jueves, 19 de marzo de 2009

Análisis histórico y enseñanzas políticas de los nacionalismos separatistas en España



IV. Las respuestas posibles

- La respuesta concreta a la violencia terrorista y al avance nacionalista como peligro inminente. Evidentemente, el Estado tiene la obligación de proteger los intereses nacionales y la vida y la dignidad de la gente. Pero contener los efectos sangrientos del nacionalismo no es solucionar el problema, sino sólo alejarse del núcleo de la cuestión.

- La respuesta intelectual a la falsedad histórica y cultural. Es muy cierto cuanto ha dicho la Academia de la Historia, e incluso otras cosas que ha callado. Es necesario denunciar las falsedades que los nacionalistas divulgan, y es esencial privarles del acceso a la educación con estos planteamientos. Pero recordemos la naturaleza irracional, mítica, del asunto: si una comunidad basa su vida y su porvenir en unos mitos, de nada sirve demostrar que éstos son insulsos, es necesario algo más.

- Dos providencialismos totalitarios mal entendidos (y fallidos): el Estado democrático y la Unión Europea, en nombre del individuo y de la libertad, contra la realidad y las libertades. No todos los antinacionalistas están en sintonía con el pueblo español. De hecho, algunos de ellos son más peligrosos incluso que los propios etarras, por sorprendente que resulte.

Fernando García de Cortazar dijo en Castro Urdiales: "Los nacionalismos y su pretensión de homogeneidad lingüística y étnica son fruto de un miedo defensivo a la sociedad multicultural que es la principal característica de una Europa en proceso de unificación. Este miedo produce racismo y, para luchar contra él, hay que dar la bienvenida al mestizaje". Y añadi, «los nacionalismos han venido a suplantar a las creencias, convirtiéndose en la auténtica religión secular que borra las diferencias, aplasta las discrepancias e impide el desarrollo de las libertades y derechos individuales». «Cuando ninguna cultura se ha enriquecido sin el contacto e intercambio con otras culturas, los nacionalismos pretenden borrar las diferencias, aplastar las discrepancias e impedir el desarrollo de las personalidades, las libertades y los derechos individuales a costa de la idea de patria». Según el jesuita, «Cuando se acude tanto a la exaltación de la etnia, la geografía, el idioma, la cultura, en definitiva de las raíces, se consigue fomentar la intolerancia, que no la moralidad». Para concluir, el conferenciante aseguró que «los depositarios de los derechos son las personas, no las geografías ni los idiomas impuestos».

Este es uno de los más duros enemigos del nacionalismo, un historiador que ha denunciado su absurdo, y lo falaz de sus postulados. Como él, muchos otros ilustres escritores (Vidal Quadras, Juaristi, Alonso de los Ríos) han analizado y denunciado, a veces con gran precisión, aspectos efectivamente denunciables. Pero el gran drama es que lo han hecho desde la premisa materilista del mundialismo, es decir, asumiento esta nueva cultura dogmáticamente materialista e individualista que nada entiende de voluntades e identidades colectivas; la lucha contra el separatismo vasco y catalán más extendida, es una excusa para colar la sociedad multicultural de la globalización. Euskadi, Togo, España, Alemania y Mongolia son denunciadas por igual como construcciones artificiosas enemigas de las diosa Libertad (y del dios Dinero), sin importar que nada tenga ver un caso con otro. Para ellos, el nacionalismo vasco no es malo por ser una entelequia, sino por defender torpemente una latente realidad comunitaria. Es el mismo discurso, avasallador y profundamente falso, que toma su fuerza de la inexistencia de oponentes. Es el límite de las paradojas, donde el nacionalismo (vasco, en este caso), termina siendo el mejor ariete del multiculturalismo contra identidades reales, milenarias y gloriosas como la de España.

- La gran cuestión: un Estado liberal en defensa de una nación en la que no cree, frente a un movimiento popular de largo ciclo

En España, contra lo que se ha dicho, no es inviable un proyecto estatal-nacional renovado hoy en día. Aceptar la variedad y la europeidad de España sin negar su unidad no es una novedad, es la realidad de nuestro pueblo desde siempre.

A nivel teórico se plantean dos problemas fundamentales: cómo abrir el proyecto nacional "hacia arriba" y cómo abrirlo "hacia abajo". Quien afirme la realidad nacional de España, ha de negar que el hecho diferencial vasco, gallego o catalán sea un hecho nacional, y ha de rechazar que España sea únicamente una parte de una Nación mayor (Europa). Para esto hemos de armarnos de una definición amplia e irrefutable de Nación, una definición sensata y no exclusivista que permita la diversidad y la universalidad. Como hemos recordado, la nación es un hecho exclusivamente europeo, mientras que los pueblos sí son una realidad universal. Nación equivale a una comunidad muy peculiar, surgida en el pasado y con vocación de futuro, de geografía, etnias, historia, cultura y proyección exterior. Desde esta panoplia de elementos, un nuevo populismo habría de poner en armonía todos los elementos constituyentes de lo español en 2000.

A nivel práctico, sería preciso exponer esta idea de modo diferente a los diferentes públicos. A los españolistas, de convencerles, también desde la historia, de la necesidad de "abrir" el proyecto de Nación española hacia sus más profundas raíces; a los separatistas, de atraerles con la proyección española y europea de sus realidades particulares; para los europeístas, conviene recordar que Europa carecería de identidad si negamos la de las naciones que la integran.

Lo vasco, para un verdadero patriota español, será siempre mucho más que una parte sin matices de lo español. Todas las peculiaridades, todas, son parte de España, y España sería distinta si ellas no existiesen; mejor dicho, no sería España. Una nueva Derecha española deberá fomentar el orgullo de ser vasco, y de ser navarro, castellano, gallego o andaluz. Es fundamental para el éxito que los difusores de este nacionalismo, sobre todo en la "periferia", sean grandes defensores de las especificidades, y que se evite en lo sucesivo, por ejemplo, el triste espectáculo de nacionalistas españoles que insulten colectivamente a Cataluña, o al País Vasco. Fue el centralismo borbónico y no un inexistente nacionalismo el que causó y permitió el surgimiento de los separatismos en España. Pronto podremos ver si el daño ha sido irreparable.

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