jueves, 4 de febrero de 2010

El adiós al camarada


Solíamos ser, y debemos seguir siendo, gente que canta. Canciones alegres y combativas, canciones tradicionales, sin duda. Pero es evidente que una parte importante de las canciones que nos gustan se refieren a la muerte y a despedida de los camaradas caídos. No es grave, porque la muerte no es el final de nada; y la muerte, como el dolor y como tantas cosas buenas y malas, es parte de este don precioso que es la vida. No somos pura materia, y por eso para nosotros morir no es tan grave como para la gente de este mundo desquiciado. Puede ser de hecho un honor y algo deseable, en determinados casos. Siempre ha sido así en Europa, de Aquiles a esta parte; no es deseable no morir, sino que es deseable morir de una muerte que merezca ser cantada.

Cantamos, pues, para despedir a los camaradas y para recordar su sacrificio (que en definitiva nos ilumina y nos hace seguir). No olvidamos a nuestros muertos, ellos marcan el camino. No los despedimos para siempre, porque los encontraremos si seguimos esa Vía. Y por eso la despedida del camarada caído, y su recuerdo, no es triste, tiene incluso un aspecto alegre que sorprende a todos los que no son como nosotros, incluso si son fachas que colaboran con nosotros. Esa actitud ante la muerte es uno de los rasgos típicos de nuestro estilo en todo momento y lugar.

Pero hay un adiós al camarada que sí es doloroso. Despedir a un caído tiene todos los aspectos positivos que acabo de deciros. Pero despedirse de un camarada no porque muere sino porque deja de serlo sí es doloroso. El dolor de la muerte se compensa por la certeza de la vida; pero el dolor del abandono, del desengaño, del olvido, de la cobardía, de la egolatría e incluso de la traición no tiene tal compensación. Ese adiós nos pone ante el absurdo de uno que fue de los nuestros, que partió con nosotros el pan, que estuvo en nuestro hogar, que fue nuestro hermano, que nos conoció como nadie nos ha conocido, que compartió miserias, dolores y sufrimientos, que supo lo que sabemos, que creyó lo que creemos, que ofreció su vida como nosotros, pero que en un momento dado lo dejó todo y se dejó llevar por los caminos de la masa. Ese adiós es un pozo inagotable de dolor para almas puras, porque no tiene más explicación que la doblez -en el traidor- o la debilidad.

No sólo hoy, sino en los ejemplos históricos estos adioses han sido siempre terribles. Nuestra historia está sembrada de cadáveres morales y de traiciones, no lo neguemos; y muchas veces del cadáver moral se ha pasado al cadáver físico, porque nuestros mayores en este tema eran poco tolerantes. ¿Qué pasó con muchos? Estuvieron, creyeron, supieron, juraron; y traicionaron; y murieron para la comunidad militante, primero y sobre todo moralmente, antes que carnalmente.

Aún hoy, si hablais con la gente mayor de 35 o 40 años hay nombres que no se pueden nombrar sin ver una mueca de dolor. Porque la muerte del caído duele sólo un momento, pero la muerte del que abandona duele siempre, con un dolor sordo que podeis comprobar poniendo a prueba a los "viejos". A mí mismo me pasa, no lo oculto, aunque he envuelto ciertos problemas entre algodones y procuro no tocarlos.

Mi consejo para todos, pero especialmente para los que dirigís grupillos y os veis ante este tipo de cuestiones: no tengáis vergüenza de pasarlo mal. Es normal, y es normal que lloreis en vuestros corazones porque si uno de los vuestros "deja el frente" es un hermano que muere. Ojo, aquí estoy hablando de verdaderos militantes que por una razón u otra "se borran", "se jubilan", "se moderan" o traicionan, es decir, que dejan al menos la primera línea militante.

El segundo consejo: en caso de "muerte moral", tratad de abreviar los trámites. Aunque parezca cruel, es mejor liquidar rápidamente un problema de éstos (poner a la persona en concreto en la tesitura de elegir de modo neto y rápido) antes que dilatarlo y que dejar que el malestar se extienda. Lo primero no es el que corre riesgo de "morir" para el grupo, sino la comunidad militante que permanece sin él. (Naturalmente, todo esto es más fácil de decir que de hacer; y además tenemos la lógica tentación de dar otra oportunidad al que duda, y sobre todo queremos negar el problema, minimizarlo... somos humanos; tampoco hay que equivocarse y situar entre este tipo de problemas otras cosas, como puede ser el cansancio momenáneo de algún militante).

El tercer consejo. Con los muertos no se habla. No es un radicalismo barato, sino algo muy práctico: si alguien traicionó, se cansó, se relajó o lo dejó, no se puede mantener en contacto con las partes sanas del movimiento. Así de claro. Como también es claro que no hay "vías intermedias" entre la vida militante y la muerte militante: no se puede ser "medio militante". Aunque sí puede pasar, dicen (yo aún no lo he visto), que un militante "reintegrado al mundo" se convierta en facha, es decir, en alguien que no cree lo que creemos, no vive como vivimos ni vive con nosotros, pero que colabora en alguna cosa concreta. Yo no se si podría soportar el dolor indescriptible de ver a un viejo camarada abandonado a sí mismo por su falta de voluntad (que sería el caso) y colaborando sólo en algo político, junto a nosotros sin ser de los nuestros. Pero en fin, dicen que es posible soportar esas cosas.

Roldanus 2003

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