martes, 24 de marzo de 2009

Nuevos tiempos, tiempos salvajes





La Vanguardia
30 de octubre de 1964


Ayer vivió nuestra ciudad una horas de sincera emoción y auténtica solemnidad durante la celebración de la ceremonia inaugural del monumento a José Antonio. El pueblo de Barcelona se sumó a esta efemérides, con la que nace el homenaje permanente a este español excepcional que legó a las generaciones de hoy una de las más altas lecciones de nobleza y de sacrificio que registra la historia contemporánea de España. Como decías en nuestra editorial de ayer: "José Antonio quiso ante todo y sobre todo, y por esa causa murió en olor de heroísmo a los treinta y tres años de edad, la conciliación de España, la reconciliación de los españoles, empobrecidos y trágicamente desangrados en la fanática pugna de las discordias civiles, en la tenaz e irracional entrega a la causa de las mutuas intolerancias. Que nadie olvide que la única forma viva y actual de fidelidad al gran ejemplo de su vida y de su muerte, es la de recordar que, por encima de todo lo pasajero, circunstancial y anecdótico, que en la política es siempre mucho, lo que define esta personalidad impar en esa su profunda y nobilísima voluntad conciliadora.

Se ha recordado en estos días, por ilustres oradores que fueron sus amigos y sus compañeros en la ambición y en la empresa de salvar a España, el profundo y clarividente amor de José Antonio Primo de Rivera a Cataluña. Es demasiado conocida, sincera y verdadera, tal predilección, para que necesite nuevas puntualizaciones. Es, por otra parte, la actitud lógica y natural de un español de una sola pieza, de un español inteligente y sensibilísimo como él era. Pues amor con amor se paga. Y el testimonio perpetuo, para siempre, de esa gratitud, es el monumento a su memoria que ha erigido y hoy inaugura Barcelona. Que tal monumento sea el primero con tal rango y dimensión se alza sobre las tierras de España es, para satisfacción de todos, orgullo de tal ciudad y honor de Cataluña.

1 comentario:

Rafa Aspizua dijo...

No era un monumento contra nada ni contra nadie. Era una señal que me recordaba al pasar, en cada mirada, de frente o de soslayo, que la vida no vale la pena vivirla si no es para quemarla en el servicio de una empresa grande, que la Patria es una unidad de destino en lo universal, que el hombre es portador de valores eternos.... Una Patria grande para una sociedad de hombres libres.

Eso era el monumento, una señal, un recordatorio, una exigencia.
Derruirlo es la afirmación de una voluntad torpe e ignorante de suicidio social. Vae victis.