lunes, 10 de mayo de 2010

La idea de comunidad: identidad y espacio de resistencia.II


3. Las identidades en peligro.

La revolución del siglo XX, tal y como acabo de esbozarla, ya está hecha; mejor dicho, está idealmente hecha y sólo circunstancialmente interrumpida hace unas décadas -¡por circunstancias ajenas a nuestra voluntad!-. Concluirla y llevarla a la realidad es nuestra tarea para el próximo siglo. No sin tristeza podemos citar a nuestro amigo Tolkien, Pues aunque muchas cosas se han salvado, muchas otras habrían de perecer6. Porque, en efecto, el daño causado por el Sistema de la Ilustración a las comunidades humanas naturales, a la verdadera identidad de nuestro pueblo, es en gran parte irreparable. Lo que sea será distinto de lo que fue, inevitablemente.

Un rápido análisis de la realidad inmediata podría hacernos pensar que el Sistema está hundiéndose por sí mismo. No quiero negar esta apasionante posibilidad, pero permitidme recordar que es en los últimos tiempos cuando más virulento se ha hecho el ataque iluminista a la identidad diferencial de los diversos grupos humanos. La agresión es mundial, no afecta ya sólo a las identidades de los pueblos de nuestra cultura, sino a todos los hombres y a todas las culturas. Y, como ya he dicho, es definitiva, en la medida en que es irreversible.

Veamos las cosas con calma. A lo largo de las últimas ocho décadas ha habido europeos conscientes de que la igualación implicaba la desaparición de su personalidad. Hemos luchado contra esa verdadera alienación en el terreno social y político, con éxitos y derrotas; hemos luchado contra semejante expropiación en el terreno cultural, con las mejores cabezas y las plumas más brillantes de nuestro siglo. Hemos olvidado con demasiada frecuencia, me temo, otros dos aspectos de la lucha que os enunciaba al empezar: la lucha individual, lucha interior, y la lucha comunitaria, lucha que podríamos llamar pedantemente microsocial.

Nuestros enemigos, tanto los que lo son conscientemente como los que se limitan a seguir la norma social imperante, no ignoran que su organización política, su cultura, su radicación social y su sistema de valores tienen graves fallos de funcionamiento. Nosotros afirmamos que esos fallos se deben en definitiva a una sola causa: que el Sistema ha creado Estados, cultura, sociedades e individuos olvidando en primer lugar la naturaleza real del hombre -un ser material y espiritual naturalmente comunitario- y en segundo término sus comunidades naturales. Si aceptamos este análisis, hay que llevar sus consecuencias a la lucha práctica. Del mismo modo que no aceptamos la separación entre los aspectos políticos y los económicos de la realidad humana, no podemos aceptar la lucha sólo en un frente -sea el político, el cultural, el social...-.

Estoy convencido de no pecar de pesimista si afirmo que un éxito político demasiado rápido en la lucha contra el iluminismo podría transformarse en una aplastante derrota. Se ha dicho que la preexistencia de un sustrato cultural diferenciado es necesaria para el desarrollo de un movimiento político viable -es decir, capaz de llegar al poder y de transformar la realidad-, y es cierto. Ese es, al menos en parte, el trabajo de Aurora en España. Pero no es menos cierto que igualmente importante para ese cambio genuinamente revolucionario que consideraríamos necesario desde el punto de vista político sería la previa formación dentro del cuerpo social de núcleos, de comunidades, no sólo dispuestas a luchar políticamente contra el Sistema, o a recrear nuestra cultura, sino en primer lugar a vivir fuera del Sistema, fuera de los valores de éste.

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