jueves, 28 de abril de 2011

España y Roma II


Pero –y desde hace seis años– un buen día caí en Roma. Yo era liberal y socialista. Y de Roma sabía dos cosas: que quizá estaba en el mapa, y que aquello era un poco de reacción y de barbarie pestífera.

Caí en Roma, un par de días, el tiempo necesario para dar una conferencia, y salir corriendo a dar otras en la verdadera Europa francesa, belga, holandesa y alemana. Lo que me sucedió en Roma, apenas la hollé con mi planta despreocupada y herética, ya lo he referido más de una vez. Lo que me sucedió fue tal catástrofe interior y al terremoto de mi vida, que en mi existencia exterior sólo pudo traslucirse por la palidez, la fiebre y el anonadamiento.

Quiero transcribir una vez más aquel sucedido, porque es nada menos que el fundamento de cuanto voy a escribir sobre «Roma y España». Porque aquel sucedido fue el despertar de mi instinto más profundo de español. Un instinto al que hoy he querido buscar una base firme de sostén un abolengo espiritual, una tradición perfecta: una estirpe.

«A las pocas horas de caer en Roma... ¿qué cosa me pasó? No sé. Sólo recuerdo que girovagué alucinado por las calles, y jardines, y cielos, y árboles, y palacios, y acentos de aquella vida. Y que de pronto me encontré abrazado a Roma con un ansia incontenible y desarticulada de balbucear tenuemente: madre.

Roma, a los pocos días, ya fue todo para mí.

Roma era el Madrid cesáreo e imperial que Madrid no sería nunca.

Roma era ese firmamento cálido, azul, de un azul sexual, embriagador, azul y dorado que yo no había visto en parte alguna de España –y que era España, sin embargo– y que me protegía como una mano regia.

Era la matriz de una Castilla mía, depurada, antigua, eterna, celeste, inajenable. Roma era –¡qué impresión descubrir eso, sencillamente!– mi lengua, el manantial de mi habla, espuma y cristal, originario en el que yo ahora zahondaba mi espíritu como un Jordán beatífico, saturándome de santidad, de periodo de orígenes, de filialidad, de ternura agradecida.

Roma era lo que yo nunca supuse que podría pervivir: aquella iglesia de mi infancia, y aquel sonar de campanas de mi colegio de monjas y aquel olor de agua bendita-incienso, y aquella visión negra de sotanas y roja de sobrepellices, y era la procesión de ese día y de ese pueblo, y de esa tarde castellana, y de esa noche madrileña y de ese alba en el mar.

Y era Roma el capitel y la columna y el portal del palacio en la ciudad vieja, y el cuadro y el púlpito, y el sentido melancólico, adusto y altiplánico de la llanura y la sierra de mi naturaleza.

Encontraba en Roma el olor a madre que nunca había olido en mi cultura, que es peor que el olor a hembra, porque enloquece de modo más terrible.

Olor a mundo antiguo, medieval y nuevo. ¡Qué era eso al lado de la bastardía arribista de las otras culturas europeas, que se me disputaban el favor!»

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