miércoles, 9 de junio de 2010

EUROPA. Eduardo Garcia Serrano


Europa, el murmullo de una palabra que desliza por nuestros labios el susurro de las memorias compartidas desde las murallas de Troya hasta nuestros días. Europa, todo lo que a los europeos nos viene dado de la leche materna, todo lo que ha pasado a formar parte del tejido de nuestro modus vivendi y de nuestro modus operandi, incorporando a un marco de propósito y significado el pasado y el futuro a través del pensamiento y de la acción europea, el aliento de la Historia arremolinándose en torno a nosotros en términos de siglos.

Atenas, Roma y Jerusalén. Sócrates, Julio César y el Cristianismo. La filosofía griega que enseña al hombre a pensar y a buscar, la geometría de la lógica y de la razón, la ciencia y el análisis. Grecia, la democracia y la aparición del hombre libre, ni aristócrata ni plebeyo: el ciudadano.

Roma, el Estado, el Derecho y el Imperio. Roma, las leyes para vivir fuera de la humillación, para vivir con respeto. Las leyes por encima de la espada y del dinero. Roma no sólo gobernaba, también transformaba. El poder de sus ideas se imponía no sólo con la espada sino con la toga y el Derecho, con la ingeniería, la arquitectura y la agronomía. Tan es así que cuando Roma cayó toda la Europa togada se sometió al gobierno de los bárbaros, pero los bárbaros se sometieron al Derecho Romano. Alboreó entonces la Edad Media, fecunda fusión de la energía de los pueblos del norte del Rin y de la brillantez intelectual del sur de Europa.

Jerusalén, desde donde la Cruz del Gólgota surca el Mediterraneo universalizándose a través de Europa. El Cristianismo como hilo conductor y eje vertebrador del hombre nuevo y de la nueva Europa desde el Edicto de Milán hasta nuestros días.

Atenas, Roma y Jerusalén, los principios, tanto cronológicos como morales de Europa. Europa como el Muro de Adriano, que marcaba y anunciaba el orden romano como una fortificación de piedra, de leyes, de principios y de valores.

Algunos quieren una Europa dividida en fragmentos lo suficientemente pequeños como para que no puedan dañar a nadie salvo a ella misma. Por eso la libertad de la que disfrutamos contiene las semillas de su propia destrucción y cuando esas semillas germinan por falta de autoridad moral, de autoridad intelectual y de autoridad política, el liderazgo desciende hasta los más necios.

Eduardo Garcia Serrano

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