martes, 5 de mayo de 2009

En ruta por Bizancio



La última misa en Santa Sofía:

Los sitiados no necesitaron recibir ningún mensaje para enterarse de lo que va a acontecer. Saben muy bien que el ataque está ordenado y presienten la gran prueba y el terrible peligro que se cierne sobre ellos como nube anunciadora de una borrasca. La población, que antes estaba desunida y en lucha religiosa, se une ahora en estas últimas horas; la extrema necesidad es siempre la que depara el incomparable espectáculo de la unidad en esta tierra. A fin de que todos estén dispuestos a defender lo que les obligan la fe, el glorioso pasado, la cultura común, dispone el Basileus que se celebre una conmovedora ceremonia religiosa. Por orden suya se congregan católicos y ortodoxos, sacerdotes y seglares, niños y ancianos, en una única procesión. Nadie debe ni quiere quedarse en casa. Ricos y pobres, cantando el Kyrie Eleison, forman el solemne cortejo, que recorre primero el recinto interior de la ciudad y luego efectúa también el circuito de las murallas exteriores. Se sacan de las iglesias las sagradas imágenes y reliquias para encabezar el desfile. En las brechas que el enemigo ha abierto en la muralla se cuelgan cuadros de santos, con la esperanza de que logren, mejor que cualquier arma terrenal, que fracase el esperado asalto de los infieles. Al mismo tiempo reúne el emperador Constantino a los senadores, nobles y oficiales de elevada jerarquía, para alentarles con una última alocución.

Claro está que no puede, como hozo Mohamed, prometerles un ilimitado botín. Pero sí glosa el honor que les corresponderá a ellos, a toda la cristiandad y al mundo occidental si logran resistir este ataque decisivo y el peligro que supone si sucumben ante los asesinos e incendiarios. Ambos, Mohamed y Constantino, saben que este día decidirá la historia de los siglos futuros. Empieza entonces la última escena, una de las más conmovedoras de Europa, un inolvidable éxtasis del ocaso. En Santa Sofía, que es aun entonces, la más soberbia de las catedrales del mundo, y que desde el día en que tuvo lugar la unión de ambas Iglesias se ha visto abandonada por los seguidores de una y otra creencia, se reúnen ahora los que parecen destinados a morir. Rodean al emperador toda la Corte, la nobleza, el clero griego y romano, soldados y marinos genoveses y venecianos vestidos y armados para el combate; tras ellos se arrodillan en reverente silencio miles y miles de devotos, sombras que murmuran sus oraciones: es el doblegado y maltrecho pueblo, presa del miedo y la preocupación. Las luces de los cirios, que luchan por rasgar las densas tinieblas de las bajas arcadas, iluminan aquella masa de fieles postrados en oración como un solo cuerpo. Es el alma de Bizancio la que eleva allí sus preces a Dios. El patriarca levanta la voz, solemne e impresionante. Cantando, le contesta el coro. Una vez más resuena la sagrada y eterna voz del Occidente, su mística música, en la grandiosa nave. Luego, uno tras otro, yendo en cabeza el emperador, van acercándose al altar para recibir la Sagrada Eucaristía, el consuelo de la fe, mientras llenan los ámbitos del templo el emocionado rumoreo de las plegarias. Ha empezado la última misa, más bien el funeral del Imperio Romano de Oriente, pues por última vez se celebran los ritos cristianos en la catedral de Justiniano. Después de esta conmovedora ceremonia regresa por breve tiempo el emperador a su palacio, con el propósito de pedir perdóna a sus súbditos y servidores por todas las injusticias que contra ellos hubiera cometido. Luego monta a caballo y cabalga, como hace a la misma hora Mohamed, su gran adversario, de un extremo a otro de las murallas, para arengar a los soldados.

La noche está muy avanzada. No se oye voz alguna ni se percibe el chocar de las armas. Con el alma en tensión esperan los millares de sitiados en las murallas a que llegue el día y con él la muerte. (Stefan Zweig)

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