jueves, 6 de mayo de 2010

La idea de comunidad: identidad y espacio de resistencia.I


La idea de comunidad: identidad y espacio de resistencia.


1. La idea de comunidad en nuestro contexto histórico.

"La razón fundamental que nos ha llevado a convocar este congreso está determinada por la convicción profunda (la vuestra y la mía) de que el momento presente impone a nuestra organización la exigencia de cerrar filas alrededor de los motivos centrales de nuestra visión de la vida y del mundo. La exigencia, en primer lugar, de reconocer cuáles son realmente los puntos de referencia y los cánones de los que deriva nuestra presencia política, para distinguir así la dirección ideal a asumir. En segundo lugar ( o, mejor, consecuentemente y de forma simultánea), la exigencia de articular en un grupo elástico, ágil, sin complejos, sin inhibiciones (en una palabra: sin prejuicios) nuestra vocación, nuestra voluntad de lucha política"1 .

Estas palabras fueron pronunciadas por Giorgio Freda en la inauguración de la reunión del comité directivo del Frente Revolucionario Europeo celebrada en Ratisbona el 17 de agosto de 1969. Recientemente se ha sentido en España la necesidad de publicar su discurso, un discurso sin duda brillante en el análisis de la situación ... de hace veinticinco años precisos. No voy a intentar resumir aquí aquel proyecto de ascética militancia contra el sistema en todas sus formas; si me ha parecido conveniente comenzar con esta cita ha sido para recordar cómo no hemos conseguido resolver en los últimos cinco lustros, al menos no en España, el problema esencial de articular nuestra presencia política con nuestra afirmación cultural, y con nuestro arraigo popular y comunitario.

Si nos fijamos en las últimas palabras que he pronunciado, encontraremos tres vias de lucha: la participación política, la lucha cultural y la radicación social a través de grupos popular-comunitarios -völkisch-. Ahora bien, esta triple división, de la que todos hemos oido hablar en los meses de gestación de esta Universidad de Verano, debe tener una base, un cuarto pilar fundamental en la afirmación de nuestra visión del mundo: la lucha interior, es decir, la manera en que cada militante vive efectivamente de acuerdo con aquello en lo que dice creer. No tendría sentido, en efecto, defender la moralidad más estricta en la vida pública, la seriedad más severa en la vida cultural o el orden más tradicional en la vida social si disociásemos nuestra vida privada -pretendidamente privada- de esos compromisos. En los márgenes del Sistema, en lucha contra él, se ha sabido generalmente comprender en los últimos tristes cincuenta años la importancia de los tres primeros elementos, pero no la de coordinarlos ni la de ligarlos a la lucha espiritual personal2.

Os pido que no queráis ver en todo esto un recuerdo de la espiritualidad cristiana -o de la espiritualidad europea, según se prefiera-; intento hablar desde la lógica más fría, pero no puedo evitar recordar, como todos vosotros, que uno de nuestros modelos históricos han sido las Órdenes caballerescas. A lo largo de estos dias vamos a hablar de un mundo en crisis y de nuestra visión del mundo, contrapuesta al orden iluminista imperante. Creo que, ante todo, debemos adquirir el convencimiento y la voluntad de cambiar nuestras vidas.

Creo que en estas sesiones vamos a movernos con cierta frecuencia a lo largo y a lo ancho de estos niveles, y por esa razón me ha parecido conveniente exponer con sencillez mis ideas. Hay entre nosotros personas mucho más autorizadas para hablar de la necesidad de un proyecto comunitario, pero se me ha encomendado hacerlo a mí. Os ruego que me escuchéis con dos ideas fundamentales en la cabeza: en primer lugar, que yo no creo posible separar entre sí lo político, lo cultural, lo comunitario y lo personal, siendo por consiguiente todo proyecto comunitario sólo una parte de algo más amplio; y en segundo lugar, que carezco de autoridad para hablaros, porque el primer intento de lucha comunitaria en el que he tomado parte no ha tenido hasta ahora resultados esperanzadores.

2. Génesis de la anulación de las comunidades humanas naturales.

La idea de comunidad ha figurado desde Platón en el debate filosófico-político. Pero no nos interesa aquí remontarnos a los orígenes de nuestra macrocultura: vamos a hablar de la civilización contemporánea, aquella en la que vivimos. A grandes rasgos, y corriendo el riesgo de ser excesivamente benévolos, puede decirse que el llamado Antiguo Régimen había respetado hasta 1789 la organización comunitaria propia de los pueblos europeos; las monarquías, reforzadas ciertamente frente a los poderes locales desde el siglo XIV, no habían intentado combatir las diferencias naturales ni la existencia de comunidades organicas y organizadas dentro de sus Estados. Más bien, al menos en algunos casos, cabría decir los contrario: que la existencia de esas comunidades era -o había sido- una de las garantías de las monarquías tradicionales3.

El liberalismo, primera forma de política surgida plenamente de la Ilustración, quiso sustituir la realidad natural y tradicional orgánica y comunitaria de nuestros pueblos con una ficción, la llamada "sociedad civil", ámbito de acción de las libertades individuales. Así, las comunidades tradicionales -el municipio, la comarca, la región, el gremio, la familia-, depositarias de derechos y libertades, fueron reemplazadas por el individuo y por los derechos y libertades individuales. Esta convulsión moral, cultural y social fue seguida en lo político por la afirmación de la "nación política", hija y heredera del contrato social rousseauniano4.

Como sabemos, también el socialismo marxista procede de la Ilustración, aunque en apariencia surgiese contra el liberalismo. Se trataba de otro camino hacia el mismo objetivo; el liberalismo se había mostrado incapaz de dar una respuesta a la desintegración de las comunidades tradicionales, y se había limitado a responder policialmente desde el más frío individualismo al malestar de la sociedad clasista que él mismo había creado. El marxismo no podía proponer una sociedad orgánica, que habría ido contra todos sus principios: pero lanzó el mito del comunismo primitivo a reconquistar a través de la lucha de clases, un aparente sucedáneo para la necesidad de arraigo y de justicia del hombre contemporáneo.

Pero no todos habían olvidado la realidad en nombre de la ideología. A veces como aspiración nostálgica, a veces en pleno delirio utópico -y delirio y utopía no son para mí palabras en modo alguno negativas-, nunca, desde el siglo XVIII, han dejado de existir testimonios de un proyecto comunitario en Europa. En parte de las raices mismas del liberalismo surgió el nacionalismo idealista, que, en el fondo, no hacía sino recordar la falsedad intrínseca del igualitarismo uniformista iluminista en nombre de una comunidad humana natural: la nación, la Patria. También surgió un socialismo no materialista, origen de otro comunitarismo: el corporativismo. En definitiva, en los albores del siglo XX, estaban ya puestas las bases de una revolución contra el materialismo y el individualismo en nombre de la naturaleza, de la justicia y de la verdader libertad. Se trataba de volver a dar al hombre real, es decir, al hombre esencialmente comunitario, una sociedad adaptada a las necesidades de la modernidad material que no olvidase su naturaleza espiritual. Frente a la sociedad liberal-burguesa y marxista, la comunidad a la medida del hombre5.

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