martes, 2 de marzo de 2010

Amar la naturaleza no es de izquierdas


Un nuevo ejemplo de manipulación impune


El respeto por lo creado y el amor por las criaturas, en realidad, es tan propio de Tolkien como del ecologismo. Que no son de izquierdas.


Con la trilogía de películas de El Señor de los Anillos, la sociedad española ha redescubierto a John Tolkien y todos los temas propios del filón cultural al que el genial inglés perteneció. Los ha reencontrado la derecha cultural y era bastante lógico porque es uno de sus espacios propios de acción; pero también los ha descubierto –como quien descubre el Mediterráneo- la izquierda. Y esto merece una reflexión más profunda.


El mundo de Tolkien, siendo una ficción literaria, es real y en él se juega con las mismas reglas que en la realidad. De hecho, para una parte creciente de la juventud española, Frodo es más real que Hernán Cortés, por la sencilla razón de que casi nadie estudia ya quién fue el extremeño y todos han visto el ejemplo vital del hobbit.


Y considerando la importancia del fenómeno Tolkien, profundo, vigoroso y destinado a durar, se está produciendo últimamente en España un singular acontecimiento: la izquierda, ajena por completo a los valores tradicionales de Tolkien y de su obra, alérgica a los ejemplos de virtudes propuestos en El Señor de los Anillos –cine o libro, tanto monta-, intenta capitalizar, deformándolo, el mensaje.


Es una tentación eterna de todas las izquierdas existentes o por existir, al menos desde Antonio Gramsci: si un símbolo o un universo conceptual no pueden ser destruidos se trata por todos los medios de capitalizarlos, manipulándolos sin pudor si es preciso. Es el caso de Tolkien.


Tolkien, en verdad, puede ser considerado un ecologista. El respeto por el medio ambiente, sin ocultar la dureza de la vida y de la naturaleza, y sin negar –sino más bien afirmando con energía- la dimensión trascendente de nuestro entorno, es uno de los rasgos esenciales del fenómeno Tolkien. Pero decir que Tolkien fue un ecologista es tanto como decir que lo fue san Francisco de Asís, en otro orden de cosas, y en definitiva no deja de ser una extrapolación parcial, extemporánea y que debe tomarse con cautela. Amar la naturaleza no equivale, precisamente, a afiliarse al partido de Joschka Fischer. Denunciar los abusos de la modernidad no hace a Tolkien, ni al pobrecillo de Asís, militantes de Llamazares.


Pero la desfachatez de la izquierda no conoce límites. En realidad la izquierda que conocemos en España, progresista, negociante, especuladora, incapaz de crear riqueza sin destruir esperanzas, sólo es ecologista en el sentido superficial, material y electoral del término. El respeto por lo creado y el amor por las criaturas, en realidad, es ajeno al ecologismo político, aunque ciertamente sea tan propio de Tolkien como del franciscanismo. Que no son de izquierdas, y que están esperando un centro derecha que deje de estar a la defensiva culturalmente.


Editorial del 8 de julio de 2004

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