martes, 14 de julio de 2009

PERSPECTIVA. SI PERO ¿CUÁL?


PERSPECTIVA. SI PERO ¿CUÁL?

Es fácil, en el curso de la efímera vida, sucumbir a la pasión del momento y, bajo su embriagador influjo, conceder supremo e inmerecido protagonismo al tiempo presente. Percibiéndolo como conclusión y no tránsito, como destino final y no intento pasajero.
Si las más inspiradas mentes han incurrido en este defecto endémico parecería imprudente solicitar de las masas que lo sortearan, habida cuenta de que la multitud carece de memoria y capacidad de reflexión sobre la realidad y simplemente se deja vivir, sin procurar entender demasiado, como reses que pastan en la pradera.

Ortega afirmaba en un inspirado texto acerca de la importancia relativa que el dinero había detentado a lo largo del devenir histórico, que éste sólo se impone como principio regulador del cuerpo social en etapas de transición, de pronunciada crisis del resto de valores, de ausencia de otro principio superior. Para ilustrar este pensamiento demostraba que “así como los judíos poseen hoy el dinero y son los amos del mundo, también lo poseían en la Edad Media y eran la hez de Europa”. Lo que equivale a decir que ellos apenas han alterado su modo de actuación a lo largo de siglos, o incluso milenios, y es el caprichoso azar de los avatares humanos el responsable de encumbrar a lo más alto aptitudes antaño desdeñadas por mezquinas. También equivale a opinar que actualmente se vive bajo el imperio del egoísmo hedonista por quiebra del sistema tradicional de valores, aunque esto no suponga anunciar ninguna novedad.

Imbuidos, pues, y como no puede ser de otro modo, del ánimo reinante en nuestra época (presentida como final feliz de un tortuoso itinerario) concebimos la brillante idea de interpretar cualesquiera hechos, doctrinas o etapas históricas bajo el barniz del momento actual. De manera que esquivamos el elemento metódico primordial inherente a toda investigación o evocación histórica que pueda preciarse de tal; a saber: valorar los acontecimientos e ideas a la luz del clima espiritual en que nacieron.

Sin embargo, al decir “perspectiva” no nos referimos a situarnos desde la perspectiva “de la eternidad”, es decir, desde ninguna perspectiva, como aconsejaba el racionalista hebreo Spinoza, sino que, reconociendo la gran aportación del pensamiento orteguiano (otra vez él, sí) al confuso universo de los principios filosóficos, admitimos que nuestra “circunstancia” (cultura a que pertenecemos, período, lugar…) condiciona decisivamente nuestro juicio de la realidad y modo de vivir. Pero, aunque hoy nos hallemos en medio de una “circunstancia” que nos incita a sencillamente abominar de nuestro pasado, encontramos precisamente en otra más recia “circunstancia”: el impulso irracional e inexplicable de la sangre, no motivos ni razones sino la enérgica corazonada de que en ese, para nosotros amado, pasado existió algún arcano oculto que en algún recodo de nuestra andadura perdimos de vista para quedar sin él huérfanos de fe, esclavos inermes de la vigente visión ruin y miserable de la existencia. Quizá redescubrir ese misterioso arcano nos conceda la posibilidad de evadirnos de tan limitada visión, de anular lo más nefasto de nuestra presente “circunstancia”. Dicho en plata: no pretendemos conquistar una visión de conjunto, universalista sino recuperar la visión española (indiscutiblemente incluida en el seno de una integradora visión occidental) allí donde comenzamos a perder el rumbo.

Las voces que, con razón, pregonan a los cuatro vientos el absoluto descrédito de política, justicia o economía puedan acaso suponer que en todo tiempo y latitud la cosa funcionó de manera semejante y que la sinvergonzonería e ignominia predominantes en lides de “alta” política son sin duda testigo que nuestros coetáneos mandatarios recogen, inocentes ellos, como herencia perenne de ese siempre oscuro pasado.
Hay también quienes sostenemos que frente a la mediocre, artificial y narcotizante dicotomía “izquierda-derecha” (hija de la mencionada visión ruin y raíz de muchos de nuestros males) se impuso durante siglos una elevada concepción de la “res pública” como eminente misión que apuntaba siempre hacia arriba; tan arriba que los pigmeos y miopes de ahora jamás alcanzarían a pescar ni un resquicio de su aroma.
Cuentan que cuando el césar Carlos (para el que resultaría como mínimo risible, absurda y vacía la tal división en izquierdas y derechas), Emperador de la cristiandad, sintió su vigor declinar por el peso de una corona que circundaba la tierra, hizo llamar a su hijo Felipe, esforzada y graníticamente educado desde la más tierna niñez en el amor a la cruz, a la verdad y a la justicia; e inició la ceremonia de abdicación dirigiéndole, tembloroso y apoyado en su bastón, emocionadas palabras: “He estado nueve veces en Alemania, seis en España, siete en Italia, diez en Flandes; he atravesado en tiempo de paz y de guerra cuatro veces Francia, dos Inglaterra y dos el África, ocho el Mediterráneo, tres el Océano, y ahora será la cuarta vez, al regresar a España para buscar mi sepulcro. Honrad siempre la religión, conservad la fe católica en toda su pureza; considerad las leyes del país como sagradas e inviolables y no tratéis nunca de quebrantar los derechos de vuestros súbditos. Y si deseáis alguna vez buscar como yo el descanso en la vida privada, que tengáis un hijo que merezca le podáis entregar el cetro con tanta alegría como yo lo hago hoy”. Dicho lo cual el Emperador se dejó caer extenuado en su trono, y Felipe, que se había hincado de rodillas a sus pies, le llenó las manos de besos y de lágrimas.

Este episodio, a buen seguro, no sería reflejado de esta guisa en los sesudos estudios que sólo apelan al raciocinio economicista hoy en boga (¡malos tiempos para la lírica!) desconociendo por completo, y como de costumbre, la voz de la sangre. Muy a pesar de que la vida se muestra testaruda en aleccionarnos acerca del hecho de que los hombres que forjaron los más robustos e intrépidos cauces de nuestra historia eran todos “hombres de raza” y no sistemas de pensamiento ni almacenes de dinero. Primera pista.

Y habrá muchos a los que la expresión “hombre de raza” les suene a chino y se planteen recelosos si esta fórmula no será pura retórica. De raza es aquel que mira a los ojos y sabe adonde va, habla alto y ríe a carcajadas. De raza era Napoleón Bonaparte que manifestaba: “me siento empujado hacia un fin que no conozco, cuando lo haya alcanzado un átomo bastará para destruirme pero hasta entonces nada podrán contra mi todas las fuerzas humanas”. De raza es aquel que se siente designado para cumplir una sublime tarea y no tiene tiempo para explicaciones.

Hombres cuya esencial intuición del universo, como toda genuina expresión religiosa y artística, emanaba de un primario e insondable terror al misterio de la muerte, es decir, la Tragedia. Sol secreto y cegador que nos revela el motivo íntimo de la poderosa fascinación que sobre el alma hispana ejercieron desde antiguo el arte del toreo y la Pasión de Cristo, símbolos ambos insuperablemente trágicos e incomprensibles en su profundo misticismo para la mentalidad urbana de hoy. Segunda pista y el arcano se posa ante nuestros ojos.

Otra oportunidad para reeducar nuestro horizonte visual y escapar a la visión simplista y pragmática imperante nos la ofrece el trance en que el “yo” de un pueblo entra en contacto con el “tú” de otro. Se produce entonces, nos dicen los progresistas, un enriquecimiento mutuo. Y se vuelve a ignorar el factor instintivo, la raza, que nos murmura que esto no es cierto más que en apariencia. Porque aun en los estadios más primitivos de evolución de los pueblos el dictado de la sangre señala siempre el núcleo sustancial del camino, al margen de superfluas y puntuales aportaciones foráneas (más de forma que de fondo). Así, los europeos adoptaron las formas externas de una religión de origen oriental como el cristianismo sólo para después dotarlas de un contenido acorde a su propia alma. Por ello en la religión de los apóstoles y en la de los cruzados laten dos espíritus lejanos e inconciliables; constituyen en efecto dos religiones distintas bajo el mismo manto doctrinal.

Otro punto crítico que nos brinda la ocasión para efectuar una regeneradora pirueta de perspectiva en busca de nuestro arcano es la voz “pueblo”, vocablo muy utilizado (como la “humanidad” de Proudhon) para manipular a los incautos. Pruebas de ello son la revolución francesa o la soviética. Pero un pueblo, en última instancia, representa la comunidad más profunda, que nace de una sagrada adhesión, de un nexo racial, idiomático, religioso y político entre hombres que se sienten formando un todo. Cuando este sentimiento se extingue cesa el pueblo de existir aun cuando perdure el nombre. Es esta quizá (y sin quizá) la deriva que afronta la nave española, torpemente orientada por timoneles de disolución, abandonada hace al menos un par de siglos la ruta de la concordia entre sus hijos.
Pero en su mirar alucinado por la estela de los siglos la sangre de los mejores tiende siempre a retornar a su morada primigenia y contempla cautivada aquel siglo XVI y el enigma impenetrable que guió con firmeza nuestros pasos.
Porque aquel hombre de raza, devoto, asceta, piadoso, monje o hidalgo, amaba lo que no conocía; lo que escapaba a su humana comprensión era abrazado, con sacra y respetuosa emoción, por su corazón anhelante, alentándole a superar esa humana condición, despreciando la muerte el héroe y la vida el santo.

En cambio, el “homo economicus” del siglo XXI, pura intelección utilitaria e irreligiosa, no encuentra ya rincones en su interior para la entrega y la epopeya. Con el extravío, tiempo ha, de nuestro arcano compañero se disipó también su capacidad para escuchar el fluir de la sangre. Sigue sin comprender el misterio primero de la vida, pero éste, en lugar de inspirarle amor a todo aquello que de verdad merece la pena, sólo le mueve al odio. Odio a todo lo que posea dirección y sentido inmutables, fuerza y jerarquía, armonía y belleza. Pues él, careciendo ya de tales atributos no puede sino odiarlos.

¿Y nosotros? Nosotros, residuos anacrónicos de tiempos sombríos, zafios incivilizados e indomesticables que aún osan perturbar la placentera y perezosa existencia del rebaño; nosotros, que sentimos aún la luz de la Europa eterna, vemos nuestros más hondos lamentos expresados de forma incomparable en las líneas que con su alma selló Dostoievski: “Me voy a Europa; ya sé que me voy a un cementerio; pero sé también que es el más querido de todos los cementerios. Allá están sepultados muertos queridísimos. Las lápidas de sus tumbas hablan de una vida pretérita tan cálida, de una fe tan apasionada en las propias hazañas, en la propia verdad, en la propia lucha, en el propio conocimiento, que, lo sé de antemano, me postraré sobre el suelo y besaré esas piedras, regándolas con mi llanto”. Y, precisamente porque sabemos apreciar el valioso legado de que somos herederos y permitir que éste inunde nuestra vida, no podemos rendirnos.

Joaquín Verdú

http://asociacionalfonsox.blogspot.com/

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