sábado, 14 de mayo de 2011

España y Roma VIII



¿Qué representó Séneca para Roma? ¿Y Roma para Séneca? No quiero referirme sólo con esto a la opinión que los romanos tuviesen de Séneca o Séneca de Roma. {(1) En algunas de sus obras, Séneca alude concretamente a su estimación de Roma: «Una ciudad es que, sin duda alguna, puede considerarse como la mayor y más hermosa del mundo.» «De ella puede afirmarse que es universal y que puede pasar revista a todas las otras ciudades» (Consolación a Helvia, VI). A Séneca se debe la definición del mundo antiguo: el mundo antiguo llegaba hasta donde «romana pax desinit». Hasta donde Roma llegaba.}

Yo quiero al decir esto pensar en que no se ha visto todavía con claridad y exactitud –por nadie– lo que estos españoles antiguos a lo Trajano y Séneca, representaron para Roma.

Y es algo tan evidente y alucinante, que se me escapa de la pluma y de la boca el poderlo blandir.

Trajano y Séneca, en el mundo antiguo romano, representaron lo mismo que Carlos V y Loyola en el mundo católico romano, y quizá lo mismo de otras figuras incógnitas aún, que habrán de aparecer a su tiempo en el mundo social romano, que ahora se desarrolla.

Representaron los españoles ante Roma –pagana y cristiana– el «sentido máximo de catolicidad». «El supremo esfuerzo de la universalidad», cuando Roma comenzaba a perecer en su clasicismo nacionalista y en su estrictez católica.

Séneca, para Roma antigua, fue algo así como Loyola en la Roma cristiana. Los que la levantan en vilo, como titanes, y la muestran al orbe, cuando el orbe se iba fatigando de contemplar la urbe sacra, cuando el mundo comenzaba a mirar al Oriente evangélico y luego al Occidente luterano.

No es un azar que Séneca surja en Roma, en la llamada «edad de plata». Loyola, al final del Renacimiento, en el «barroco».

Es decir: cuando las cumbres romanas encanecían de nieves invernales. Cuando la vejez se aproximaba, y, con la vejez, la muerte.

* * *

Tengo mucho ansia por escribir alguna vez todo un libro sobre nuestro Séneca. Ese libro, que ya debiera existir en una España que tuviera conciencia de su hispanidad. Me ensayé hace años con una pequeña tesis para un examen de Filosofía. Luego, siempre que he podido, he vuelto a Séneca, lleno de una atracción en la que se mezclan el entusiasmo y la antipatía.

Para mí Séneca es una de esas figuras españolas que yo he llamado verticilares. Que son como vértices. Es decir: cimas donde se biselan dos vertientes: una que asciende, y otra que declina. Ese siglo verticilar me parece el más característico de los grandes representantes del espíritu español. Lo es Séneca en el mundo antiguo. Un Arcipreste de Hita o un Alfonso X en el Medieval. La Celestina, en el Renacimiento. Cervantes en nuestra edad áurea. Quevedo en el Barroco. Goya y Jovellanos en el siglo XVIII. Larra, Ganivet, en el XIX. Hoy, un Unamuno.

Séneca llega a Roma, como llegaron los otros españoles de la época: en calidad provincial: a educarse. Es decir, con un sustrato bárbaro, de lejanías deformadas y ruralidades subconscientes. Con ese sentimiento concentrado luego falsamente llamado «complejo de inferioridad», del que arrancan siempre, como explosiones, los ímpetus, lo revolucionario. La timidez desbordada en ímpetus, es lo que suele caracterizar al provinciano con talento. Hoy a Trajano, a Séneca, se les hubiese denominado arribistas. Y es que comportaban el impulso fresco, virgen, de su natividad bárbara, a un mundo demasiado capitalicio ya, y fatigado. Demasiado batido y peinado por una cultura ciudadana. Lo esencial en Séneca no fue su sabiduría. Sino su barbarie. Esto, que puede sonar a paradoja, es una gran verdad. Yo entiendo por barbarie de Séneca la aportación que hizo de un espíritu contrario y subversivo al imperante en la civilización normativa de Roma.

Séneca, que pasa por uno de los ejemplares más perfectos del hombre romano antiguo, no lo fue más que a medias. Y en la parte más externa y superficial.

A mí Séneca me recuerda esos rusos de tipo Dostoyewski que usan la cultura de la época con ademanes correctos, ordinarios, confundibles con los de cualquier otro hombre de la calle. Pero que al usar de ella, la abusan, al abrazarla, la estrangulan. La túnica de Séneca no era diferente de las túnicas que cruzaban por el foro o que aparecían en los escenarios plautinos. Como la chaqueta de Dostoyewski se confundía en París o Berlín, con las de los transeúntes más vulgares y de todos los días. Y, sin embargo, Dostoyewski, con sus novelas imitadas de originales europeos, preparó la revolución bolchevique, la ruina de Occidente. Y Séneca, con sus filosofías imitadas de Grecia, preparó el Cristianismo, la ruina del imperio cesáreo

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