miércoles, 13 de abril de 2011

¿Por qué no existe una cultura de «Derecha»?



Uno de los temas más recurrentes en nuestras publicaciones y en las conversaciones de nuestro ambiente es la condena del encuadramiento masivo a la izquierda de la cultura italiana . Esta condena se realiza en un tono en parte dolorido, en parte sorprendido, como si fuese algo contra natura que la cultura se encuentre actualmente encuadrada en aquel vector mientras a la derecha aparece un vacío casi completo.

Habitualmente se intenta explicar este estado de cosas mediante explicaciones baratas, ese tipo de explicaciones que sirven para tranquilizarse a uno mismo y permiten mantenerse en el aspecto más superficial de las cosas.

Se dice, por ejemplo, que la cultura está a la izquierda porque es allí donde encuentra más dinero, de editoriales, de medios de propaganda. Y también se afirma que si el viento cambiase muchos «comprometidos con la izquierda» revisarían su engagément.

En todo esto hay parte de razón. Una cultura o, mejor, el punto de partida del que tiene necesidad una cultura son también organización, dinero y propaganda. Resulta indudable que el aplastante predominio de las ediciones de orientación marxista, del cine social‑comunísta, invita al engagément también a muchos que en un ambiente diferente habrían permanecido neutrales.

Sin embargo, esto no debe hacer olvidar la verdadera causa del predominio de la hegemonía ideológica de la izquierda. Ésta reside en el hecho de que allí, en la izquierda, existen las condiciones para una cultura, existe una concepción unitaria de la vida, materialista, democrática, humanitaria, progresista. Esta visión del mundo y de la vida puede asumir diferentes matices, puede tornarse radicalismo y comunismo, neo‑iluminismo o «cientifismo» de carácter psicoanalítico, marxismo militante y cristianismo positivo de naturaleza «social». Pero siempre nos encontramos frente a una visión unitaria del mundo, de los fines de la historia y de la sociedad.

De esta concepción común surge una masiva producción ensayística, histórica y literaria que puede ser mezquina y decadente pero que posee una lógica y una íntima coherencia propias. Esta lógica, esta coherencia ejercen una fascinación creciente sobre las personas cultas. No es ningún misterio para nadie que un gran número de docentes medios y universitario es marxista y que el proceso de extensión del marxismo entre el cuerpo de profesionales de la enseñanza se verifica con una impresionante rapidez. Y entre los jóvenes que tienen el hábito de leer, las posiciones de izquierda ganan terreno de forma evidente.

En el ámbito de la derecha no se produce nada semejante. Aquí se vaga en una atmósfera deprimente, hecha de conservadurismo de andar por casa y respetabilidad burguesa. Se pueden leer artículos en los que se solicita que la cultura tenga más en cuenta los «valores patrióticos» o de la «moral», todo en medio de una pintoresca confusión de ideas y de lenguaje.

A la izquierda se sabe perfectamente qué es lo que se quiere. Ya se hable de la nacionalización del sector eléctrico o del urbanístico, de las historia de Italia o del psicoanálisis, siempre se trabaja para un fin determinado, para la difusión de una determinada mentalidad, de una cierta concepción de la vida.

A la derecha se anda a tientas en la incertidumbre y en la imprecisión ideológica. Se es «patriótico‑resurgimental» y se ignoran los aspectos oscuros, democráticos y masónicos que coexistieron en el Resurgimiento con la idea unitaria. O bien se apuesta por un «liberalismo nacional» y se olvida que el mercantilismo y el nacionalismo liberales han contribuido de manera importante a la destrucción del orden europeo. O, incluso, se habla de Estado nacional del trabajo y se olvida que, desdichadamente, ya tenemos una república italiana fundada sobre el «trabajo» y que reducir a estos términos nuestra alternativa significa simplemente rebajarnos al nivel de socialdemócratas accesorios.

Quizás las personas cultas no sean menos en número a derecha que a izquierda. Si se considera que la mayor parte de electorado de derecha es burgués, se debería deducir que entre ellos son abundantes las personas que hayan realizado estudios superiores y deberían haber contraído un cierto «hábito de lectura».

Sin embargo, mientras el hombre de izquierda dispone también de los elementos de una cultura de izquierda y lee a Marx, Freud, Salvemini, el hombre de derecha difícilmente posee una conciencia cultural de «Derecha». No sospecha la importancia de un Nietzsche en la crítica a la civilización, jamás ha leído una novela de jünger o de Drieu la Rochelle, desconoce la Decadencia de Occidente de Spengler y no duda en absoluto que la Revolución francesa haya constituido una página insigne en la historia del progreso humano. Mientras se mantiene en el ámbito de la cultura es un bravo liberal, sólo, tal vez, un poco nacionalista y patriota.

Únicamente cuando empieza a hablar de política se diferencia: Opina que Mussolini (En España Franco) era un hombre honesto y no quería la guerra y que las películas de Passolini son «obscenas».

No hace falta demasiado para darse cuenta de que a la derecha no existe una cultura porque no existe una verdadera idea de la «Derecha», una visión del mundo cualitativa, aristocrática, agonística, antidemocrática; una visión coherente por encima de ciertos intereses, de ciertas nostalgias y de ciertas oleografías políticas.

¿Qué significa ser de «Derecha»?

Con estas afirmaciones, que como todas las afirmaciones verídicas, escandalizarán a más de uno, creemos haber puesto el dedo sobre la llaga.

¿Qué debería significar en verdad «ser de Derecha»?

Ser de «Derecha» significa, en primer lugar, reconocer el carácter subversivo de los movimientos nacidos de la Revolución francesa, ya sean éstos el liberalismo, la democracia o el socialismo.

Ser de «Derecha» significa, en segundo lugar, comprender la naturaleza decadente de los mitos racionalistas, progresistas y materialistas que preparan la llegada de la civilización plebeya, el reino de la cantidad y la tiranía de las masas anónimas y monstruosas.

Ser de «Derecha» significa, en tercer lugar, concebir el Estado como una totalidad orgánica donde los valores políticos dominen sobre las estructuras económicas y donde el dicho «a cada uno según su valía» no significa igualdad, sino una equitativa desigualdad cualitativa.

En fin, ser de «Derecha» significa aceptar como propia aquella espiritualidad aristocrática, religiosa y guerrera que ha caracterizado en sí a la civilización europea y aceptar, en nombre de esta espiritualidad y sus valores, la lucha contra la decadencia de Europa.

Resulta interesante ver en qué medida esta conciencia de «Derecha» ha aflorado en le pensamiento europeo contemporáneo. Existe una tradición antidemocrática que recorre todo el siglo XIX y que en sus formulaciones del primer decenio del XX prepara muy de cerca el fascismo. Podría hacerse comenzar esta tradición con las Reflexions on the revolution in France en las que Burke, por primera vez, desenmascaraba la trágica farsa jacobina y advertía que «ningún país puede sobrevivir durante mucho tiempo sin un cuerpo aristocrático de una clase u otra».

A continuación esta línea argumentativa intentó sostener la Restauración con los escritos de los románticos alemanes y los reaccionarios franceses.

Piénsese en los aforismos de Novalis, con su reaccionarismo chispeante de novedad y revolución («Burke hat ein revolutionäres Buch gegen die Revolution geschrieben»), o en las sugestivas y proféticas anticipaciones: Ein grosses FehIer unserer Staaten ist, dass man den Staat zu wenig sieht... Liessen sich nicht Abzeichen und Uniformen durchaus einführen? Piénsese en un Adam Müller y su polémica contra el atomismo liberal de Adam Smith y la contraposición de una economía nacional a la economía liberal. En un Gentz, consejero de Metternich y secretario del congreso de Viena, en un Görres, en un Baader o en el mismo Schelling. junto a ellos está Federico Schlegel con sus múltiples intereses, la revista Europa, manifiesto de la reacción europea, la exaltación del Medioevo, los primeros estudios sobre los orígenes indoeuropeos, la polémica con los liberales italianos sobre el patriotismo de Dante, patriota del Imperio y no micro‑nacionalista.

Piénsese en un De Maistre, este maestro de la contrarrevolución que exaltaba al verdugo como símbolo del orden viril y positivo, al vizconde De Bonald, a Chateaubriand, gran escritor y político reaccionario, el radicalismo de un Donoso Cortés: «Veo Regar la era de las negaciones absolutas y las afirmaciones soberanas». No obstante, la crítica puramente reaccionaria presentaba unos límites demasiado evidentes al cerrarse ante aquellas fuerzas nacionales y burguesas que ambicionaban fundar una nueva solidaridad más allá de las negaciones iluministas. Arrndt, jahn, Fichte, pero también el Hegel de la filosofía del derecho pertenecen al horizonte contrarrevolucionario por la concepción nacional‑solidarista del Estado, aunque no comparten en dogmatismo legitimista. La negativa a abrirse a las fuerzas nacionales (incluso también allí, como en Alemania, donde éstas se sitúan en posiciones antiliberales) constituye el límite de la política de la Santa Alianza. Destruido el sistema de Metternich por la miopía de su concepción de base (combatir la Revolución con la policía y restaurando la legalidad del setecientos), la contrarrevolución se divide en dos ramas: una se queda en posiciones meramente legitimistas, confesionales, destinadas a ser vencidas; la otra busca nuevas vías y una nueva lógica.

Carlyle polemiza contra el espíritu de los tiempos, el utilitarismo manchesteriano («no es que la ciudad de Manchester se haya enriquecido, se trata de que se han enriquecido algunos de los individuos menos simpáticos de la ciudad de Manchester») o el humanismo de Giuseppe Mazzini (« ¿Qué son todas estas memeces de color de rosa?»). Carlyle busca en los Héroes la clave de a historia y ve en la democracia un eclipse temporal del espíritu heroico.

Gobineau publica en 1853 su memorable Essai sur Vinegalité des races humaines, dando origen a la idea de una aristocracia basada sobre fundamentos raciales. La obra de Gobineau se verá proseguida en los trabajos de los alemanes Clauss, Günther, Rosenberg, del francés Vacher de Lapouge y del inglés H. S. Chamberlain. A través de ella el concepto de estirpe, fundamental para el nacionalismo, se desliga de la arbitrariedad de los diversos mitos nacionales y se reconduce al ideal nórdicoeuropeo como medida objetiva del ideal europeo.

A fines de siglo, la punta de lanza de la «Derecha» la constituye la polémica de Federico Nietzsche contra la civilización democrática. Nietzsche, más que Carlyle o Gobineau, es el creador de una «Derecha» modernamente fascista, quien ha proporcionado un lenguaje centelleante de negaciones revolucionarias. Nietzscheano es el desprecio por el adversario, la rapidez en el ataque, la temeridad revolucionaria («was fällt das soll man auch stossen»). Las palabras de Nietzsche serán recogidas in Italia por Mussolini y d´Annunzio, en Alemania por Jünger y Spengler y en España por Ortega y Gasset.

Entretanto, también en el seno del nacionalismo se ha producido un «cambio de signo». Ya en las formulaciones de los románticos alemanes la nación no era la masa desarticulada, la nation jacobina, sino la sociedad ständisch, con sus cuerpos sociales, sus tradiciones, su nobleza. Una sociedad enseñaba Federico Schlegel tanto más es nacional cuanto más ligada a sus costumbres, a su sangre, a sus clases dirigentes, que representan la continuidad en la historia.

A fines de siglo, se ha llevado a cabo una reelaboración del nacionalismo en el espíritu del conservadurismo. Maurras y Barrés en Francia, Oriani y Corradini en Italia, los pangermanistas y el movimiento juvenil en Alemania, Kipling y Rhodes en Inglaterra han conferido a la idea nacional una impronta tradicionalista y autoritaria. El nuevo nacionalismo es esencialmente un elemento del orden.


Fascismo, Nacionalsocialismo y cultura de «Derecha».

Ya se ha dicho esencialmente. En efecto, el mito del «pueblo» no precisado sirve todavía para introducir bajo mano toda una serie de ideas que no son de «Derecha». De aquí la escasa capacidad de aprehensión de los regímenes fascistas de Italia y Alemania en el campo de la cultura. Fascismo y nacionalsocialismo, si bien tuvieron clara su oposición a los movimientos surgidos de la Revolución francesa y osaron hacer frente al mito burgués y al proletario, contra capitalismo anglosajón y bolchevismo ruso no llegaron a crear en el seno del Estado una ciudadela que pudiese sobrevivir a la catástrofe política. Baste pensar que en Italia el liderazgo cultural se confió a Gentile, un hombre que supo estar a la altura de las circunstancias pero que ideológicamente, sólo era un patriota resurgimental, ligado estrechamente al mundo de la cultura liberal. No es extraño que todos los discípulos de Gentile (aquellos inteligentes, que son alguien en el ámbito cultural) militen en la actualidad en el campo antifascista o incluso en el comunista. Quien lea Genesi e struttura della società no puede evitar quedar perplejo ante el espíritu democrático‑social de esta obra que, dignamente, culmina el ideal bolchevique del humanismo del trabajo. En consecuencia, no puede sorprender que un gentiliano como Ugo Spirito se manifieste a veces «corporativista» a veces «comunista», sin tener necesidad de cambiar un solo renglón de lo que ha escrito.

En Italia, durante el ventennio se habló mucho de patria, de nación, pero no hubo preocupación jamás en hacer circular las ideas de la más moderna cultura de «Derecha». La Decadencia de Occidente de Spengler (que Mussolini conocía en su edición original), Der Arbeiter de Jünger o Der wahre Staat de Spaan nunca fueron traducidos, novelas como el Gilles de Drieu la Rochelle o Los proscritos de Von Salomon fueron completamente ignorados por la cultura oficial fascista.

En esta situación era natural que la obra de un Julius Evola resultase ignorada. Un libro como Rebelión contra el mundo moderno que, traducido en Alemania, despertó gran interés (Gottfried Benn escribió sobre él: «Una obra cuya excepcional importancia se hará evidente en los años que por venir. Quien la lea se sentirá transformado y contemplará Europa con una mirada diferente») en Italia pasa por no escrito.

A la sombra del Littorio, tras la fachada de las águilas y las divisas, continúo prosperando una cultura neutra, insípida, a veces fiel al régimen por un íntimo patriotismo pequeño‑burgués, más a menudo en oculta actitud polémica e instigadora. Hoy en día están de moda las memorias del estilo de las de Zangrandi en las que algunos personajes mediocres del mundo de la política y el periodismo se vanaglorian de haber hecho carrera como fascistas sin serlo en realidad. Es evidente la mala fe de estas escuálidas figuras pero, entre tanta mentira permanece una verdad: la cultura fascista, aquella cultura oficial de los Littotiali della gioventú, detrás de una fachada de homenajes adulatorios al Duce, al Régimen, al Imperio, quedaba una amalgama de socialismo «patriótico», de liberalismo «nacional» y de catolicismo «italiano».

Caída la identidad Italiafascismo, destruido en 1943 el concepto tradicional de patria, los socialistas «patrióticos» se convierten en social‑comunistas, los liberales «nacionales» tan sólo en nacionales y los católicos «italianos» en demócratacristianos.

Es indudable que el oportunismo ha contribuido a esta fuga general, pero es cierto que si el fascismo hubiese hecho algo para crear una cultura de «Derecha», una ciudadela ideológica inexpugnable, algo habría quedado en pie.

El nacionalsocialismo trabajó sobre unos cimientos mejores. La cultura alemana de «Derecha» poseía tras de sí una prestigiosa lista de nombres, empezando por los primeros románticos hasta llegar a un Nietzsche El mismo Goethe ha dejado escritas palabras de desconfianza nada equívocas dirigidas al engreimiento liberal de su tiempo. Igualmente, entre 1918 y 1933, en Alemania floreció la denominada «revolución conservadora» en la que se integraban autores de fama europea: Oswald Spengler, Ernst Jünger, Othmar Spaan y Moeller van den Bruck, Ernst von Salomon o Hans Grimm son nombres conocidos también más allá de las fronteras alemanas. El propio Thomas Mann había hecho con sus Consideraciones de un imprudente una contribución fundamental a la causa de la «Derecha» alemana.

Sin embargo, también aquí el mito del «pueblo» ganó la partida a los gobernantes y la Gleichshaltung hace enmudecer toda crítica, incluyendo la constructiva. No obstante, en comparación con el fascismo, el nacionalsocialismo posee el mérito de obligar a la cultura neutra a rendir cuentas, teniendo conciencia, en mucha mayor medida que el régimen italiano, de representar una auténtica visión del mundo violentamente hostil a todas las putrefacciones y desviaciones de la Europa contemporánea. La muestra de arte degenerado y la quema de libros tuvieron cuanto menos, un significado ideal revolucionario, un carácter de abierta revuelta contra los fetiches de un mundo en descomposición.

Pero también en Alemania se exageró; se atacó encarnizadamente a personajes que podían haberse dejado en paz, como un Benn o un Wiechert, mientras a su vez los depuradores mostraban taras populistas y jacobinas. Existe un librito titulado An die Dunkelmänner unserer Zeit (A los oscurantistas de nuestro tiempo) en el cual Rosenberg responde a los críticos católicos de su Mythus con una vulgaridad que nada tiene que envidiar a Voltaire o a Anatole France.

(....)


Indicaciones para una nueva cultura de «Derecha».

¿Cuáles son los problemas que se plantean a aquéllos que quieren afrontar el problema de la cultura de «Derecha»? Ante todo resulta necesario un planteamiento correcto de la cuestión. Y la primera contribución a este planteamiento es la definición de las relaciones que existen entre «Derecha» y cultura.

Es preciso poner en claro que para el hombre de Derecha los valores culturales no gozan de la condición excelsa a la que son ensalzados por los escritores deformación racionalista. Para el verdadero hombre de «Derecha», antes que la cultura están los valores genuinos del espíritu que encuentran expresión en el estilo de vida de las verdaderas aristocracias, en las organizaciones militares y en las tradiciones religiosas todavía vivas y operativas. En primer lugar está un cierto modo de ser, una cierta tensión hacia alguna realidad, después el eco de esta tensión bajo forma de filosofía, arte o literatura.

En una civilización tradicional, en un mundo de «Derecha», en primer lugar se encuentra el espíritu viviente y sólo después la palabra escrita.

Únicamente la civilización burguesa, nacida del escepticismo iluminista, podía creer sustituir el espíritu heroico y ascético por el mito de la cultura, por la dictadura des philosophes.

El demócrata rinde culto a la problemática, a la dialéctica, a la discusión y transformaría de buen grado la vida en café o en un parlamento. Para el hombre de «Derecha», por el contrario, la investigación intelectual y la expresión artística alcanzan sentido sólo como comunicación con la esfera del ser, con algo que, sea de la manera que sea, no pertenece al reino de la discusión sino de la verdad. El verdadero hombre de «Derecha» es instintivamente un homo religiosus, pero porque mide sus valores no con el metro del progreso sino con el de la verdad.

«Ser conservador ‑ha escrito Moeller van den Bruck- no significa depender del pasado inmediato sino vivir de los valores eternos».

La cultura y el arte de «Derecha» no pueden pretender ser ellos mismos el templo sino sólo el vestíbulo del templo. La verdad viviente está más allá.

De aquí surge una cierta desconfianza del genuino hombre de «Derecha» frente a la cultura moderna, un desprecio impersonal hacia el vulgo de literatos, estetas y periodistas. Recuérdense las palabras de Nietzsche: «Una vez el pensamiento era Dios, después devino hombre, ahora se ha hecho plebe. Todavía un siglo de lectores y el espíritu se pudrirá, apestará».

(...) No se trata meramente de la burda desconfianza del escuadrista y del lansquenete por los refinamientos de la cultura sino también del aspirar a una espiritualidad hecha de heroísmo, fidelidad, disciplina, sacrifico. José Antonio recomendaba a sus falangistas «el sentimiento ascético y militar de la vida».

Establecida esta premisa, consideraríamos más de cerca el objetivo de animar una cultura de «Derecha». El fin, lo hemos dicho, es la construcción de una visión del mundo que se inspire en valores diferentes los hoy dominantes. No teoría o filosofía sino «visión del mundo». Esto deja un amplio margen de libertad a las posiciones particulares. Se puede trabajar en crear una visión del mundo de «Derecha» tanto desde posiciones católicas como desde posiciones neo‑paganas (...).

Un ejemplo modesto pero interesante de esta concordia discors nos lo ofrecen las revistas juveniles del primer neofascismo. Cantiere e Carattere por parte católica, Imperium y Ordine Nuovo por parte evoliana han contribuido de manera importante a un proceso de revisión de ciertos mitos burgueses y patrioteros característicos de la vieja derecha.

Estas revistas, junto a otras que no hemos mencionado (Il Ghibellino, Barbarossa, Tradizione, etc.) contribuyeron ‑también con grandes limitaciones a guiar un cierto discurso. Éste lo debe todo o casi todo a aquél que puede perfectamente ser definido como el maestro de la juventud neofascista: Julius Evola.

Sin libros como Gli uomini e le rovine y Cavalcare la tigre no habría sido posible mantener libre en el ámbito de la «Derecha» un espacio cultural. Pero Evola es un gran aislado y su obra está ya en su haber. Son necesarias nuevas fuerzas creadoras o al menos una tarea de difusión inteligente.

Se ha cultivado los dominios particulares de la historia, la filosofía o la ensayística. Se ha intentado algo en el campo del arte. No sin razón Evola ha comparado la Tradición a una vena que tiene necesidad de innumerables capilares para llevar la sangre a todo el cuerpo.

Orientaciones para una nueva cultura de «Derecha».

¿Cuáles podrían ser los fines de una «Derecha» cultural?

En el campo de la visión del mundo, la definición de una concepción orgánica y no mecánica, cualitativa y no cuantitativa, una Ganzheitslehre para la cual se dispone de toda una serie de puntos de referencia desde Schelling hasta Othmar Spaan. Pero también algunos filones del idealismo -depurados de cierta mitología historicista- pueden constituir puntos de referencia contra el neomarxismo y el neoiluminismo. Desde el Hegel de la Filosofía del Derecho hasta el mejor Gentile, algunos elementos pueden ser utilizados. No ha de pasarse por alto la crítica de la ciencia y d e la concepción matemática del cosmos, para la cual tanto la crítica al concepto de la ley de la naturaleza de un Boutroux e incluso el élan vital de Bergson pueden servir como elementos de ruptura para una concepción no matemática sino voluntarista y espiritualista del universo.

En este dominio existen puntos de referencia bastante numerosos'. Lo importante es darse cuenta de que una visión del mundo debe ser formulada también en términos lógicos y no sólo míticos. La importancia de un Evola con respecto a un Guénon consiste en que aquel tiene en su haber una Teoria y una Fenomenología dell´Individuo Assoluto, es decir, un propio y verdadero pensamiento de la máxima coherencia y pleno de consecuencias. En una época de dominio raciona­lista no se puede pretender hacer aceptar un «tradicionalismo» que se pre­sente en términos más o me­nos fideísticos.

En lo que hace referencia a la ciencia propiamente dicha son susceptibles de ser utili­zadas las reservas formula­das por grandes científicos contemporáneos como Hei­senberg o Weiszácker frente al método científico como in­strumento de conocimiento absoluto. Es importante el te­ner presente que la física más moderna no conoce una ma­teria sino una serie de hipóte­sis entorno a un quid concep­tualmente indefinible.

Un segundo dominio es el de la antropología. An­tropólogos como el ameri­cano Jensen (The heritability of intelligence) y el inglés Eysenck (Raza, Inteligencia y Educación, La desigualdad hu­mana) han analizado la dife­rencia intelectual entre blan­cos y negros haciendo hin­capié en los factores heredi­tarios. Otro americano, Car­leton S. Coon, en su The origin of races ‑considerado como el estudio más impor­tante sobre los orígenes del hombre después del de Dar­win‑ ha mostrado cómo las razas humanas no tienen un progenitor común sino que han superado separadamente el umbral de la homíní­zación. Se trata de afirmacio­nes fundamentales que los mass‑media se esfuerzan por ignorar pero por los cuales una «Derecha» no puede de­sinteresarse por sus con­secuencias antiigualitarias.

En los márgenes de la ciencia se sitúa uno de los temas más en discusión hoy en día: la ecología. Pues bien, sería absurdo que la «Derecha» dejase a la iz­quierda esta cuestión cuando todo el significado último de su batalla se identifica preci­samente con la conservación de las diferencias y de las peculiaridades necesarias para el equilibrio espiritual del planeta, conservación de la que la protección del ambi­ente natural constituye una parte.

El de la historia es uno de los campos más violentamente atacados por la ofen­siva del enemigo. Demostrar que la «Derecha» va contra del «sentido de la historia» es uno de los medios más económicos para desacredi­tarla a los ojos de una época dispuesta a cambiar el pro­greso técnico por el progreso en sentido absoluto.

Resulta necesario en primer lugar asumir una con­cepción de la historia no ba­nalmente evolutiva. Un Os­wald Spengler, un Toynbee, un Günther, un Altheim pueden proporcionar los puntos de referencia. A la concepción de la historia como un «progreso» mecánico se opone una visión histórica que reconoce periodos de desarrollo y periodos de involución. En general, no existe una histo­ria de la humanidad sino so­lamente una historia de las diferentes estirpes y civili­zaciones, por ejemplo, una historia de Europa como de­venir de las estirpes indoeu­ropeas a través de los ciclos prehistóricos, greco‑romano y medieval‑moderno.

Esta concepción de una cultura europea es también la que nos ayuda a comprender la historia más reciente. Toda 1a historiografía de «Derecha» desde 1800 en adelante ha sido escrita en clave nacional o nacionalista. Este esquema no estaba me­todológicamente errado, pero sí estrecho. Mostró sus límites cuando el fascismo se sitúa como movimiento europeo para la reestructura­ción de la civilización euro­pea en su conjunto. Por esta razón los libros de los epígonos del nacionalismo, como un Tamaro (Ventanni di storia) nos dejan insatis­fechos por la falta de una adecuada perspectiva histo­riográfica.

El dominio del arte merece una mención especial. Aquí no es suficiente la clari­dad de las orientaciones sino que es necesario integrar las tesis «justas» con aquella in­falibilidad del gusto que con­fiere a un sentimiento del mundo nobleza artística.

¿Qué es el arte de «Derecha»? No se trata simplemente de escribir una buena novela o poesías difer­entes por su contenido sin de expresar una tensión es­tilística diferente. Existen li­bros de autores comprometi­dos con la «Derecha» en los que difícilmente se podría encontrar esta nueva dimen­sión. Sin embargo ésta puede aparecer en escritores menos engagé. Véase, por ejemplo, Los Acantilados de Marmol de Jünger.

Este autor, que si bien durante algún tiempo estuvo muy cercano al nacionalso­cialismo, muy pronto se dis­tanció asumiendo posturas críticas. Pero difícilmente po­dremos encontrar algo que esté más «a la Derecha» que esta novela: la impersonali­dad aristocrática de la narra­ción, el estilo impecable y brillante, la ausencia de la más mínima brizna de psi­cologismo burgués la con­vierten en un modelo difícil­mente obviable.

En general, estas car­acterísticas se hallan en todas las mejores obras de Jünger. El contenido literario de este autor es un poco complejo. Pero un sentimiento artístico «de Derecha» puede también vivificar una materia descar­nada, pobre, «naturalista». Es el caso de las novelas del no­ruego Hamsun, en gran parte historias de los países del Norte: historias de pesca­dores, de marineros, de cam­pesinos. También aquí, quizás en un tono menor, una dignidad mesurada y firme y, a la vez, un elemento mítico presente en las vicisi­tudes de estas almas sencillas luchan contra el destino en la atmósfera magnética del paisaje boreal.

No tenemos más remedio que limitamos a un par de ejemplos, los primeros que nos vienen a la mente. Pero todo el mundo puede com­prender lo que habíamos querido decir e integrar estas indicaciones con su sensibili­dad y sus conocimientos. Es­tas reflexiones son válidas para todo tipo de arte: la forma pasa a un segundo tér­mino frente al contenido. Vé­ase la desenvoltura con la que el fascismo se ha apro­piado de la arquitectura moderna para expresar un sentimiento del mundo que no es «moderno», o la arqui­tectura clásico‑moderna de la Universidad de Roma o la del Foro Mussolini. Se trata de obras menores pero de obras muy logradas, y el espíritu que emana de aquella brillante geometría no es la aridez de los rasca­cielos, sino la sustancia dura y luminosa del alma antigua: orden medida, fuerza disci­plina, claridad.

Y llegamos a un arte menor, el cine. También en este caso haremos algunas re­flexiones aisladas que pueden servir para en­cuadrar el problema.

Todo el mundo puede ver que El asedio del Alcázar con­stituye una buena película de propaganda fascista. Sin em­bargo, en rigor, con el mismo lenguaje se podría haber rea­lizado una epopeya antifas­cista. Por el contrario, resulta difícil no definir como «de Derecha» algunos encuadres del judío comunista Eisens­tein (tenemos en mente algu­nos de los fotogramas de Iván el Terrible), por su misticismo nacionalista y autoritario. Es sabido que Fritz Lang, el di­rector de Los Nibelungos, era un comunista convencido que abandonó Alemania a la llegada de Hitler. Pero pocas películas logran expresar me­jor que su obra principal la Stimmung heroica, mítica y pagana de la Alemania na­cionalsocialista. Y Goebbels demostró una notable inteli­gencia cuando pensó en él para dirigir la película del Congreso de Núremberg.

Todavía un ejemplo más: Ingmar Bergman. Este autor, ciertamente, no puede ser calificado de «fascista» (si bien los comunistas lo han hecho alguna vez). Pero en algunas de sus obras está presente una potencia sim­bólica que, transportada desde el arte al dominio so­cial, no puede dejar de ejerci­tar algunas precisas sugestio­nes que los adversarios de­finirían de buen grado como «irracionalistas y fascistas». Tenemos presentes algunas escenas de El séptimo sello. Evóquense los paisajes míticos y solemnes, la presencia in­visible en el corazón de lo visible, el drama del héroe. No se pretende divulgar ningún mensaje político, pero la impresión que el especta­dor recava del mismo es todo lo contrario a «democracia», «social» y «humanística».

Naturalmente, también aquí lo que decide es el in­stinto. Quien es verdadera­mente de «Derecha», quien interiormente está marcado por algunos valores, por un ethos particular, sabrá inme­diatamente distinguir las ex­presiones artísticas que perte­necen a su mundo. Estética procede de aisthänomai, un conocer por sensación inme­diata.

Las consideraciones que, hemos desarrollado en estas páginas no poseen un carác­ter sistemático. Simplemente pretenden afrontar un pro­blema, no definirlo. Por otra parte, en este campo son sufi­cientes las orientaciones genéricas. Más allá de estas cada uno debe proceder según sus conocimientos y su capacidad.

Unas pocas indicaciones son suficientes para trazar las líneas de desarrollo de una cultura de «Derecha». Pero estas orientaciones abstractas comenzarán a tomar forma cuando los hombres co­miencen a escribir y a cons­truir.

Adriano Romualdi, escritor, historiador y ensayista de la Derecha Social Italiana (Articulo escrito a finales de los años 60)

No hay comentarios: