martes, 26 de enero de 2010

Futuro y comunidad


El hombre es un animal social. Lo dijo Platón, y además es verdad. Si hay que elegir un error del liberalismo el primero es éste: que el hombre no está solo, que no puede estar solo, que forma necesariamente parte de comunidades, de una vida plural, y que si está solo -de una soledad no buscada- está enfermo. Y si busca la soledad en exceso corre el mismo riesgo.

La enfermedad del Occidente moderno es, pues, una enfermedad individualista, un afán loco de autodeterminación, en sí mismo ciego y estéril.

Nosotros somos parte de ese Occidente, y tenemos en parte ese problema. Unos más y otros menos, pero todos lo tenemos.

La mentalidad del francotirador es la de los privilegiados del Antiguo Régimen: "yo estoy por encima de la realidad, yo se cómo actuar, yo puedo vivir y actuar solo". ¿Es posible luchar así contra el caos? Durante un breve período, personas muy fuertes y muy formadas pueden lograrlo. Los santos pueden lograrlo incluso hasta su muerte. Pero los que no somos ni santos, ni fuertes, ni rigurosamente formados, no podemos. Yo no creo conocer a nadie que pueda. Y por consiguiente la mentalidad del francotirador es, desde nuestro punto de vista, tan estéril como la de los marqueses que en 1789 danzaban despreocupadamente sus minués mientras la chusma -sin verdaderos aristócratas- se disponía a la subversión.

La reconstrucción de las comunidades de hombres, después del caos, será sólo posible a partir de pequeñas comunidades en las que los valores se hayan encarnado. Esos valores no viven por sí mismos, ni viven en los libros, ni viven en el pasado, ni viven en hipotéticos francotiradores espléndidamente y jüngerianamente aislados. El aislamiento es una tentación evidente si se contempla la degeneración del mundo, incluyendo la degeneración de quienes teóricamente están a nuestro lado. Pero esa tentación es una excelente arma del sistema, que no teme a los francotiradores, como no temió a un Jünger.

Existe también la tentación inversa (pero no siempre excluyente): ¿por qué no vivir una vida "normal"? Esa tentación es la más evidente para todos, ya que todo nos llama a ello, a una vida social, profesional y moral normal. Pero ¿qué es "normal"? La normalidad posible en el mundo de hoy es la normalidad del sistema (o sea, que no es una normalidad sana y aceptable, hoy imposible), y está perfectamente diseñada para aplastar indoloramente cualquier veleidad revolucionaria. Así ha sido, y así será: ¿cuántos conservan su modo-de-ser-y-de-vivir después de centrarse en los estudios, de encontrar novia, de casarse, de hipotecarse, de trabajar, si lo hacen fuera de una comunidad de vida? Sólo los que rehuyen la aparente normalidad, porque los demás terminan siendo pasto de las hienas y esto sin excepciones notables y con extremos de abyección que no todos los jóvenes podeis imaginar.

Todo esto lo sabemos ya.

Tal vez sea además el momento de plantear algo esencial sobre tales comunidades, y sobre tal vida no-normal-y-no-aislada. ¿El rasgo de no-normalidad debe ser la nostalgia histórica? NO. La nostalgia histórico-estética -que no debe confundirse con la lealtad esencial a quienes nos precedieron en la vivencia de los valores- es castrante y esterilizante. Es una deformación de la realidad, negativa como lo es el individualismo o como lo es la rendición ante los altares de la "normalidad". Es una deformación de la que procedemos en cierto modo y que en cierta medida nos rodea, y que algunos han renunciado a combatir; sin embargo, debe ser combatida porque nuestra batalla -que es atemporal y en nombre de principios perdurables- debe ser combatida aquí y ahora, en este mundo y en esta realidad, que conocemos y aceptamos pero que combatimos. Ciertamente por "familias" o nidos de gente diferente a la "normalidad" y no por exquisitos intelectuales aislados ni por siervos del modo-de-vivir moderno; pero tampoco por nostálgicos de algo que no conocieron, que no vive y a lo que no pertenecen. La única virtud indudable de este nostalgismo -nunca confundir nostalgia con lealtad, porque la única nostalgia aceptable desde la lealtad es la nostagia del futuro- es que preserva durante un tiempo el grupo de combatientes frente al mundo; pero es precisa una reelaboración actual de formas y mitos que evite la artrosis pasadista.

Tres caminos equivocados por consiguiente:

1) Creer que es posible luchar solo, sin el calor de la camaradería. Puede creerse desde un mal entendido sentido de la superioridad (porque jerarquía implica precisamente comunidad), y lleva necesariamente al agotamiento, al hastío, al escepticismo, a la ironía sangrante, a la presbicia intelectual y al abandono.

2) Creer que es posible luchar desde la normalidad contemporánea. Puede creerse desde un temor reverencial y paradójico a la soledad y a la firmeza, y lleva necesariamente a la asimilación, a la entrega a plazos de la fortaleza del alma, a la conservación sólo de cierta retórica y de ciertos tics, a la palabrería, a la ficción, a la degeneración y al abandono.

3) Creer que es posible luchar desde la nostalgia formal o material. Puede creerse desde una profunda negativa a buscar formas nuevas para injertar los valores en el mundo de hoy, y lleva necesariamente a la sectarización -ésa sí, en el peor sentido-, a la negación de la realidad, a la desconexión del mundo y por consiguiente a la renuncia a hacer operativos nuestros valores, a trabajar y a imaginar, a la traición a lo que realmente representó en su tiempo el objeto de tal nostalgia, al coleccionismo y al abandono.


Un solo camino:

1) Luchar en equipo, en comunidad, en grupo, y esto tanto por razones morales como prácticas.

2) Luchar sin aceptar nada de la normalidad moderna, aunque evidentemente la inmensa mayoría de quienes nos ayuden en la lucha, de quienes luchen con nosotros, van a ser gentes empapadas en esa normalidad que en la vanguardia de la lucha no puede penetrar.

3) Luchar con la vista puesta en el presente y en el futuro de la parte de mundo que nos toca vivir, ya que la lealtad se cifra en valores, no en soluciones concretas ni en apariencias determinadas.


La amalgama necesaria de estas tres necesidades: el trabajo compartido, el genuino socialismo del esfuerzo, de la abnegación y de la disciplina. Ahí encuentran su explicación las tres renuncias y las tres exigencias, y ahí -en el camino, el el dolor, en la alegría del deber cumplido, en el seguimiento de órdenes netas- está el resumen también de nuestra propuesta. Porque nosotros no tenemos un programa, sino unos valores, que no es necesario escribir de otra manera que no sea en nuestra manera de vivir; a cierto nivel, nosotros no tenemos una solución, sino que nosotros debemos ser la solución. De esta precisa manera y no de otra.

Roldanus 2003

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