jueves, 17 de julio de 2008

Sanchez Mazas



Hay en las afueras de Palermo un famoso palacio gótico-morisco llamado La Zisa. Allí, al pie de las armas de España, se leen estos versos:

En regio timbre se precia la Zisa de tal escudo si a Palermo ofrecer pudo glorias de España y de Grecia.

Pero ¿Por qué se sale con esta canción? ¿Por qué glorias de España y de Grecia? Pensad ahora que hay una pastoral castellana: la de Cervantes, la de Garcilaso, la de Montemayor, la de Fray Luis, la de San Juan de la Cruz, la de Lope. Pensad que hay una epopeya castellana desde el “Mio Cid” hasta Lepanto, hasta Rocroy.

El Imperio ha podido consolar a los hombres como una idea eterna…Ahí están nuestros escudos españoles en Sicilia. Con ellos he rezado como un rosario de coronas y de cuarteles españoles en la alegría y en la tragedia de las Dos Sicilias. Con ellos he visto mezclarse, junto a las lecciones más equilibradas y puras del arte y de la poesía clásicas, las catástrofes y los desordenes del tiempo y la naturaleza.

Etnas y Vesubios, terremotos, jardines, opulencia, miseria, Scilas y Caribdis, grandes ojos azules de las bahías, dorica pureza de los templos incólumes aun en las campiñas, versos de Virgilio y de Horacio, teoremas de Euclides, vino de Palermo en las venas, oro, plata, azul en los ojos, una gota de miel y de hiel en el paladar…Todo esto acompaña en las Dos Sicilias esa odisea del espíritu que va entre cataclismos y riesgos, claridades, reposos, maravillas y abominaciones. Todo en un mármol lo soporta, lo supera y lo resume aquella Psiche griega del Museo de Nápoles, dulce y extraña enamorada del amor, divina mutilada y sonriente. De ella pude acordar ante la torre casi derruida de Castellamare, en Palermo, una fina puerta de arco rebajado, hermana de las de Toledo y Alcalá, sostiene las armas reales. El sol de mediodía da, como en el rostro de un cuadrante solar, en el viejo escudo de España. Sobre el intenso azul del mar, aquietado en el cerco de oro de los montes, flotan, como pétalos en una copa, las embarcaciones pintadas a la antigua, de colores claros. Bajo las nubes blancas, que desunen ya de su cortejo matinal de bodas, el escudo del Rey Fernando y de la Reina Isabel casi brilla en el mármol donde fue sobriamente inciso sin escarolados follajes. A los flancos lleva esculpidos –invención de Antonio Nebrija– el yugo del buey y el haz de flechas. ¡Escudos españoles de Sicilia! Ellos dicen que tuvimos alguna parte en la idea humana, virgiliana, clásica y cristiana del Imperio. Se quiso defender con ellos una unicidad, una civilización, una religión, una cultura, una católica y romana pastoral de los Cárpatos a los Andes, un concierto de pueblos superiores... Ellos dicen cómo supimos continuar el discurso milenario de las armas y de las letras, cómo invocamos, hasta donde nos fue posible, en la larga pelea, el socorro de las musas; cómo dimos nuestra odisea de ultramar y nuestra Edad de Oro; cómo ensayamos no sólo humillar y oprimir a los pueblos –según se nos reprocha–, sino también establecer una cooperación más elevada, inteligente y generosa que la que existe ahora. Hicimos un esfuerzo por establecer una Monarquía universal, por hacer copartícipes a los pueblos en una jerarquía de las mejores... Quisimos una paz y unidad en la religión, en la cultura, en el heroísmo.

Aquí, a la tierra de Sicilia, antes que con el de las columnas del Plus Ultra, vinimos con aquel otro escudo. Trajimos, entre un yugo y un haz de flechas, los cuarteles de la nacional dinastía. Cantaba sus Geórgicas con el yugo y cantaba su Eneida con el haz. Más que ningún otro blasón se acomodaba éste a la sencillez, al consejo de Hesiodo, a la modestia, a la fuerte y templada dignidad de Itaca y de Castilla, al griego de Homero como a los latines de Isidoro y al romance de Garcilaso y de Fray Luis. Nunca tuvimos otro escudo mejor. Con su haz de flechas y su yugo arcaico él hacía pensar en la patria romana, «rica de cosechas y de héroes», que Virgilio había cantado.

Así volvía, en el escudo virgiliano de la Reina Isabel, aquel equilibrio de la pastoral y de la epopeya que pasa todavía como un sueño dorado de Cervantes. A la tierra de Cíclopes y de pastores, donde Vulcano acicalaba las armas de Aquiles y donde Minerva enseñaba a los hombres el arte de arar y de uncir los bueyes, volvía, en signos castellanos y aragoneses, el recuerdo de la lección maravillosa. En los trabajos y en los días, de España, en las mocedades de un Imperio, he aquí los símbolos sin énfasis que bastan al esfuerzo común. Significaron en sus acepciones más altas, más que predominio vanaglorioso, educación perfecta, hecha de soportar los yugos de las Ciencias y de las Artes y de afinarse en punterías y destrezas exactas de arquero.

Repongamos en el escudo yugo y haz. Si el yugo sin las flechas resulta pesado, las flechas sin el yugo corren peligro de volverse demasiado voladoras. Tornemos, más que a una política, a una disciplina, a una conducta, a un estilo, a un modo de ser, a una educación. Unamos a la laboriosidad cotidiana la audacia vigilante y el ojo seguro del sagitario.

Poco diría el yugo si sólo dijese: sujeción. Dice también instrumento para realizar la fatiga, ayuda piadosa, domesticidad, mansedumbre, coyunda sacramental de amor. Poco diría el haz si sólo dijese: la unión es la fuerza. Dice también que tiene en ligadura presta a soltarse alas de pluma y aguijones de acero.

¡Escudo virgiliano de la Reina Isabel! Haznos volar, aguijonear, arar, tender el arco en afinada puntería, espolear la yunta y el vuelo, tener una conciencia diaria del surco y de la trayectoria. Entre el yugo del buey y el haz de flechas tú podrías volverte nuestro cuadrante, en espera del Mediodía.

Rafael Sánchez Mazas

(Fragmento de una conferencia dada en Santander y publicada
por el Boletín de la «Biblioteca Menéndez y Pelayo» en 1927.)

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