viernes, 20 de mayo de 2011

España y Roma XI


Si los cristianos vieron en Séneca un evangélico, ¿qué vieron luego los renacentistas y los criticistas –Petrarca, Erasmo, Montaigne, Kant– para exaltarle a un puesto magno de precursor? Vieron la otra vertiente senequista. La puramente pagana: la humanista. De ahí que pueda afirmarse, con la misma razón, que del cristianismo, que Séneca fue un antecedente imprescindible del humanismo en el Renacimiento.

El renacer del neo-estoicismo durante el siglo XVI, fue ya estudiado por L. Zanta.

Pero ese renacer tenía fuentes anteriores a ese siglo. Ya Averroes, en la España del siglo XIII –otro cordobés– niega la recompensa ultraterrena para el hombre justo. Era la idea axial de Séneca en lo que se refería a un ultramundo, a la inmortalidad del alma y a la existencia de Dios. Era el clásico «materialismo» senequista, como hubiera dicho un descendiente de esa teoría: Carlos Marx.

Para el Séneca humanista, pagano y revolucionario, el Hombre era él centro del cosmos. Y la Razón, un principio autónomo. La Razón era el instrumento único para combatir esos grandes enemigos del hombre que se llaman las pasiones: «movimientos absurdos, alógicos, irracionales y contra la naturaleza del alma.» El Hombre que lograba mediante el ejercicio de la Virtud, de la Razón, combatir esos enemigos, alcanzaba el sumo grado beato de felicidad: la apatía, la impasibilidad. Ese hombre, era el Sabio.

El Mundo para este Séneca racionalista, que predica la autonomía de la moral, era un orden fatal, al que había que adecuarse. Seguir el Sino, la Naturaleza: sequere naturam. Ese sino englobaba a los hombres y a los dioses con igual fuerza. Existía una predestinación. Por eso el luteranismo se alzó con esa teoría.

El premio de la virtud en sólo la virtud consiste. Y ese fue el secreto de la concepción Kantiana de la Moral. El secreto de Séneca. Y el que quiso adivinar Petrarca en su «De remediis utriusque fortunae» que tanto influiría en todos los Renacimientos europeos, singularmente en el español. Pero realizar en la vida humana la felicidad por medio de la virtud era una quimera. De ahí las flaquezas de todos «los humanistas» que les conducía, como le condujeron a Séneca, a la atmósfera típica de esa concepción vital: el pesimismo. Y el suicidio.

Séneca no se suicidó voluntariamente. Le suicidó Nerón. Pero él se abrió las venas con la misma impasibilidad –impasibilidad o rencor endemoniado– con que Sócrates bebiera la cicuta.

El suicidio era la máxima libertad del hombre: la de poder quitarse la vida voluntariamente. Y como todo lo que era voluntario era honestus, el suicidio resultaba algo decente. Por eso Séneca se pondría siempre de moda en las épocas de suicidios literarios. En la época de La Celestina y de la Cárcel de Amor. En la época kantiana del Werther. Y luego en la schopenhaueriana de Figaro y Ganivet y del Andrés del Arbol de la Ciencia barojiano.

¡La libertad! «Nada es honesto cuando se hace por acción, contra el propio querer. Todo lo honesto es voluntario», había dicho Séneca. ¿No estaba ahí toda la doctrina del individualismo contra un Estado coactivo, contra una religión dogmática? ¿No estaba ahí Erasmo, y luego Voltaire? ¿No estaba ahí, en esa preformación del sabio, todo el superhombre de Nietzsche?

El hombre podía identificarse con Dios. He ahí el gran secreto milenario del genio de Occidente, que Séneca interpretó con su Sabio. El satanismo de Adán, de Prometeo, de Sócrates, de Fausto: El Hombre sobre Dios.

En España –ese Séneca– alboreó, a finales del siglo XV, suscitado por el humanismo petrarquesco e italiano, bajo la Corte de Juan II. Ya en 1482 se interpretaban los Proverbios de Séneca como hizo Díaz de Toledo.

En el año de 1491 tradujo a Séneca el obispo Alonso de Cartagena, de origen judío por cierto. «Cinco libros de L. A. Séneca.» Y tuvo tres ediciones más esa traducción: 1510 (Toledo), 1530 (Alcalá) y 1551 (Amberes).

Sus Epístolas aparecieron en cuatro ediciones sucesivas de 1502, 1510, 1529 y 1551. Y una antología senequista que fue muy leída por los españoles fue la de «Las Flores», traducidas por el erasmista Juan Martín Cordero (1555). Y el Pinciano escribe sus famosas «Castigationes» senequistas en 1536.

Las traducciones y comentarios sobre Séneca abundaron durante todo el siglo XVII. Se atribuye sentido senequista a Cervantes, a Mateo Alemán, a Calderón, a Quevedo, a muchos de nuestros místicos. Y en el XIX resucita con cierta originalidad y gracia, en el «Idearium», de Angel Ganivet. «Cuando yo, siendo estudiante, leí las obras de Séneca me quedé aturdido y asombrado, como quien perdida la vista y el oído, los recobrara repentina e inesperadamente» dice Ganivet en ese libro. «Yo soy entusiasta admirador de Séneca», afirma en «El porvenir de España». El suicidio de Séneca le da motivo para algunas humoradas sobre la sangría suelta, en el agua, como medicina. Pero le da otro motivo mucho más serio: el de suicidarse en las aguas del Vilna.

Recientemente, con el triunfo del «liberalismo» más completo de la historia española en el Gobierno republicano de Azaña (1931-1933), la vuelta a Séneca se ha reproducido, como buscando un apoyo humanista, anticristiano. La representación de la tragedia «Medea», traducida por Unamuno, en el anfiteatro romano de Mérida y ante el Palacio Real de Madrid, ha sido muy significativa. «Medea» era el rencor que incendia palacios, templos, que asesina y embruja con tenacidad inextinguible, como una ménade o una fuerza natural. Es decir: un poco, como la España pagana, laica, bárbara anticatólica, que Azaña soñó con instaurar.

No hay comentarios: