martes, 3 de noviembre de 2009

Junger



El pánico que hoy observamos en muchos lugares es ya la expresión de un
espíritu que ha empezado a corroerse, la expresión de un nihilismo pasivo que provoca el nihilismo activo. El hombre más fácil de asustar es, ciertamente, quien cree que todo ha acabado cuando se ha extinguido su fugaz apariencia. Los nuevos mercaderes de esclavos saben eso y en ello es en lo que se funda la importancia que para esa gente tienen las doctrinas materialistas. Estas, en el momento de la sublevación, sirven para quebrantar el orden; una vez conseguido el dominio, perpetuarán el terror. No habrá ya bastiones donde el ser humano pueda sentirse inatacable y, por tanto, libre del miedo.

Frente a esto es importante saber que el ser humano es inmortal y que hay en él una vida eterna, una tierra que aún está por explorar, pero que se halla habitada, un país que acaso él mismo niegue, pero que ningún poder terrenal es capaz de arrebatarle. En muchos de los hombres y aun en los más de ellos el acceso a esa vida, a esa tierra, a ese país, acaso sea parecido a un pozo en el que desde hace siglos viene arrojándose escombros y desechos. Si se los retira, se encontrará en el fondo no sólo el manantial, sino también las viejas imágenes. La riqueza del ser humano es infinitamente mayor de lo que él presiente. Es una riqueza de que nadie puede despojarle y que en el transcurso de los tiempos aflora una y otra vez a la superficie y se hace visible, sobre todo cuando el dolor ha removido las profundidades. Lo que el ser humano quiere saber es esto. El centro de su desasosiego temporal está ahí. Tal es la causa de la sed que siente, una sed que aumenta en el desierto - y el desierto es el tiempo. La sed de unos órdenes superiores al tiempo se hará tanto más ardiente cuanto mayor extensión alcance el tiempo, cuanto más consciente e imperioso se vuelva, pero también más vacío
en sus partes mínimas."

Ernst Jünger

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