martes, 26 de abril de 2011

España y Roma I


España y Roma,
Introducción
La estirpe de un instinto
Ernesto Giménez Caballero
F. E.
Madrid, 11 de enero de 1934


Hasta hace seis años, yo no conocí Roma. No sólo no la conocí, sino que no me había importado conocerla.

Yo era liberal y socialista. Y escribía en la prensa más siniestra de España. Y mis ídolos espirituales eran aquellos que me llegaban, por filtración, y a través de los maestros que entonces regentaban mi cultura. Ídolos que podían resumirse en unos cuantos nombres de ciudades o civilizaciones: París, Londres, Berlín (un poco: Moscú). O bien, en este imperativo categórico: «europeizarse.»

Yo había sido uno de tantos muchachos españoles que se habían visto obligados a obedecer ese imperativo categórico, pendiente entonces –antes– sobre las almas españolas, como una especie de espada de Damocles. Había que «europeizarse», que «civilizarse», que «humanizarse». España era «bárbara», «rural», «antieuropea» y «atrasada». España padecía una gravísima enfermedad, que sólo tenía remedio en las clínicas de Centro-Europa, donde unos mágicos especialistas de enfermedades recónditas, podían aliviarla, iniciándola en el secreto de una terapéutica extraña y milagrosa, llamada «progreso».

Las peregrinaciones que en otros tiempos hiciera España a los loca santa de Jerusalén o de Compostela, había comenzado a dirigirlas, desde comienzos del siglo actual, a esas clínicas progresistas y europeas, donde los enfermos españoles empezaron a practicar ritos semejantes a los que ya en Lourdes practicaban otros paralíticos. Esto es: primero, una inmersión en agua bendita (un baño de lengua alemana); después un rosario de oraciones (escuchar y repetir unas lecciones de «técnicos»); después una visita a los santuarios y altares (recorrer los puntos culturales de Centro-Europa), y, finalmente traerse a casa, al pueblo natal, unas cuantas reliquias y amuletos (el gusto por la cerveza, por ir a la sierra y por pronunciar dos palabras-claves: «sensibilidad» y «finura»). Esa peregrinación española ad nova loca santa, tenía su abolengo histórico. Se había comenzado a aconsejar en el siglo XVIII: Feijoo, Cadalso, Jovellanos, Moratín, fueron de los primeros zahoríes que mostraron a los españoles esa vía de salvación: que principiaron a disuadir a los españoles, cada vez más decadentes e ictéricos, en su gusto por relacionarse con la vieja Roma de los Césares y de los Papas. ¡Francia!, ¡Francia!, era el íntimo anhelo de aquellos afrancesados de nuestro XVIII.

Después vino, con altisonancias, el gusto por lo inglés. Época romántica de los emigrados y de las poesías al Támesis. Desde finales del XIX, comenzó a iniciarse la variante hacia lo germánico. Uno de cuyos primeros palmerines fue un señor de Illescas, llamado Sanz del Río.

El Romanticismo en España, o sea, la corriente espiritual que hizo a España desear lo exótico a ella misma, a su propio genio, tuvo esas tres etapas. Siglo XVIII: romanticismo literario por lo francés. Siglo XIX: romanticismo político y liberal por lo inglés. Siglo XX (primer tercio): romanticismo filosófico y científico por lo alemán.

Yo –español de ese tercio del XX (que no era precisamente un tercio de Flandes)– me vi envuelto, empujado, impelido, por la última etapa del romanticismo nacional: el de la ciencia, la filosofía, lo germánico.

Jovencito y tierno, como novicio de «la Orden progresista y cientifista de España», partí un buen día en misión, para hacer méritos de salvación española. En busca del «fermento regenerador». Partí yo –uno de tantos– jovencito, novicio, tierno y emocionado

Planté mi devocionario en el campamento más central de Europa: la zona renana. Y me dispuse a practicar los sortilegios necesarios, para poder volver un día al pueblo, sin la lacra secreta de la enfermedad nacional: la barbarie, la ruralidad.

(Desde allí contemplaba con admiración y envidia los famosos resultados que iban obteniendo ya en España otros misioneros anteriores a mí. España, seguía tan desastrosa como antes. Pero los misioneros de «lo europeo» ganaban en prestigio, en pesetas y en porvenir, por momentos.)

Todas las mañanas comencé con la inmersión en el agua bendita: con los baños sacros de lengua alemana. Por si era poco, procuraba en los atardeceres hacer unos paseos graves, lentos y pensativos, que pudieran darme un aire goethiano. Y como los hacía a lo largo del río que Goethe los hiciera –con superstición homeopática– de vez en cuando, y, como jugando con el río, zahondaba mis dedos en sus ondas europeas, para adquirir sus virtudes curativas, por bajo precio y con urgencia.

Estudiaba ardientemente en adquirir «una técnica». Poco a poco me fui sintiendo ese tipo de hombre que Keyserling llamaría luego el «hombre-chófer» (y que luego Ortega traduciría elegantemente, con el calificativo de «hombre-masa»). Me iba sintiendo un hombre que alcanzaba a manejar una técnica, una máquina, pero sin saber en el fondo su secreto, ni interesarle por qué la máquina andaba, se movía y vivía. Lo importante era saber llevar el volante. Hacerlo como los otros. Ser «hombre–chófer» en España era suficiente para mirar por encima del hombro a los demás ciudadanos que aún iban a pie, o en coche de caballos, por las viejas calles hispánicas.

Como yo –años de 1920-21–, se encontraban en aquella zona centroeuropea indígenas de otras naciones, tan bárbaras, atrasadas y precarias como la española. Por ejemplo, italianos. Yo tenía sobre los italianos la idea que me habían proporcionado en España los regentes de mis opiniones. Los italianos eran unos pobres diablos, «mediterráneos», «decadentes» y «cursis», que no valía la pena ni de llamarlos hermanos. Ser latino constituía, en la moral «progresista» casi una infamia. Y pensar en «Roma» algo así como un desvarío, una inexactitud y un bochorno.

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