miércoles, 13 de octubre de 2010

Mater Hispania




Mater Hispania quédate entre nosotros y con nosotros, y haz que tus hijos de ésta orilla del Atlántico se tatúen en la piel del alma ese concepto tan poderoso y vasto que ni el filósofo más inteligente ha sido capaz de estructurar: la Hispanidad.

Yo no sé racionalizar la Hispanidad, sólo sé que abracé su cintura con el coraje de Elcano cuando, embarcado en su valor, le dio la vuelta a la Tierra sin más brújula que la de su propia voluntad, que trepé hasta el vértice del mástil de Rodrigo de Triana para avistar la morena arena de tu piel canela, que como Colón lo hiciera besé la playa de tu vientre y que, con Lope de Aguirre, encontré El Dorado en la fertilidad de tu selva haciendo crecer el fruto desde el fondo de tu tierra.

Yo no sé racionalizar la Hispanidad, sólo sé que alumbré sus noches con las naves que con Cortés incendió para conquistar el salvaje corazón de los dioses aztecas y que después de la batalla la luz del alba venía a rasgarte los ojos, y que te acaricié con la misma ternura con la que Legazpi adoraba la piel de marfil de las diosas orientales de Filipinas.

Yo no sé racionalizar la Hispanidad, sólo sé que me alisté con Pizarro en la aventura andina y que en la cumbre de la cordillera de sus senos hallé la fuente de la eterna juventud que, desesperado, llevé a Ponce de León hasta las marismas de la Florida, que doblegué a los caudillos incas y que a los pies de la Mater Hispania puse el botín de sueños que sus guerreros libaban de las sagradas hojas de coca, que ví la luna de plata derramarse sobre el vértigo horizontal de tus pampas, que labré tus volcánicas mesetas y que allá, en la cintura cósmica del sur, entre la arena, el viento y la espuma, la sal, la brea y la mar, en el albero del Universo ví cómo España desgarraba las costuras de la vieja Piel de Toro para mezclar su sangre, tostar su piel y cocer su lengua y su cultura, su historia y su destino, en el barro del Amazonas y al sol de la América Hispana.

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