domingo, 18 de octubre de 2009

Cenas comunitarias




Creo que sería, no ya inútil, sino contraproducente, caer en el maquiavelismo y separar los distintos niveles de la lucha. Si aspiramos a la comunidad popular no hemos de esperar a conseguir el poder político, la influencia social, el predominio cultural necesarios para triunfar. Tenemos que empezar a vivir ya esa comunidad popular; fijaos sin embargo que digo vivir, y no construir: porque una característica reseñable del concepto de comunidad es su naturalidad. No estamos hablando de una construcción intelectual ni de una organización burocrática, sino de grupos de hombres y de mujeres surgidos espontáneamente, en torno a momentos comunes de sus vidas -el origen, la residencia, el trabajo, el otium,...- que intentan preservar y conquistar una identidad. La gran comunidad popular final será la articulación de todas esas comunidades que, humildemente, podemos empezar a construir, y la portadora de su identidad colectiva. Atención: del mismo modo que la simple adición de individuos no da lugar a la comunidad, la suma de pequeñas comunidades no tiene como resultado la comunidad popular: es fundamental la integración orgánica, natural, espontánea, jerárquica. Entrando en una dinámica de lucha popular-comunitaria garantizamos la fabricación de ladrillos, pero no estamos en posición de ver el conjunto del edificio.

Vivimos en una sociedad inorgánica, desestructurada y carente de jerarquías naturales. La naturaleza humana exige otra cosa; pues bien, comencemos a verla hecha realidad. En un mar social adverso tienen que empezar a aparecer, como de hecho ya existen, zonas de calma. Entendedme bien, no propongo un repliegue general sobre posiciones cómodas y tranquilas. Me parece oportuno, simplemente, recordar que no sólo existe la pura política o la más elevada cultura. Los cuatro elementos -política, cultura, sociedad, valores- viven unos de otros y, como acabo de decir, es poco valiosa una victoria en uno de ellos si va seguida de derrotas en todos los demás. La interconexión debe tenerse en cuenta, y aprovecharse para nuestros fines.

En el caso español actual, por otra parte, las carencias son enormes a todos los niveles. No existe una alternativa política al Sistema; no existe todavía una cultura alternativa…; no existe una base social activa y consciente que no haga suyo el Sistema; no existen en la sociedad valores alternativos a los del Sistema. Todos estos problemas están relacionados, y es posible solucionarlos sólo si se coordinan las soluciones específicas de cada uno de ellos. Os he hablado de un proyecto popular-comunitario y, para concluir, me gustaría analizar brevísimamente sus ventajas, en las que creo, y sus inconvenientes, que no niego.

A la comunidad popular por la comunidad popular.

La principal virtud de una lucha social realizada a través de pequeñas células comunitarias es su vigor intrínseco, la facilidad con la que esas células se insertan naturalmente en el tejido social podrido y son capaces de darle nueva vida. La compacidad así lograda supera con mucho a la de cualquier organización jerarquizada tradicional, en cuanto que, desde estas posiciones, sería posible resistir al medio y ganar, muy poco a poco, terreno.

Una segunda virtud de este modelo de lucha es que representaría potencialmente un modelo y un objetivo. Me explico: el ideal de vida no quedaría relegado a después de la victoria política, sino que ya antes de ella sería una realidad a la escala de las pequeñas comunidades, dedicadas o no, en todo en parte, a la política convencional.

En tercer lugar, la lucha comunitaria podría alimentar otros tipos de lucha, no sólo idealmente, como acabo de decir, sino también de manera más concreta y directa. Por una parte, la existencia de comunidades de vida y de valores garantizaría siquiera biológicamente para el futuro la existencia de militantes para los otros tipos de lucha. Por otro lado, esas comunidades, miembros de la sociedad pero a la vez radicalmente opuestas a ella, aliviarían la tensión soportada por los militantes de otros frentes, al no estar sometidos ya permanentemente a un medio en todo hostil.

También existen potenciales dificultades. La principal es el riesgo de sectarismo, que nos llevaría a una excesiva autocontemplación y a una renuncia a la actividad exterior para centrarnos en nuestro pequeño mundo, satisfactorio en sí mismo, pero limitado. No hay que olvidar que el objetivo es la comunidad popular a todos los niveles: si perdiésemos esa meta el proyecto comunitario no sólo habría sido inútil, sino que habría hecho estériles muchos esfuerzos.

En resumen, sería deseable que se abriese una reflexión sobre la oportunidad de diversificar la lucha en esta dirección. Rechazamos todos, me parece, la sociedad materialista e inorgánica en la que vivimos; creo que coincidiremos en la necesidad de una comunidad orgánica, jerárquica, natural y tradicional, sin olvidar que tres siglos no han pasado en vano8. Tanto tácticamente como a gran escala, parece oportuno un proyecto de lucha comunitario, apoyándonos en los mejores valores y personas existentes.

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