viernes, 20 de noviembre de 2009

Memoria Historica politicamente incorrecta. 20 de noviembre




" Pasa el tiempo, los días sucesivos
cenicientas oleadas son de niebla
que quieren alejarle de nosotros…

Pero es inútil, queda su palabra,
su palabra moviendo los cerebros
o los curtidos, viejos corazones.

No murió; le sentimos vigilante
en los peligros y malaventuras;
se cruza con nosotros por las calles
y le vemos tendido en las montañas
–piedras, encinas y cielos inmensos–.

Nada, es inútil, no murió… ¿qué importan
razonamientos de vuelo ratero?
Vive, está con nosotros, cada día
mira el radiante amanecer de España."

HACIA JOSÉ ANTONIO- Luys Santamarina

Aquí y ahora;en nuestros actos,por nuestros anhelos ¡Siempre PRESENTE!

X. X.
(Josep Pla)

Diario Vasco, 08 de noviembre de 1938



El juez que instruyó en Alicante la causa contra José Antonio Primo de Rivera y sus hermanos, cuenta, en uno de los folios de su papel de barba, cómo al entrar en la celda del condenado a muerte para comunicarle la decisión de fusilarle al día siguiente muy de mañana, estaba el héroe escribiendo atentamente concentrado en sí mismo, como abstracto en las honduras de su tarea. Al escuchar ruido en la puerta y ver que alguien entraba, levantó los ojos, oyó en silencio la comunicación estremecedora y se limitó a decir:

"Si me fusilan en el patio, pido que después de mi muerte limpien muy bien las piedras manchadas con mi sangre, porque en esta misma cárcel queda mi hermano Miguel, y no quisiera que él, en sus horas de paseo por ese mismo patio, pise mi sangre, nuestra sangre familiar".

Dicho esto, volvió a escribir en silencio. Estaba redactando el testamento. Ese testamento autógrafo que los archivos del Movimiento Nacional deberán guardar como un tesoro histórico y que ha de servir como tema de larga y fecunda meditación a todos los españoles.

¡Que prodigioso documento! En él podemos contemplar tres perspectivas de la personalidad de José Antonio: la del hombre, la del jefe político y la del estilo. Sobre esta tercera perspectiva queremos escribir hoy algunas reflexiones.

El estilo era en José Antonio una constante preocupación. ¡Tener un estilo! ¡El estilo de la Falange! El solía recordar en ocasiones aquella frase de un prólogo de Rubén: "¡Tener ángel. Dios mío!" Y añadía que "tener ángel" no es otra cosa que inventar un estilo. El lo había inventado. Ahí está, inmutable e inmutado, igual a sí mismo, ordenado, transido por una inextinguible ambición de exactitud, de precisión, de humanidad, de fineza y de matiz. ¡Cómo escribiría hoy si viviera entre nosotros! ¡Cuanta excelencia y luz nacerían de sus palabras! Probablemente el verbo de las horas previas, aquél de los tiempos milagrosos y heroicos, no resonaría ya en sus labios ni fluiría hacia su pluma; era y sigue siendo y será siempre bellísimo; pero José Antonio pensaría que aquel verbo había cumplido su misión y nos daría otro igualmente traslúcido y soberano. Cada hora de su existencia le iba dictando el lenguaje adecuado; cada día le inspiraba un habla nueva y distinta. Aquel hombre, que era todo él un estilo, una manera y un modo incalculablemente personales, una nueva y original interpretación de España, de la vida como combate y de la muerte como acto de servicio, llevó a su lado hasta la hora misma postrera su estilo y no se separó de él ni para morir, y le pidió compañía hasta en el trance supremo.

Yo me atrevo a preguntar: "¿Se puede imaginar una dignidad, una sencillez, una serenidad y una elegancia más admirables en un hombre de pensamiento y de pluma que cuenta ya por minutos las últimas horas de su vida?" ¡Prodigioso documento!

Otro escritor hubiese quizá interpretado el terrible instante como una invitación trágica a la arenga, al rapto oratorio, al deslumbramiento romántico. José Antonio Primo de Rivera, en cambio -un estilo para cada ocasión y hora-, se reviste de humildad y de profundidad, aplaca las fulgurantes metáforas que han movido el ardor de la lucha y del patriotismo en los corazones de la juventud española, y escribe un lenguaje de tan alta nobleza que pocos documentos del idioma castellano contemporáneo le igualan en hermosura. Quedan a un lado, como testimonios de días insignes, lo "vertical", lo "tenso", "las jambas con ángeles", el histórico tropo de "la guardia sobre los luceros"; y nace ese fluir sereno y religioso del testamento, esas palabras que en fuerza de ser claras, luminosas y sencillas, parecen misteriosas. Se diría que José Antonio escribe entonces como si hubiera contemplado ya la Gracia de la Eterna Beatitud.

Cuando pide resignación ante la muerte, dice "Ruego a Dios..., que me conserve la decorosa conformidad con que la preveo..." la decorosa conformidad: ni un vocablo más, ni un matiz menos. No hay nada que añadir o restar a esa expresión.

Llega el instante de formular un juicio sobre la responsabilidad de quiénes persiguieron a la Falange, y escribe: "...espero que todos perciban el dolor de que se haya vertido tanta sangre por no habérsenos abierto unan brecha de serena atención entre la saña, de un lado, y la antipatía, de otro".

Va a morir; podía haberle resonado en el alma su antigua alusión a las estrellas, y decir por ejemplo: "Mañana estaré en los luceros, al lado de los camaradas que montan allí la guardia". José Antonio traza estas líneas teñidas de la sublimidad de una oración: "Que la sangre vertida me perdone la parte que he tenido en provocarla, y que los camaradas que me precedieron en el sacrificio me acojan como el último de ellos".

Habla de su defensa, y exclama: "A esto (a ganar para los camaradas la atención de los enemigos) atendí y no a granjearme con gallardías de oropel, la póstuma reputación de héroe". Más adelante: "No me concedió Dios la vida para que la quemara en holocausto de la vanidad, como un castillo de fuegos artificiales".

En otro párrafo teje esta frase: "... la avidez de explicaciones exasperada por la soledad..."

Así, con esa misma novedad, con esa incalculable personalidad escribió todo el Testamento. Nadie, entre la juventud de nuestro tiempo, le ha igualado en el estilo; nadie entre los jóvenes acertó a expresar ideas y sentimientos -especialmente dentro del orden histórico y político- con tan exacta justeza.

Entre las muchas, gloriosas e imperecederas lecciones que nos ha dejado, ésta del estilo límpido, transparente, justo, sin manoseos, sin vulgaridad, sin tópicos, sin vanidades de mala y falta retórica, no es la menos importante. Importa que todos pensemos en ello porque la tarea de expresar a España es tan fuerte y honda y delicada que nunca será excesivo que cada uno de nosotros ponga mucho tiento y muy buen tono en su palabra y en su pluma.





Azorín

Diario ABC
20 noviembre de 1945


En su día, sencillamente, una siempre viva. José Antonio se nos va; se va adentrando en la historia; se va alejando; se acabará con el tiempo, por sumirse en los senos profundos de la historia. La historia es inexorable; necesita con todo rigor, la soledad; no puede ser historia sin la soledad; los que están adjudicados, casi desde antes de nacer, diríamos a la historia, han de verse rodeados de soledad. Ya algunos de los íntimos de José Antonio, que le trataron a la continua, faltan; iremos poco a poco desapareciendo todos los que le conocimos. El tiempo irá pasando, un nuevo ambiente irá formándose en torno a José Antonio. Si ahora conocemos ciertas particularidades que nos dan una idea determinada de su persona, esas particularidades irán desvaneciéndose. No serán acaso, precisas para que los venideros conozcan tan bien como nosotros esta figura histórica. ¿Y como la conocemos ahora? A una generación sucede otra de diverso carácter; si la esencia psicológica es la misma, existen entre una y otra variantes que les diferencian. De una a otra generación se pierden hechos más o menos minúsculos, frases, palabras significativas, actitudes, aspectos de las personas y de las cosas que ya no podrán ser recogidos, evocados, reunidos. Lo que juzgamos esencial -la posteridad dirá si lo es- permanece; pero el ambiente que circula esas personas y esas cosas se habrá desvanecido. José Antonio se va alejando en la historia, y con el se alejan detalles y accidentes adheridos a la persona. Son muchos los que han conocido a José Antonio: durante muchos años, todavía la palabra de los que le han conocido, evocará expresiva y auténticamente su figura. Poco a poco, sin embargo, esos testigos de su vida desaparecerán también; gradualmente, de padres a hijos, el talante de José Antonio irá cambiando. Y llegará un momento en que la personalidad de José Antonio, ni nosotros, ni los que le hemos conocido, ni los que han escuchado a los que le conocieron, se encontrará sola, enteramente sola, en las profundidades de la historia. Habrá alcanzado José Antonio lo máximo a que puede aspirar un ser humano; a que puede aspirar aquí abajo en la tierra.

Y ante esta soledad, lejos hasta ahora hipotéticamente, de José Antonio, ¿cual será nuestra actitud? ¿Contemplaremos impasibles como se va alejando en el tiempo, en la historia, este hombre a quiénes hemos querido y con quién hemos conversado? En estos momentos, ante el eterno problema de la historia, quisiéramos un imposible; que nuestro dictamen fuera como nuestra voz; es decir, que esta voz nuestra llegara a los venideros. No seríamos ambiciosos en nuestra pretensión; nos limitaríamos a pedir que una sola palabra nuestra fuera aceptada por la posteridad. ¿Y que vocablo elegiríamos para esta transmisión de ahora a los tiempos futuros? Cada cual escribiría el vocablo que con más exactitud pintara el carácter y la vida de José Antonio; por nuestra parte, lo que estamparíamos en un pedacito de papel sería: "Cordialidad", Cordialidad es cosa del corazón; no se puede tener buen corazón sin cordialidad. José Antonio emanaba de su persona cordialidad; tenía, por lo tanto, no es preciso decirlo, buen corazón. Si hay algo que salve las fronteras, es la cordialidad. Si hay algo que haga olvidar las diferencias entre los hombres de todas las razas, de todas las profesiones, de todos los países, es la bondad de corazón. Y José Antonio era de esos hombres universales. A medida que se vaya alejando, sin nosotros, en el espacio profundo de la historia, esta su cualidad dominante será, a nuestro parecer, la que le hará resaltar distintamente. No podemos querer mal al nativamente bondadoso; por encontradas que, respecto a él, sean nuestras ideas, siempre nos inclinaremos con respeto ante quien procede cordialmente. José Antonio se nos marcha, se nos aleja; se aleja hacia lo más hondo de la historia, y su persona va tornándose cada vez más tenue; tiene la tenuidad de lo inmortal. Advertimos un dejo de tragedia en este alejarse de José Antonio, pero nos consolamos viendo, conforme se aleja, que una luz prístina, a modo de luz increada, va circunyendo su persona.

2 comentarios:

Alfaraz dijo...

Magnífica Antología.

AE !


.

Anónimo dijo...

A cualquier se le saltan las lágrimas al leer estas memorias.