lunes, 2 de noviembre de 2009

La leyenda de Sigurd y Gudrún





Tolkien deslumbra a los suyos, ahora en verso y en mundo diferente

Pascual Tamburri Bariain

Tolkien es conocido hoy como creador de un nuevo mundo de ficción y de un nuevo género. Pero antes que eso fue un enamorado de la tradición épica germánica, como hoy podemos ver.

23 de octubre de 2009

J.R.R. Tolkien, La leyenda de Sigurd y Gudrún. Edición de Christopher Tolkien. Traducción de Rafael Martín Trechera. Minotauro, Barcelona, 2009. 528 pp. 21,95 €

Es absolutamente insólito que un autor publique una obra inédita y que ésta sea un éxito tres décadas y media después de morir. Pero si algo ha quedado claro en los últimos sesenta años es que todo en J.R.R. Tolkien fue excepcional. El triunfo literario e involuntario de un despistado profesor de Oxford. El éxito académico y social de un católico en la Inglaterra por él amada. El renacimiento de la épica y de los principios tradicionales de Europa en medio de la decadencia del continente y precisamente en y para los jóvenes, y no para los mayores. Todo ello, además, convertido en fenómeno de masas sin rendirse a la corrección dominante en el mercado.

Eduardo Segura ha explicado en español y para los estudiosos de estas cosas que Tolkien vivió siempre en torno al mito, primero como admirador de los mitos más remotos de nuestro pasado nórdico, después como investigador de ese mismo entorno y siempre como creador des su propio mundo secundario, con su legendarium y su mitopoeia. El gran problema raramente abordado ha sido siempre la conexión entre los mitos "fósiles", del pasado europeo, a cuya expresión literaria y cuyos cauces lingüísticos dedicó el profesor Tolkien su vida académica, y los "nuevos mitos" creados por él.

Algo más que hobbits

El libro que presenta ahora Minotauro es el "eslabón perdido" que permite responder a esa pregunta, no desde teorías sino a partir de una prueba tangible. Era sabido que Tolkien investigó toda su vida la tradición germánica a través de sus testimonios norreses e islandeses. Su hijo Christopher halló entre sus manuscritos los textos de dos poemas, La balada de los Völsungs y La balada de Gudrún, que recrean en verso eddico (del siglo XX), todo el ciclo de Sigurd el cazador del dragón Fáfnir, esposo de la valquiria Brynhild, discípulo, huésped y enemigo de los niflugns, celos, pasión, tragedias y heroísmo que culminan en la lucha de Gudrún (¿recuerdan ustedes a Richard Wagner? Verán aquí cómo un mismo argumento puede servir no ya a dos géneros y dos estilos sino incluso a dos cosmovisiones diferentes).

En este libro no tenemos al Tolkien creador de universos secundarios sino al profesor que, apasionado por su propia materia, utiliza sus conocimientos para reconstruir la poesía como pudo haber sido y quizás fue pero no se conservó y para hacer viva en la Europa de entreguerras una Europa mucho más antigua, oscura y apasionante. Porque lo que tenemos entre manos no es un trabajo erudito, sino una creación apasionante de un hombre apasionado, y una excelente iniciativa de su hijo al reunir diferentes materiales de su padre sobre esta misma materia. En efecto, junto los dos poemas neo-nórdicos y a su introducción Christopher Tolkien ha incluido en la edición una conferencia de su padre sobre la Edda Mayor. Y todo ello siguiendo la tradición eddica, recomponiendo sus materiales y convirtiéndose en cantor… para sí mismo de un pasado del que procedemos en cierto modo todos los europeos.

El año del triunfo de Tolkien

Puede pensarse, y se ha dicho, que Tolkien y sus lectores apasionados no dejan de ser unos frikis, gentes ajenas a la realidad de nuestro tiempo. ¿Es eso cierto? Es verdad que ni en el fondo ni en la forma la epopeya nórdica de Tolkien tienen mucha relación con los principios que vemos entre nosotros y por encima de nosotros. El sacrificio, el heroísmo, el honor, la generosidad y la grandeza no están de moda, y para quien viva de y para las modas ni Tolkien ni las sagas nórdicas tienen sentido hoy. Sin embargo, estas poesías de Tolkien, como por otra parte el ciclo del Silmarillion y la Tierra Media, reflejan realidades permanentes y un juicio aún válido sobre ellas: lo mezquino se opone a lo grande, lo mezquino a lo luminoso, lo claro a lo confuso; y no sólo enfrentando personajes que posean esas características sino alumbrando figuras complejas con matices y contradicciones verdaderamente humanos.

Quien haya en algún momento disfrutado con Tolkien se alegrará de esta publicación. No es y no nació para ser una vía de huida de la realidad, sino de preservación de la parte de la realidad que a menudo ignoramos, sin recordar que sin ella no seríamos como somos. No he encontrado un instrumento pedagógico mejor para agrupar, cultivar y defender a esa minoría que siempre existe en todo grupo de más o menos jóvenes de personas que se resisten a la decadencia y que sienten nostalgia de un pasado que sólo Tolkien conoció o de un futuro que está por venir. Todo lector de otras obras de Tolkien puede acercarse a Sigurd y Gudrún sin ninguna prevención y con la garantía de encontrarse en casa.

Vivimos días que, por otra parte, habrían sido felices para J.R.R. Tolkien. Profundamente inglés y profundamente católico, la noticia del retorno a la Iglesia de una parte cualitativamente significativa de anglicanos no dejaría de alegrarle y de estimular su creatividad. Alérgico a la alegoría y al maniqueísmo Tolkien reflejó en todas sus obras, también en ésta, la antropología católica derivada de la redención siempre posible y de la lucha siempre necesaria. Este hallazgo, publicado además cuando John Henry Newman va a subir a los altares, está destinado a se runo de los acontecimientos culturales del año, y no sólo en el mundo anglosajón. Disfrutémoslo, saboreémoslo, no nos avergoncemos de ser frikis si serlo nos proporciona regalos como éste.
http://www.elsemanaldigital.com/articulos.asp?idarticulo=101632

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