sábado, 18 de julio de 2009

Derecha, historia y «memoria histórica»



ABC
Derecha, historia y «memoria histórica»
Por PEDRO C. GONZÁLEZ CUEVAS PROFESOR TITULAR DE HISTORIA DE LAS IDEAS EN LA UNED


La derecha gobernó durante ocho años, pero, en la práctica, no reinó -según el autor- porque el imaginario ideológico siguió en manos de la izquierda. Lo que explica, en parte, la derrota electoral. Debería reflexionar sobre su necesario rearme intelectual

LA sociedad española padece hoy una cierta inflación de lo que se ha venido a llamar memoria histórica. Desde hace tiempo, la izquierda política y cultural denuncia una supuesta amnesia con respecto a la Guerra Civil y al franquismo. Algo que, dicho sea de paso, desmiente la copiosa bibliografía dedicada a esos temas. En esa denuncia, la apelación a la memoria histórica ha tenido un papel de primera magnitud. El peligro que encierra ese concepto es su carácter abiertamente polémico. Y es que la memoria histórica tiende a presentarse como una especie de moral de sustitución, cuyo leif motiv es fundar la identidad de grupos e individuos; lo que implica un culto al recuerdo y a la conmemoración de ciertos acontecimientos.

Es, además, selectiva por naturaleza, ya que tiene por base una discriminación partidista de los hechos. En ese sentido, como señaló Tzvetan Todorov, la memoria histórica y la historia representan dos formas antagónicas de relación con el pasado. La primera se basa en la conmemoración; la segunda, en la investigación. La memoria histórica está, por definición, al abrigo de dudas y revisiones; mientras que la historia es esencialmente revisionista, porque ambiciona establecer los hechos y situarlos en su contexto, para evitar anacronismos. La primera demanda adhesión; la segunda, distancia.

Con su utilización de la memoria histórica, la izquierda ha renunciado al principio de reconciliación nacional para pasar a una beligerante campaña en favor de los vencidos en la Guerra Civil española, cuyo objetivo último es la deslegitimación histórica y política de la derecha. Novelas, películas, ensayos, tesis doctorales, desenterramiento de cadáveres en fosas comunes, etcétera; todo ello se ha erigido en voz y símbolo del bando republicano. En esa campaña, se ofrece una visión profundamente maniquea de los acontecimientos. Los republicanos aparecen como depositarios de las virtudes cívicas; mientras que los rebeldes son la encarnación de todos los males.

En el fondo, viene a identificarse antifranquismo y democracia; lo que significa una gravísima manipulación histórica. Porque los socialistas revolucionarios, los comunistas y los anarquistas -lo mismo que sus aliados internacionales- no combatían en defensa de la legitimidad republicana, sino por la construcción de un sistema social y político antidemocrático y colectivista. De ahí que numerosos liberales, como Ortega, Lerroux, Menéndez Pidal, García Morente, Marañón, Cambó, etcétera, apoyaran a Franco en la Guerra Civil. De esta forma, la izquierda falsea la dinámica política de los años treinta.

Frente a esa ofensiva, el Partido Popular apenas tuvo algo que oponer. Desde los años sesenta, la derecha no sólo renunció a la lucha por la hegemonía cultural, sino que padece un claro síndrome de autocrítica cuasimasoquista; y, en consecuencia, aceptó la visión del adversario. Prueba de ello fue, por ejemplo, su apoyo a la concesión de la nacionalidad española a los supervivientes de las Brigadas Internacionales, que fueron presentados ante la opinión pública nada menos que como «voluntarios de la libertad».

Pero la manifestación más llamativa de esa actitud la protagonizó José María Aznar, al reivindicar la figura de Manuel Azaña; lo que fue un error por partida doble. En primer lugar, porque ensalzó a un intelectual mediocre, de quien lo mejor que puede decirse, como hizo Lázaro Carreter, es que fue «un utopista a quien el cielo castigó concediéndole el poder». ¿Acaso no existía la figura egregia de Ortega y Gasset, como posible referente intelectual de la nueva derecha española? Y, segundo, porque, como señaló el ex comunista Jorge Semprún, en sus Memorias, aquel gesto demostraba que eran «los valores de los vencidos de la Guerra Civil los que fundan la ley moral». Además, aquellos gestos no tuvieron su reciprocidad en la izquierda, cuyos intelectuales criticaron el homenaje tributado por Aznar a Antonio Cánovas, en el centenario de su asesinato; y las beatificaciones de sacerdotes asesinados por los republicanos en la Guerra Civil. Lo que demuestra no sólo lo equivocado de esta estrategia, sino la escasa capacidad autocrítica de la izquierda. Su último desdén ha sido la retirada de la estatua de Franco sita frente a los Nuevos Ministerios, conservando, en cambio, las de Prieto y Largo Caballero, cuya responsabilidad en el estallido de la guerra civil es evidente, y que se encuentran en el mismo lugar.

Desgraciadamente, se ha perdido la oportunidad de plantear una discusión seria sobre nuestro más próximo pasado, a semejanza del «Debate de los historiadores», protagonizado entre otros por Habermas y Nolte. Tampoco hemos contado con una figura como la de Renzo de Felice, capaz de someter a discusión racional los tópicos sobre el fascismo y la resistencia italiana; o la de un Furet, con su reinterpretación histórica de la Revolución francesa y de la utopía comunista.

La derecha apenas contó con el apoyo de los intelectuales. Gobernó durante ocho años, pero, en la práctica, no reinó, porque el imaginario ideológico siguió en manos de la izquierda. Lo que explica, en parte, su derrota electoral. La lejanía del poder podría servirle para reflexionar sobre su necesario rearme intelectual. Pero ello sólo será posible si conoce y asume su verdadera historia, emancipándose de la caricaturesca construcción de la memoria histórica elaborada por la izquierda. Una historia llena de errores y de aciertos, como toda obra humana; pero cuyo balance es más positivo que el de su antagonista. Asumir su pasado con capacidad crítica y optimismo creador; tal es la reforma moral que necesita.

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