lunes, 1 de febrero de 2010

"Yo" frente a "Nosotros"


Todos los males proceden del orgullo. El primer pecado es siempre el del orgullo, desde Luzbel -que era el primero y más elevado de los ángeles, pero que por orgullo negó su sumisión a la Verdad, a Dios-. Todo error tiene en su base un acto de orgullo, un momento crítico en el que decimos "yo puedo salirme del camino marcado, de la orden recibida, del ejemplo taxativo, del modelo de conducta". Yo, yo, siempre yo. El orgullo, o la satisfacción con uno mismo en el error, la obcecación en la bajeza, la autojustificación de lo injustificable, la negación de la propia miseria.

El orgullo es hoy la consagración del burgués, de lo burgués, en nuestro corazón. "Yo" equivale hoy a justificar de cualquier manera la búsqueda ciega del placer, de la riqueza, de la comodidad, del aplauso. Y el orgullo implica que nos negamos a escuchar cualquier advertencia de que algo va mal. Es más: si se os advierte nos ofenderemos. Nuestro orgullo quedará ofendido.

Frente a ese "yo" enfermizo, burgués, egoísta, "nosotros". Frente al orgullo, la humildad. Que sean orgullosos los burgueses y los hombres modernos; ellos serán ricos, ellos serán ensalzados, ellos serán admirados por la gente baja. Formarse como militante y como guerrero, hoy y siempre, implica la negación del orgullo, la sumisión a una verdad que viene de fuera, a un modelo y ejemplo que está fuera, a unos cánones de vida, de pensamiento y de acción que recibimos de nuestros maestros y de nuestra comunidad.

El guerrero no puede encontrar en los errores de su pasado o en los errores de los demás excusas para perseverar en el error. Debe, por el contrario, aprender de lo que está por encima de él, modelar humildemente su vida según lo que le es superior, renunciar a lo que le aparte de la Vía Ascendente. No es una vía cómoda, lo cómodo es descender y justificarse en el orgullo. Sin embargo, el guerrero debe seguir caminos difíciles y ser consciente de que hay otros tras él que siguen sus pasos por esos caminos.

El guerrero debe limpiar su corazón, y para hacerlo debe aplastar en sí mismo cualquier orgullo sin fundamento. Sólo sobre ese cimiento puede construirse un Hombre. He ahí una frontera, la frontera entre la grandeza potencial, pero fallida y desilusionante (Lucifer) y la grandeza real, humilde, sincera y atruista (la de nuestros Arcángeles, llamados a guiar los Ejércitos el día de la Gran batalla).

Roldanus

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