viernes, 11 de junio de 2010

CRISIS. SIGLO XXI


La crisis existía en nuestra civilización desde que empezó el siglo XX. La crisis existe desde el instante en que el hombre ha dejado de ser interesante para una sociedad atenta solo a mantener sus rígidos esquemas de producción y consumo, incluso por encima de las vidas de los ciudadanos; la crisis existe desde que los hombres ya no cuentan y la vida comunitaria se rige exclusivamente por el numero, desde que la individualidad se pisotea, desde que el estado puede actuar según sus propios intereses (en nombre del pueblo) sin que mecanismo social alguno sea capaz de oponerse; la crisis existe desde que el gran capital manipula el arte a su antojo convirtiéndolo en simple operación financiera, desde que una minoría puede controlar los mecanismos de formación de toda la opinión publica y convertirlos en infalibles herramientas de poder. Y, sobre todo, la crisis existe desde que el hombre pierde su sentido de responsabilidad social, se vuelve egoísta y su vida en el seno de la sociedad no la concibe como tarea de servicio sino como posibilidad de lucha para mejorar mas y mas su propia situación personal frente a los demás.

El ciudadano ideal de esa sociedad moderna no será precisamente el hombre libre, consciente y responsable, rebelde y personal, sino el pobre esclavo en el que se ha creado unas necesidades de consumo que, para llenar , debe compensar con un trabajo absorbente de producción, incapaz de rebelarse e, incluso, incapaz de concebir la posibilidad de rebelión. El ciudadano ideal es el que acepta sumisamente las formulas que le presentan, el demócrata mediocre cuyas metas se acaban ante la pequeña pantalla de su televisor, el hilo que le mantiene permanentemente conectado con sus señores. Así, el moderno esclavo no tiene ya cadenas, pero las ondas le mantienen en el mismo permanente estado de dependencia de su señor. Como concluye Evola, el individuo ha conquistado así toda su libertad, y la cadena no le es medida, a fin de que sus ilusiones de marioneta agitada no conozcan limites.

La crisis es, pues, absoluta, antes o incluso al margen del caos económico. El desastre de la economía es la ultima consecuencia del desastre humano, personal y social. Cuando el arte hace ya casi un siglo que ha fracasado estrepitosamente sin ser capaz de generar un nuevo gran estilo de la altura de siglos pasados; cuando los sistemas políticos han demostrado su incapacidad por traer al planeta la paz, el orden y el progreso que tanto pregonaban; cuando los pensadores han confirmado la esterilidad de sus ideas, le toca el turno, el ultimo turno, a la economía. Y ahora es cuando, de repente, todos se rasgan las vestiduras asustados: ¡Crisis!

Esa crisis, nacida dentro del sistema, abarca por su naturaleza propia a cuantos se han integrado en ese sistema: ante el caos actual , poca diferencia encontraremos entre los métodos de oriente y de occidente, entre los partidos socialistas, comunistas o liberal demócratas, entre las soluciones teóricas marxistas y las liberales, como no sean los nombres de los que han de mandar. Todo forma parte de ese inmenso timo que ha sido la política del siglo XX. El problema básico ha radicado, como afirmara Ezra Pound en “Paris Review”, en conservar una cultura especifica en medio de este horrible remolino, de esta horrible avalancha hacia la uniformidad. Por eso, la solución de la crisis no será la repetición de los tópicos antinatura de la igualdad, el poder supremo de la economía o el mantenimiento de los enfrentamientos de clase. La solución de la crisis solo podrá venir de fuera del sistema, solo podrá lograrse derrumbando el sistema. “No queremos-decía Drieu- una victoria electoral ni un éxito académico: ¡Queremos una revolución!”. La solución de la crisis solo podrá traerla una revolución que haga del esclavo moderno de la sociedad tecnocratizada, el hombre libre del siglo futuro, que desenmascare a los grandes manipuladores de la economía, que devuelva el arte al pueblo y amontone las mamarrachadas oportunistas producida por los estériles de nuestra época, que nos devuelva a las leyes de la naturaleza- nuestra propia naturaleza-, que elimine el imperio absoluto de la gran ciudad….Esa revolución vendrá por si sola, como lógica evolución, cuando los esclavos modernos se hallen ya exhaustos y sus propios amos desconcertados ante el caos al que ellos mismos han precipitado a la civilización. Es necesario que las tinieblas acaben de inundarlo todo para que, de la desesperación, el esclavo moderno saque fuerzas para romper sus cadenas, esas hondas invisibles que le mantienen drogado, incluso contra toda lógica y todo instinto natural. “Creo en la revolución -concluía Drieu- en la medida en que no creo ni en la duración ni en el valor de la sociedad que me rodea”.

Pronto o tarde, dolorosamente, terriblemente, la revolución acabara triunfando, y entonces el siervo liberado se volverá hacia atrás y vera el siglo XX como una época de tinieblas, de represión y vació, que no entenderá siquiera como pudo soportar. Y solo entonces, lejos de las modernas ciudades, entre los cánticos de las nuevas juventudes, llenas del idealismo de la vida en la naturaleza, este hombre se sentirá al fin libre y vera en los otros hombres, al fin libres ya con el, una razón para crear ese nexo de solidaridad y de camaradería que hace que un grupo de hombres se llame Pueblo.

Y ese Pueblo, el pueblo que habremos forjado, es el único que de verdad podrá llamarse libre. La economía será la base que regulara sus medios para subsistir y crecer, la Naturaleza le dará el criterio de lo conveniente y lo falso, la cultura será su preocupación constante, y el arte será su manifestación suprema.

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