien: nosotros, que no cultivamos ninguna demagogia, podemos decir que la propiedad feudal era mucho mejor que la propiedad capitalista y que los obreros están peor que los esclavos. La propiedad feudal imponía al señor, al tiempo que le daba derechos, una serie de cargas; tenía que atender a la defensa y aun a la manutención de sus súbditos. La propiedad capitalista es fría e implacable: en el mejor de los casos, no cobra la renta, pero se desentiende del destino de los sometidos. Y en cuanto a los esclavos, éstos eran un elemento patrimonial en la fortuna del señor; el señor tenía que cuidar de que el esclavo no se muriese, porque el esclavo le costaba el dinero, como una máquina, como un caballo, mientras que ahora se muere un obrero y saben los grandes señores de la industria capitalista que tienen cientos de miles de famélicos esperando a la puerta para sustituirle.

Una figura, en parte torva y en parte atrayente, la figura de Carlos Marx, vaticinó todo este espectáculo a que estamos asistiendo, de la crisis del capitalismo. Ahora todos nos hablan por ahí de si son marxistas o si son antimarxistas. Yo os pregunto, con ese rigor de examen de conciencia que estoy comunicando a mis palabras: ¿Qué quiere decir el ser antimarxista? ¿Quiere decir que no apetece el cumplimiento de las previsiones de Marx? Entonces estamos todos de acuerdo. ¿Quiere decir que se equivocó Marx en sus previsiones? Entonces los que se equivocan son los que le achacan ese error.

Las previsiones de Marx se vienen cumpliendo más o menos de prisa, pero implacablemente. Se va a la concentración de capitales; se va a la proletarización de las masas, y se va, como final de todo, a la revolución social, que tendrá un durísimo período de dictadura comunista. Y esta dictadura comunista tiene que horrorizarnos a nosotros, europeos, occidentales, cristianos, porque ésta sí que es la terrible negación del hombre; esto sí que es la asunción del hombre en una inmensa masa amorfa, donde se pierde la individualidad, donde se diluye la vestidura corpórea de cada alma individual y eterna. Notad bien que por eso somos antimarxistas; que somos antimarxistas porque nos horroriza, como horroriza a todo occidental, a todo cristiano, a todo europeo, patrono o proletario, esto de ser como un animal inferior en un hormiguero. Y nos horroriza porque sabemos algo de ello por el capitalismo; también el capitalismo es internacional y materialista. Por eso no queremos ni lo uno ni lo otro; por eso queremos evitar — porque creemos en su aserto — el cumplimiento de las profecías de Carlos Marx. Pero lo queremos resueltamente; no lo queremos como esos partidos antimarxistas que andan por ahí y creen que el cumplimiento inexorable de unas leyes económicas e históricas se atenúa diciendo a los obreros unas buenas palabras y mandándoles unos abriguitos de punto para sus niños.

Si se tiene la seria voluntad de impedir que lleguen los resultados previstos en el vaticinio marxista, no hay más remedio que desmontar el armatoste cuyo funcionamiento lleva implacablemente a esas consecuencias: desmontar el armatoste capitalista que conduce a la revolución social, a la dictadura rusa. Desmontarlo, pero ¿para sustituirlo con qué?

Mañana, pasado, dentro de cien años, nos seguirán diciendo los idiotas: queréis desmontarlo para sustituirlo por otro Estado absorbente, anulador de la individualidad. Para sacar esta consecuencia, ¿íbamos nosotros a tomar el trabajo de perseguir los últimos efectos del capitalismo y del marxismo hasta la anulación del hombre? Si hemos llegado hasta ahí y si queremos evitar eso, la construcción de un orden nuevo la tenemos que empezar por el hombre, por el individuo, como occidentales, como españoles y como cristianos; tenemos que empezar por el hombre y pasar por sus unidades orgánicas, y así subiremos del hombre a la familia, y de la familia al Municipio y, por otra parte, al Sindicato, y culminaremos en el Estado, que será la armonía de todo. De tal manera, en esta concepción político-histórico-moral con que nosotros contemplamos el mundo, tenemos implícita la solución económica; desmontaremos el aparato económico de la propiedad capitalista que absorbe todos los beneficios, para sustituirlo por la propiedad individual, por la propiedad familiar, por la propiedad comunal y por la propiedad sindical.

viernes, 3 de junio de 2011

Resistencia Ciudadana


Crece la impresión de que el país anda cabeza abajo: criminales protegidos, leyes inútiles, mayorías heridas en beneficio de minorías… Pero la resistencia ciudadana ya es una realidad.

Están pasando cosas gravísimas y con un punto grotesco, alucinante, como en una de esas pesadillas que nos asaltan tras una digestión gruesa. La sensación de que todo se rompe viene extendiéndose de manera imparable. Las conciencias más sensibles lo perciben con agudeza dolorosa; otros muchos prefieren entumecerse la conciencia con televisión y consumo, para no sentir. A fin de cuentas, a Zapatero habrá que reconocerle el mérito de haber hecho patente lo latente, de haber levantado el telón sobre el cáncer que venía corroyéndonos en secreto, de habernos dado a todos el empujón final: disolver la nación bajo la presión separatista, reducir la Constitución a una parodia de ley, invertir los criterios morales generalmente aceptados, transformar la educación en estabulación de masas, resucitar lo peor que tenemos detrás por incapacidad de mirar hacia delante, sustituir la cultura por la farándula, qué sé yo; cosas que venían pasando desde mucho tiempo atrás, pero que sólo ahora se han manifestado con total crudeza. Y uno puede vivir con una grieta en el techo, pero las cosas se complican cuando la techumbre cede y constatas que te has quedado a la intemperie.¿Alucinación catastrofista? Pues no, mire, oiga. Estamos en un país donde, por ejemplo, no puedes fumar en ningún lado, pero puedes abortar a barra libre. Si echas por ahí el humo que te ensucia los pulmones, eres poco menos que un criminal; pero si arrojas al cubo de la basura los cadáveres desmembrados de fetos de siete meses, te protege la ley. La contraposición parece demagógica, ¿verdad? Lo terrible es que es real como la vida misma.

Estamos en una sociedad extraordinariamente restrictiva en mil cosas, pero asombrosamente indulgente con otras que, sin embargo, son muchísimo más graves. Extiéndase la misma contradicción a cuantos terrenos se desee, desde la rendición ante el chantaje de un criminal hasta la subvención de pornografía antirreligiosa. Es obvio que aquí hay algo que funciona mal: cuando una sociedad persigue menudencias pero tolera crímenes, cuando extrema la ley para ciertos asuntos de rango menor pero la anula para otros de gran fuste -cuando eso ocurre, estamos ya enfangados en la ciénaga de la injusticia, en un mundo puesto del revés, en un lugar donde sólo cabe huir o resistir (para pasar a la ofensiva).

Ojo, que aquí no estamos hablando de una batalla de carácter confesional.

Por ejemplo, que la comunidad autónoma de Madrid permita abortar niños de siete meses no es algo que afecte únicamente a ciudadanos católicos con un especial grado de conciencia sobre la vida nonata, sino que nos concierne a todos, a cualquiera que aún no haya perdido el sentido natural de lo que vale una vida. También por ejemplo, que un Gobierno de alucinados sectarios pretenda determinar la formación moral de los alumnos no es algo que deba incomodar sólo a quienes no comparten la ética zapateriana, sino que tiene que despertar la resistencia de cualquier ciudadano celoso de su libertad; porque aquí el problema no es qué doctrinas quieran meter en la cabeza de los críos, sino que lo grave está en que alguien ose invadir terrenos que deben permanecer bajo la radical soberanía de las personas. Este tipo de desafíos va incluso más allá de la fe; alcanzan también a quien no la tiene.

Y así sucesivamente.

Aviso para navegantes: podemos desesperar tranquilamente -o sea,

trágicamente- de la capacidad de nuestro sistema para regenerarse. Hace falta una fe infinita para pensar que esta gente que nos gobierna -políticos, financieros, tiburones mediáticos- va a limpiar la habitación que ella misma ha ensuciado. ¿No veis cómo se revuelven, histéricos, ante el menor síntoma de resistencia, ya se trate de unas banderas españolas al viento o de una protesta ciudadana en defensa de un belén? Levantan la voz trémula -pero acostumbrada a mandar- y arrojan el grito de alarma: “Fascistas”, “franquistas” y demás repertorio de lo políticamente correcto.

¡Tantos años con esa gaita! No nos damos cuenta de lo que mandan estos señores hasta que nos topamos con el guardia de la porra. Entonces vemos que, en realidad, no nos enfrentamos con una oligarquía, con un partido, ni siquiera con una corriente social, sino que es un sistema entero el que nos amenaza: una democracia de ficción, unos partidos encerrados sobre sí mismos, un caciquismo de la prensa o de la Administración o del dinero (¡o de los tribunales!) cuya supervivencia depende de que se mantenga intacto el orden de las cosas -y, sobre todo, de que la “mayoría silenciosa” siga en silencio.

Pero si nuestro sistema no puede regenerarse ya, porque está podrido, sin embargo la gente, la sociedad, sí puede limpiar el suelo. Hay cosas que no tienen pase. Y en ese sentido, en los últimos meses empiezan a aparecer signos verdaderamente esperanzadores. Es esperanzador, por ejemplo, que los ciudadanos salgan a la calle sublevados por el “escándalo De Juana”, que la gente redescubra sus banderas, que los padres de familia se planteen la objeción de conciencia ante la asignatura de “educación para la ciudadanía”.

¿Echamos la vista atrás? Todo esto empezó como manifestación de malestar y pronto se convirtió en señal de resistencia. La Boca Caliente profiere advertencias contra la estrategia del PP. No, Pepiño, no: ¡ya quisiera el PP! Lo que se está moviendo aquí es algo mucho más profundo. La irresponsabilidad de un Gobierno muy mediocre ha despertado la resistencia de los ciudadanos. No hay más secreto que ése. La ola no la mueve Rajoy: es una parte importante de la ciudadanía quien la empuja; el PP sólo surfea. Y si la ola no se deshace, también la derecha política tendrá que dar cuentas de sus responsabilidades -de sus complicidades.

Hace unos meses apelábamos a la resistencia. Ya está aquí: es eso que estamos viendo en la calle. Pero el baile no ha hecho más que empezar.

Publicado por José Javier Esparza el 26-03-2007 en www.elsemanaldigital.com

miércoles, 1 de junio de 2011

Para acabar con Mayo del 68 (instrucciones de uso)




La Europa del 68 aún vivía bajo la sombra de la generación que hizo la guerra. Quizás había que desplazarla. La sustituyó la generación de Mayo del 68, que ha venido mandando hasta hoy. Hoy tenemos que desplazarla.

Mayo del 68. No es sólo París, los adoquines, los CSR, De Gaulle que se va, todos esos recuerdos en blanco y negro de un simulacro de revolución pequeño-burguesa. El 68 es bastante más, algo antes y mucho después de esa fecha. Es el despiporre californiano de Berkeley, la fascinación de los jovencitos ricos por el Ché Guevara, la transformación del cristianismo en asamblea del “camarada carpintero”; es la adoración sin límites (ni crítica) por los “condenados de la tierra”, la reivindicación de lo horizontal contra lo vertical, la demonización de cualquier autoridad como “fascista”; es la transformación de lo privado -la sexualidad, por ejemplo- en materia de derechos públicos, es el rencor hacia la propia identidad, es la búsqueda de paraísos artificiales en la droga o en la contracultura o en la evasión espiritual; es la degeneración de la moral en sentimentalismo, la certidumbre paralizante de que todo es relativo, el nihilismo pasivo de la indiferencia; es la expulsión de la norma fuera de la Ciudad, la apoteosis del individuo como regla única de validez universal, y la ceguera ante cualquier realidad conflictiva, y al mismo tiempo la transformación de la lucha de clases en modelo apto para todo (lucha de generaciones, lucha de sexos, lucha de…), y también la Gran Negación: negación de lo bueno como valor, de lo bello como valor, de lo justo como valor. Y después, la metamorfosis de los viejos revoltosos en progresistas gentes de dinero, la petrificación del desorden establecido, el fin de lo político, el repliegue sobre sí mismo, el imperio del mercado y el consumo, de la pequeña satisfacción individual sobre cualquier apuesta colectiva.Todo eso es, en realidad, Mayo del 68. Nosotros somos Mayo del 68 -bien a nuestro pesar.

¿Acabar con Mayo del 68, dice Sarkozy? Oh, sí: perentoriamente, cuanto antes, incluso brutalmente; empujar este monigote de la Gran Parálisis de Europa con ferocidad y ruido, entre carcajadas joviales, a golpes de espada y maza, al son de himnos venidos del fondo de los tiempos. Pero sabiendo de antemano que el monigote caerá sobre nuestras cabezas. Es la imagen de Sansón moviendo las columnas del templo: lo que da fuerza a la estampa es la certidumbre de que el templo aplastará a Sansón. Así nosotros, hoy, ante Mayo del 68: también caerá sobre nuestras frentes -eso sí: altivas.

¿Acabar con el 68? Sea. Entonces habrá que organizar las cosas de otro modo.

Habrá que pensar que la finalidad del individuo no es “gozar sin trabas”, sino ponerse al servicio de algo que le trascienda, incluso si eso implica gozar menos. Habrá que dejar de decir “haz el amor y no la guerra”; ahora habrá que estar preparados para hacer el amor y también la guerra. Habrá que aprender de nuevo a ver el mundo en vertical, a ensalzar el valor de lo bueno, lo bello y lo justo. Habrá que rescatar la idea de mérito y dar a cada cual lo que merezca, y juzgar que es bueno que así sea. Habrá que enseñar a la gente a amar a su patria y a guardar su identidad histórica.Habrá…

Habrá que darle a nuestro mundo la vuelta como a un calcetín.

(Entre usted y yo: no creo que Sarkozy tenga realmente intención de hacer todas estas cosas. Pero a veces en la Historia ocurre que alguien tira una piedra al agua tranquila, la piedra agita un fondo desconocido, el fondo se mueve y transmite su agitación río abajo y, allí, un remanso hierve súbitamente en violenta espuma, y ya no importa ni el agua ni la piedra ni el remanso, sino sólo la fuerza que casi por azar se ha puesto en movimiento. ¿Quién sabe?).

2007 el manifiesto