jueves, 18 de marzo de 2010

DE LLULL A GRACIÁN: EL HOMO HISPANUS EN LA FORJA DE OCCIDENTE (y II)


Recapitulemos: hasta ahora nos hemos dedicado a consignar cómo la firme conexión con lo divino es una característica primordial, inherente a los pueblos de cultura (y también a los primitivos, claro, pero sin llegar éstos a edificar una religión de gran estilo sino un mero cúmulo inorgánico de ritos y cultos arcaicos) desde los primeros estadios de su proceso de evolución vital hasta la culminación de su madurez histórica; y también cómo el reflejo de esa divinidad salpica e inunda todo su universo mítico-simbólico (véase la figura del apóstol Santiago o de la Virgen del Pilar). Enfocando la mirada sobre la civilización occidental y, en concreto, sobre la aportación hispánica dentro de ella llegamos a Ramón Llull y la Reconquista.


Situados aquí, dejemos a un lado las neblinas románticas y seamos por un instante eminentemente pragmáticos, remitámonos al frío análisis de la realidad histórica; porque resulta que la fe no sólo afecta al campo del espíritu, de la contemplación interior, sino que también impulsa, y de qué manera, a obrar en el terreno de los hechos. ¿O acaso habrían sido posibles la Reconquista, la conquista y colonización de América, la supremacía en Europa durante siglo y medio largo, sin esa particular óptica hispánica de la creencia en lo sobrenatural?, ¿posibles Cervantes, Calderón, Velázquez o el Greco, si mutilamos su innegable dimensión religiosa? Recurramos, para responder, a opiniones autorizadas: Unamuno proponía un “sentido religioso del trabajo”; en perfecta sintonía con él, Maeztu afirmaba que el fabricante de acorazados que desempeña su trabajo pensando en la salvación del alma sin duda los fabricará mucho mejor que aquel que mira al cielo y lo encuentra vacío, sin rastro de esperanza; subrayando que “lo temporal carece de sentido como no encuentre en la eternidad su caja de resonancia”. Menéndez y Pelayo retrata a la gran España, que “era o se creía el pueblo de Dios” y también recuerda aquella edad dorada en que “nada parecía ni resultaba imposible; la fe de aquellos hombres, que parecían guarnecidos de triple lámina de bronce, era la fe que mueve de su lugar las montañas”, fe que nos catapultó con la espada en la mano y la palabra de Dios en la boca por toda la redondez del mundo y nos dio la única unidad que hemos conocido: “España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vetones o de los reyes de taifas”. Los cuadros de El Greco muestran a los españoles de aquella hora como alargándose más allá de lo físicamente posible, por obra y gracia de la luz divina.

¿Y es que fue el mismo espíritu religioso el que favoreció todas las grandes gestas de nuestra historia? Acudimos de nuevo a Claudio Sánchez Albornoz, uno de los más reputados y eruditos conocedores de la Edad Media española, que se pronunció así de claramente sobre ello: “si los musulmanes no hubiesen conquistado España en el siglo VIII los españoles no habrían conquistado América en el XVI. La Reconquista afirmó nuestras viejas características. El Islam se extendió por muchas y muy diversas tierras, sólo de España fue expulsado. Y así como la reconquista del solar nacional y la conquista de América se vinculan genéticamente entre sí, también lo hacen ambas, a su vez, con las empresas europeas de nuestra heroica modernidad. ¿Por qué quisimos ser la espada de Dios sobre la Tierra en el XVI sino porque lo habíamos sido en el áspero solar de la península durante ocho siglos?”.

Se da la simpática paradoja de que Sánchez Albornoz fue nada menos que presidente de la 2ª República en el exilio; paradoja porque cuesta imaginarse a los progres de hoy, nostálgicos de una idolatrada e idílica Segunda República, reivindicando la figura del gran historiador. Ya que por más que, por su bagaje personal, se le pueda adscribir a las coordenadas políticas de la izquierda, sus conclusiones acerca de uno de los periodos críticos de nuestra historia rezuman, para la blandengue atmósfera actual, altos grados de incorrección política. Precisamente mantuvo una de sus más acaloradas contiendas históricas oponiéndose al pseudoinvestigador (o “ensayista metido a historiador”, en palabras de Albornoz) Américo Castro, por sostener éste que España, sí, era fruto del proceso de Reconquista, pero que ésta supuso, no un choque, sino una fusión indiferenciada de lo oriental y lo occidental, de la que sería producto último la mestiza España actual. Por si esto fuera poco también fue Américo Castro uno de los más decididos artífices del edulcorado mito del Al-Ándalus feliz frente a una supuestamente ignara y cruel España cristiana. A lo que Sánchez Albornoz adujo como síntesis de sus amplios trabajos al respecto: "Sólo desconociendo la realidad de nuestra historia medieval ha podido caracterizarse a España como fruto de la simbiosis entre cristianos, moros y judíos. ¿Simbiosis?, ¿convivencia? No, cien veces no. Batalla, áspera batalla y brutal enfrentamiento". O cuando rompió en prensa una “lanza por la Andalucía cristiana”, poniéndonos en guardia contra las veleidades neo-islamizantes de quienes ya pretendían allá por 1982 reintroducir el culto mahometano en la mezquita de Córdoba, olvidando que “originariamente fue un templo cristiano confiscado a los cordobeses por Abd al-Rahman I”. Por todo ello un recuerdo para el gran maestro.

Parece claro, por tanto, que la Reconquista, en nombre de la fe, reafirmó, agrió nuestra primigenia personalidad, no la diluyó; perfiló con fiereza sus contornos preparándonos, poniéndonos "en forma", para la portentosa actividad político-cultural que, en buena parte gracias a ella, desplegaremos en el siglo XVI y que logrará imprimir con letras de oro el nombre de España en la historia universal.

¿Y cómo afectó ese carácter religioso español al destino de Occidente en el XVI? Fuimos la “espada de Roma”. Si no fuera por la labor hispana, teológica en Trento y militar en los campos de batalla europeos, la reforma protestante hubiera desgajado la cristiandad de manera mucho más eficaz de lo que al final pudo hacerlo. Nuestros tercios acompañan a Carlos V a Witemberg y quieren desenterrar, para quemarlos, los restos de Lutero; así respira la España de entonces. Volvimos a preservar esa cristiandad, ahora ante el empuje mediterráneo del turco, en Túnez y Lepanto.
En el ámbito del espíritu, otro elemento fundamental que la España pródiga de entonces aportó al acervo occidental fue el honor calderoniano, que fascinó a todo un Goethe, y según el cual “al Rey (por Felipe II) la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios”. Como resultado de nuestra gran aventura americana concebimos la cartografía de Juan de la Cosa, las clasificaciones de flora y fauna americanas de Francisco Hernández… y así podríamos enumerar mil más, pero entre todos ellos es la Prudencia el ingrediente decisivo entre el cenit y la caída de nuestra grandeza.

¿Prudencia?, veremos por qué. Para empezar, el recorrido de esta senda histórico-vital nos conduce de modo inevitable al más emblemático fenómeno literario, filosófico y humano de lo español: el Quijote. Maeztu supo interpretarlo (al parecer complicada tarea) en su verdadera magnitud. No es la novela cervantina una obra intemporal, universal, sino fatalmente ligada a su tiempo y lugar. Las más obvias o esotéricas lecturas se le han atribuido: alegato idealista frente al materialismo, descrédito de los libros de caballerías, simple desahogo cómico de las penurias mundanas… poco importa lo que el cerebro de Cervantes voluntariamente planeó frente a lo que su alma involuntariamente le transmitió: su profundo desgarro interior. Desgarro que se unía al de todo un pueblo. El Quijote es una novela de decadencia, y por eso es sin discusión la novela nacional. Maeztu sufrió en su momento la burla e incomprensión de quienes no acertaron a asimilar el fondo de tal hiriente afirmación. Pero es innegable que el pueblo español alberga desde hace siglos la sensación de atravesar un hondo proceso de decadencia que no se sabe bien dónde empezó ni dónde acabará. Y resulta también evidente que, en clave de humor, el Quijote marcó un alejamiento de los ideales heroicos: “no os metáis en aventuras caballerescas que saldréis apaleados y os pondréis en ridículo como yo” parece advertirnos por boca de su caballero un anciano Cervantes, distante ya de aquel que con 24 años quedó lisiado en Lepanto y fue valeroso cautivo en Argel. ¿Y qué puede tener esto que ver con España? Todo. Cuando se publica la primera parte de la novela (1605) a España comienzan a flaquearle las fuerzas, el aliento y los músculos, aunque aún no la fe. Exactamente igual que a Don Quijote. Y esa y no otra fue nuestra tragedia en el XVII.

Fascinante y amargo es a un tiempo el dilema en que entonces se debate el alma hispana: el campo de batalla se ha hecho demasiado grande (la herejía luterana en Europa, la amenaza turca en el Mediterráneo, el nuevo mundo americano). Hay que equilibrar la fe inquebrantable de la Reconquista con la imposibilidad material de mantener todos los frentes. En efecto, sin fe nada grande se puede emprender, pero la fe sin la fuerza es como la semilla sin agua, y para medir bien la propia fuerza nos hará falta ver las cosas tal y como son (superando la idealista ceguera de Don Quijote), no empeñarse en ver gigantes donde no hay más que destartalados molinos; y por ello es la sensatez, la Prudencia, el ingrediente decisivo en el atardecer de nuestra plenitud. Prudencia que en la España exhausta del XVII supo cincelar Gracián como nadie, él nos enseñó a “bien mirar”. Porque fue la nuestra entonces una lucha titánica, desesperada, imposible. Ya Felipe II (precisamente el rey Prudente) se lo comunicaba por carta a su padre el Emperador cuando aún era Príncipe Regente: la pobreza de España no consentía los impuestos que las guerras requerían. Y a pesar de ello, al subir al trono mantiene el mandato de sostener la fe católica por las armas. Hay que conciliar, por tanto, fe y prudencia, pero la fe sigue predominando. Y advertimos esto de manera palmaria en aquel único Baltasar Gracián del “Oráculo Manual” (que no por casualidad se subtitulaba “Arte de Prudencia”), sacerdote jesuita, alma exquisita de nuestro Siglo de Oro, que refleja mejor que ningún otro esa transformación interna del ser hispánico del XVII, ya adivinada en el Quijote, respecto al desmesurado ímpetu juvenil de la etapa reconquistadora, cuando aún nos sobraban las fuerzas, encarnado por Llull. La obra de Gracián trasluce lo que a nadie escapa: las circunstancias imponen, por el momento, templar, matizar, nuestros entusiasmos. El calculado arte de gobernar, la razón de Estado como una meditada partida de ajedrez, el político avisado y perspicaz; eso ofrece Gracián. Jugar nuestras cartas, ocultarlas si es preciso: “El saber más práctico consiste en disimular. El que juega a juego descubierto tiene riesgo de perder”. Según Spengler la monarquía europea, que alcanza la perfección de su forma con Luis XIV, el Rey Sol, y la fina diplomacia de gran categoría, nacen ambas en El Escorial de la mano de Felipe II. Y es esa Prudencia de cuño español la última herencia de importancia que legaremos a Occidente; forma de gobierno tradicional que la Revolución Francesa terminará barriendo con sangre, para implantar las ideas liberales importadas de Inglaterra.

Ya pasó mucho desde aquello y, salvo honrosas excepciones, España se ahogará en décadas de inacción, desorientada, perdido el norte de su destino histórico, terminando por adoptar esas formas enemigas de nuestro pasado. Ya no es necesario refrenar ímpetus ni poner “doble llave al sepulcro del Cid para que no vuelva a cabalgar” como recomendaba Costa, llevamos tiempo sin mover un músculo. Deberíamos por ello estar descansados, las fortalezas renovadas, pero, en cambio, tenemos ateridos los miembros y el corazón. No podemos permitirnos una siesta tan larga que suponga jamás despertar. Don Quijote abjura finalmente de su locura (su fe, su ideal) para morir como el gris hidalgo Alonso Quijano. Como si España abandona para siempre su ideal no será para mutarse en otra cosa sino para morirse. Para poner punto final a ese “vasto proceso de incorporación” del que hablara Ortega citando a Mommsen, y volver al cantonalismo tribal de los arévacos. “Esa fue nuestra unidad, no tenemos otra” sentencia Menéndez y Pelayo. La frase pesa como una losa porque ya no queda monarquía católica, religión, misión estimulante ni casi identidad cultural que nos aglutine. Ni Reconquista, ni conquista, ni defensa de la fe; ni Cervantes, ni Quevedo. Y esto nos sangra el corazón a los que nos acercamos a la historia con los claros ojos del niño hambriento de Patria. Con hambre, al fin, de pertenecer a algo más amplio que al estrecho círculo de los egoísmos particulares. Hambre de grandes proyectos en común y de un horizonte de futuro capaz de prometer algo más que disolución, colapso y parálisis. De prometer algo más que la paz de los cementerios; porque queremos creer que allá en el fondo, en algún lugar, queda aún rescoldo entre cenizas del fuego que un día nos hizo brillar.

Joaquín Verdú

ASOCIACION ALFONSO X

1 comentario:

Zadlander dijo...

Te pido encarecidamente que intentes colgar en algún rincón de tu blog alguna de estas dos imágenes, para una nueva España y por la unificación de símbolos patrios en Internet:

Bandera unificada

Escudo unificado