lunes, 2 de mayo de 2011

España y Roma IV


Roma y la España antigua
Ernesto Giménez Caballero
F. E.
Madrid, 18 de enero de 1934


Hispania

El primer sentido unitario, coherente y participador del mundo civilizado, sabemos que España lo recibe de Roma. La historia auténtica de España comienza en su contacto con lo romano.

Hasta la llegada de la cultura de Roma a España, nuestro país, más que historia tuvo prehistoria en el sentido de que su vida fue tribal, de islotes, étnicos y antagónicos, con invasiones parciales, pasajeras y poco profundas de otros pueblos.

España, puede decirse que aparece ante el mundo antiguo en el siglo III antes de Cristo. Cuando los Escipiones vienen a contender con los africanos cartagineses en el levante ibérico. (Primera lucha de lo romano contra lo oriental, desarrollada en nuestra patria.) La España anterior a esa fecha fue la legendaria Iberia, de vagos nombres sin límites: Estrinusis, Ofiusa, Tarsis...

En el Paleolítico inferior, España es Africa: el norte africano y el sur hispánico forman como un bloque y un conjunto.

En el Paleolítico superior, invasiones nórdicas por la ruta pirenaica escinden nuestra península en compartimentos plurirraciales.

En el Neolítico, se forman los primeros núcleos de pueblos sin gran nexo entre sí, dependientes cada uno de diversos círculos culturales y prehistóricos.

Durante la Edad del Bronce España es una especie de América virgen en el mundo antiguo: es el Eldorado de la minería, de los males preciosos: Almería, Huelva, Algarve, Asturias, son como potosíes que atraen al mundo mediterráneo. Y que provocan –en la Edad del Hierro– las invasiones de fenicios, griegos y cartagineses. España fue para esos emigrantes rapaces en busca del cobro y de la plata lo que California sería para el oro, o Méjico para el petróleo. Las huellas de lo fenicio, lo griego y lo cartaginés en nuestro país fueron de factorías. Si entonces, además de monedas y algunos objetos culturales, hubiesen existido latas de conservas y de gasolina, y utensilios mecánicos de explotación, es lo que encontraríamos hoy entre las ruinas de los establecimientos cartagineses, griegos y fenicios, por el breve litoral hispánico que explotaron. España fue, para ellos, una explotación: un litoral con hinterland, donde hacer fortuna y regresar a sus pueblos como indianos.

* * *

El nombre de España se lo debemos. a Roma: Hispania (España). El nombre y el primer sentido nacional. Si puede llamarse así ese instinto de independencia «nativa», frente al invasor que ya se había iniciado contra el cartaginés en Sagunto y que se desarrollaría enérgicamente en las primeras etapas de la colonización romana entre nosotros. Sabido es lo que el término de «Numancia» significa en la historia de España: el primer grito de personalidad colectiva, la primera efeméride nacionalista. Así como Viriato: el primer insurgente o guerrillero nacional.

Andando el tiempo, Napoleón, heredero del sentido romano en el mundo del siglo XIX –nuevo César– encontraría en una Zaragoza y en un Empecinado, las herencias numantinas y viriateñas de España.

El contacto de España con lo romano fue un contacto más que al principio. Roma acude a España a proseguir sus luchas particulares contra el cartaginés: a arrebatarle sus factorías ibéricas y a explotarlas. Pero después Roma se funde a España: la funda, la crea. Roma es la paternidad de España.

Se diría que Roma llegó como para abusar de la pobre, bella, indefensa España. Pero que terminó por unirse a ella en sacro matrimonio. Por eso dieron hijos al mundo, que honraron sus bodas, universalmente.

César –el divino César– fatigó a España con sus correrías personales, en pos de la hermosa Andalucía. Como luego Mañara, también procedente de Italia, en el Renacimiento, las diaria con sus aventuras.

Pero España salió, al fin, triunfante de César, y don Juan salió inmortal.

España se puebla de fecundidad romana. España se matroniza. Y alcanza: unidad, sentido, alma, nombre, sucesión: Hispania.

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