miércoles, 13 de enero de 2010

Mota y Marin


Cuando el conde José de Maistre compuso, con su última sangre contrarrevolucionaria, el Tratado sobre el sacrificio, no podía sospechar siquiera que la unidad cristiana de la Europa, cuya agonía le apesadumbraba el ánimo, iba a revivir cien años después con el sacrificio de una generación y de unos hombres providenciales. Cada revolución nacional contemporánea, perfilando entre sí el contorno juvenil y unitaria del mundo que vuelve a convertirse unánimemente en un universo, ha necesitado la oblación de sus paladines o de sus más vaticinantes partidarios ante la muerte, la inmolación y el holocausto. Ungiéndose así de poderes sobrenaturales, han transmitido esta energía, como si fuera una arcangélica gracia, a su país y a su gente, a la masa total y espiritualizada de su pueblo.

La muerte ha vuelto, pues, a recuperar su prestigio y su influencia, fenecido durante el tiempo apocado y confortable de la hegemonía anglosajona, ya que mientras Inglaterra conservaba sus instintos violentos de bucanera y de alimaña feudal, corroía el temple y la moral aristocrática de las demás naciones con lágrimas ante el verdugo, sensiblería en los folletines, opio para los chinos y anestesia para todos los dolores entrañables y germinativos de la Cristiandad, esta época se espantaba, se avergonzaba de la muerte heroica como de un pecado tan morboso, como de un vicio tan infame, que era menester la hecatombe impersonalizada de la guerra para que de cuando en vez se satisfacieran y aplacasen las virtudes militares y generosas del alma humana. Aunque esta coyuntura genérica para la expiación y para el duelo mortal, que nos salva a los hombres, perdía el albedrío de su sentido voluntario al ser todos reclutas al ser todos soldados y combatientes dentro de un servicio impuesto y obligatorio. Morir en la batalla era como vacunarse contra la viruela o recoger la cédula de vecindad de cada uno, actos poco espontáneos y transmutadores.

La transmutación, la subversión creadora de nuestro tiempo se debe a la libérrima actitud de las juventudes actuales, resucitando, gracias a sus genios telúricos, a sus estirpes y a sus antiguas castas, la importancia individual y colectiva de la muerte para plasmar una vida nueva, si la queremos con la volición más honda de nuestro ser.

Hay un linaje entre las soleras de la Europa juvenil que, obedeciendo las palabras del emperador Juliano sobre los dacios de la Edad Clásica, “apréstanse a la muerte con más gozo que para ningún otro viaje”. Me refiero a la Dacia moderna, a la Rumania, donde la progenie dacio-romana se había esclavizado; pero donde el esclavismo, seductor y enervador, no ha roto la vetérrima fiereza de Decébalo.

Si contempláis la columna trajana en el Foro de nuestro Emperador, aquellos dacios vencidos en el siglo II aún alientan, recobrando con la supervivencia su altiva dignidad, encima de la Rumania legionaria. Porque no le temieron a la muerte aun no han muerto, ni morirán jamás. Y aquí se nos presentan con sus cándidas camisas galanas y sus facies con un fervor íntimo y fuerte como Ion Motza, Vasile Marín o el mismo Codreanu, quienes ya habían esperado pétreamente en el Foro Nuevo el retorno primaveral de ese viaje hacia el sacrificio de su sangre.

Aunque Ion Motza no es sólo el campesino dacio-romano cumpliendo desde el canon de la indumentaria hasta las minucias de la conducta, todas las tradiciones de su tierra y de su estirpe, sino también como educado junto a su padre, el protopope Ion, y sus abuelos paterno y materno, los popes ortodoxos Juan y Nicolás, o sea en una atmósfera litúrgica, ritual y eclesiástica, era un alma mística y teológica dentro de un cuerpo, que se asemejaba muchísimo en su rostro, apasionado, y puro, a San Juan Evangelista pintado por el Greco. La existencia entera de Ion Mofta fue una preparación y una realización de la Apocalipsis, clamando y reclamando en la Rumania de los judíos, de los agiotistas y de los cortesanos, un juicio final, un castigo eterno y una eterna y gloriosa salvación para cuantos impávidamente seguían su Buna Vestire; es decir, su Evangelio.

Si en el lenguaje y en la narración de las parábolas evangélicas, Marta y María representan dos tipos de feminidad delante de Dios, también Vasile Marin e Ion Motza son un par de deberes y de caracteres diferentes sirviendo al unísono la idéntica liberación y restauración rumanas. No en vano el primer maestro de Marin fue Maurras, con sus silogismos nacionales y exactos, mientras que Motza se inspiró en mensajes divinos a través de San Miguel Arcángel - el icono de la cárcel de Vacaresti -, San Antonio de Portugal, la bizantina Santa Paraschiva o en la palabra del capitán sin mácula y sin tacha. Vasile Marin es un inteleclual, que por la compresión casi matemática de nuestro tiempo descubre la verdad tremenda de la Guardia de Hierro, mientras que Ion Motza fue siempre un legionario, un vanguardista de la Dacia de Ulpio Trajano y de Miguel el Bravo, porque sus razones polémicas no le venían de la inteligencia, sino que eran sentimentales, fanáticas, religiosas.

Los dos comandantes de la legión, Ion, el dacio de Orastie, y Vasili Marin, más refinado por la estética y por la vida urbana de Bucuresti, aunque hermanados por la vital coyunda de la generación, hubieron de coincidir en el augurio de que el porvenir de la Rumania legionaria dependerá de su intervención y óbito en la guerra española. Experimentalmente se habían sutilizado sus sentidos y las potencias de su ánima para la percepción de esta verdad futura. Durante muchos años Ion Motza fue el adalid de los estudiantes de las cuatro Universidades del reino rumano, contrastando en la lucha y en la prisión la supremacía de la acción predicada amorosa, pero férreamente, por Cornelio Zelea Codreanu. Marín fue en la política de la Corte y de los Ministerios, en la burocracia administrativa de la Gran Rumania, purulenta por los masones y los afrancesados, donde comprendió el valor supremo del credo legionario, cuyo éxito venidero no se conseguiría comicialmente, sino por las armas y merced a la sangre lustral de los mártires y profetas.

Dentro de la Rumania, que contorneaban el Nistro y el Ponto Euxino, como fronteras frente al Asia de los Soviets, y al aniquilamiento oriental y catastrófico transmitido en el Anábasis de Jenofonte, en la Rumania de la Dobrogea y de Ardeal, del Banato y de los Cárpatos, donde la Moldavia y la Valaquia medievales eran un corazón más albo que las camisas aldeanas, se habían agotado las razones para que la legión del Arcángel San Miguel ejemplarizara con sus sacrificios porque ya cuanto era posible para la Legión, se había consumado y opuesto al rey.

Mas en el Occidente de Europa se guerreaba contra el ocaso de esta misma civilización, que se llamaba occidental, o mediterránea, o cristiana, abrazando más bien con la magnanimidad de la Cruz las tierras levantinas y orientales, donde nace el sol y nuestras tierras del postrero crepúsculo o de su tramonto. Esto quiere decir que desde Rumania hasta España y en medio de ambas extremidades, se levanta una Cruz y hay un camino, que no es estelar, cual la vía láctea, ni tampoco el astral camino de Trajano o nuestro, camino de Santiago, sino su itinerario encima de los montes y de las llanuras, de los valles y de los precipicios para ir y venir, para el trajín y el tránsito de las legiones, de los peregrinos y de las santos.

Santo Domingo de Guzmán estuvo en Transilvania, y esta visita se la devolvieron, al cabo de centurias y siglos, Ion Motza y Vasile Marin, George Clime, Alecu Cantacu­zino, el pope Dumitrescu, Banica Dobre y Nicola Totu. Los siete legionarios que llegaban según la confe­sión providencialista de Ionel, «en defensa de la Ley Tra­dicional, por la felicidad de la patria, por su re­surección, por la reconstrucción que le trae el capitán Cornelio Zeleo Codreanu«. Aquí se incorporaron en la compa­ñía veintiuna de VI VI bandera del Tercio, para dar señales de vida y de muerte, de presencia y de transfigura­ción, luminosa y perenne, delante de los suyos. Necesita­ban sucumbir para que la Cruz continuase erguida y la estirpe daciorromana no se extinguiera nunca. Sobre todo Ion Motza y Vasile Marin eran los predestinados a perecer en Majadahonda el 13 de enero de 1937, que había de ser el año de la mayor sublimación legionaria. En adelante y después del juramento de la pureza de la Legión en honor de Vasile e Ionel, la sangre de estas víctimas expiatorias, propiciatorias será un grial y una argamasa para la restauración de la cristiana Rumania.

Los mismos enemigos de Majadahonda asesinaron con pólvora homicida a Alejandro Cantacuzino Nicolás Totu, Jorge Clime y Banica Dobre en la Rumania, sanguinaria de madame Lupescu. Cruento destino el de nuestra generación, que ha rehabilitado la efusión de la sangre en be­neficio de sus patrias para que nuestros muertos sean la infantería imperial de una España resurrecta para que la Rumania de Trajano y Codreanu sea indestructible, porque Ion Motza, y Vasile Marin exigieron que los sepultaran jun­to a sus cimientos.

JUAN APARICIO

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