sábado, 21 de marzo de 2009

Análisis histórico y enseñanzas políticas de los nacionalismos separatistas en España


V. Consideraciones finales

- El nacionalismo vasco como enemigo de España

Tiene algunos puntos fuertes: la falta de un proyecto nacional alternativo en España, los múltiples intereses coindicentes en anular este gran Estado nacional, y su propio vigor interno como movimiento.

Tiene también algunos puntos débiles: la incoherencia interna, sus incoherencias prácticas y su difícil papelón ante la globalización.

Querría centrarme en este punto. La oposición a la uniformización viene de la defensa de la etnia, o del Estado, o de la nación, o del propio pasado entendido como realidad todavía actuante, o de los grandes ámbitos de civilización. No es el momento de desaprovechar ninguno de estos espacios de resistencia, y de lo que se trata es de articularlos. Pero no busquemos naciones donde no las hay, y no neguemos realidades étnico-culturales que sí están vivas, aunque descabalen ligeramente nuestras ideas previas. No sólo en la defensa de nuestra especificidad (a lo que se limitarían los, por lo demás respetables, regionalismos y nacionalismos), sino también en la de los demás.

Lo que existe ahora en estos territorios no es nacionalismo, es un simple instrumento de homogeneización dentro del Sistema, tanto en la versión capitalista como en la marxista del mismo. Si se llega a la autodeterminación no será por un choque entre nacionalismos, sino por el enfrentamiento directo entre una nación con Estado pero sin un movimiento populista activo, gobernada por políticos profesionales, y un nacionalismo totalitario, carente de cimientos objetivos allí donde los buscado, pero extremadamente eficaz en el control y movilización duradera de una sociedad. Autodeterminación e independencia son un camino irreversible: de poco servirá entonces recordar, como es cierto, que el nacionalismo vasco carece de bases reales en la historia, la etnia, la cultura ... semejante discurso académico carece de utilidad frente a un movimiento social totalitario y frente a una nilitancia impregnada de mitos, no por falsos menos efectivos.


Es más, hay unas enseñanzas válidas que podemos sacar del MLNV

- No es vana la posibilidad de un populismo en el siglo de la globalización

- Virtudes de la voluntad frente a la razón

- Virtudes de un movimiento popular.

- Variado y omnicomprensivo

- Polifacético e inaprensible.

- Apela a aspectos de la naturaleza humana que el mundialismo olvida.

¿Qué salida?

No hacen falta demasiados argumentos para demostrar que esos separatismos son falaces; niegan lo evidente, la existencia de España, y afirman, con insostenibles argumentos históricos, étnicos, culturales y económicos, la existencia de identidades no españolas en aquellas regiones. Sin embargo, la cuestión es más compleja, porque esos nacionalismos a pesar de todo están ahí, y son fuerzas importantes o mayoritarias en ciertos sectores del pueblo español. En España hoy no se puede fingir que el problema no existe, ni suponer que la represión policial y la benevolencia económica, unidos a las prebendas autonómicas, solucionarán el tema. No lo han hecho en veinte años y no van a hacerlo ahora.

Por ello, y porque el Estado de las Autonomías no fue pensado para buscar elementos diferenciales que dividan y enfrenten a las regiones españolas sino como instrumento idóneo para construir una Administración más cercana y eficaz, el llamado “proceso autonómico” no puede estar siempre abierto, si se quiere que resulte verdaderamente eficaz, sino que hay que completarlo para servir de cauce a las voluntades plurales de la España que enfrenta el futuro. Hay que explorar ese futuro con esperanza e imaginación, pero sin perder de vista lo esencial, que es la unidad y el bienestar del pueblo español.

Un problema se ha sumado a éste en los últimos tiempos: la izquierda española no es enteramente leal a la realidad nacional española, mientras que el “centro reformista” quiere hacerse perdonar el pasado franquista y busca complicidades en el entorno nacionalista de derechas. Así, lo que podía ser un punto de consenso nacional, se convierte en nueva ocasión de lucha banderiza entre los españoles. Políticamente, la introducción de un sistema de descentralización territorial se justificó en 1978 con dos argumentos: había que dar acomodo a los nacionalistas en el nuevo régimen, que nacía con la vocación de integrar a todos los españoles sin exclusiones ideológicas de ningún tipo, y había que corregir los desequilibrios territoriales que el tradicional régimen centralizado no había sido capaz de superar. Pues bien, veinte años después es patente el absoluto fracaso del sistema autonómico en la consecución de ambos objetivos. Los nacionalistas, en vez de recibir la autonomía como una muestra de generosidad colectiva del resto del pueblo español, la han tomado como una muestra de debilidad del Estado y se han lanzado a una espiral inacabable de exigencias crecientes, chantajes y extorsiones; hoy confiesan sin ambages que el sistema autonómico no les llega y que quieren aún más; pero ese "aún más" es ya la destrucción de la Nación y del Estado. La conclusión es que se ha hecho un esfuerzo inútil, porque los nacionalistas, por la propia naturaleza de su ideología, no son integrables en ningún régimen político que presuponga la existencia de la Nación española y de un Estado español, sea cual sea su forma de organización territorial. En cuanto a la corrección de los desequilibrios territoriales, también aquí es innegable el fracaso del sistema autonómico: no sólo no se han paliado, sino que a los desequilibrios de tipo económico y social ya existentes se han sumado los de tipo jurídico-político, derivados de la desigualdad entre el régimen de unas Comunidades autónomas y otras.

Ha llegado quizá la hora, si se quieren evitar riesgos, de completar la cuestión autonómica tal como está prevista en la Constitución: sin crear nuevos sentimientos nacionalistas donde sólo existe el español, y dejando claro lo que es transferible, lo que es sólo competencia del Estado y lo que puede ser delegado. Así cada cual sabrá a qué atenerse y nadie pedirá más de lo que le corresponde por razones de gestión de sus propios intereses, sin menoscabo del interés general de España. Siendo muy conscientes de que cuando termine el camino de las transferencias lo que queda no es ni la independencia, ni la soberanía, ni la autodeterminación, sino la más o menos eficaz gestión de las competencias asumidas. Competencias entre las que, por cierto. sería legítimo eliminar los privilegios competenciales y fiscales que tienen algunas Comunidades Autónomas sin ninguna justificación objetiva que resulte aceptable. No hay unas regiones españolas más "históricas" que otras y, por tanto, todas tienen que ser tratadas en un plano de igualdad, porque todos los españoles son iguales en dignidad, aunque la E.T.A. no quiera.

Esta tarea es empresa de al menos una generación, y no puede hacerse desde la política alicorta al uso: bien está la presión policial y política que el Partido Popular predica (aunque luego no la ejerza consecuentemente); pero además habremos de ofrecer una patria atractiva a esa masa de españoles que ahora no quieren serlo, y esto exige un proyecto que apele a los intereses, a la educación y sobre todo al sentimiento y la voluntad colectiva de esa parte de España que está incómoda en la España que nos ha tocado vivir.

El separatismo vasco, ese falso nacionalismo, no sólo es un enemigo actual, estudiable y batible, sino una señal de alarma y en ciertos aspectos un estímulo, para quienes queremos que España, una España mejor y distinta, siga existiendo en el tercer milenio como algo más que una expresión geográfica.




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