jueves, 3 de julio de 2008

Konrad Lorenz "Los ocho pecados mortales de la humanidad civilizada"



La impresionante mayoría de las personas actualmente vivas percibe como valor tan sólo aquello que resulta exitoso y apropiado para sobrepasar al prójimo en la competencia despiadada. Cualquier medio que sirva a este fin aparece engañosamente como un valor en si mismo. Es posible definir al devastador error del utilitarismo como la substitución del fin por los medios. El dinero, originalmente, es un medio; el idioma coloquial todavía lo sabe, ya que se dice de tal o cual persona que “tiene los medios”. Pero ¿cuántas personas quedan todavía que consiguen entenderme en absoluto cuando les quiero explicar que el dinero, en si mismo, no representa valor alguno? Exactamente lo mismo sucede con el tiempo. La expresión “time is money” [5] le dice a todo aquél que considera al dinero como un valor absoluto que lo mismo vale para cada segundo de tiempo ahorrado. Cuando se puede construir un avión que habrá de sobrevolar el Atlántico en un tiempo algo menor que los aviones actuales, nadie se pregunta qué precio se pagará por ello a través de aeropuertos con pistas más largas y mayores velocidades de despegue y aterrizaje con su correspondiente mayor riesgo y mayor ruido. El ganar media hora es, a los ojos de todo el mundo, un valor en si mismo y, para conseguirlo, ningún sacrificio puede ser demasiado grande [6] . Todas las fábricas automotrices deben ocuparse de que los nuevos modelos sean un poco más veloces que los anteriores. Con ello, todas las calles deben ser ensanchadas, cada curva debe ser reconstruida, supuestamente por una cuestión de mayor seguridad pero, en realidad, para que podamos manejar tan sólo un poquito más rápido y, también, de un modo un poquito más peligroso.

Sería cuestión de preguntarse qué es lo que le causa un mayor daño al alma de la humanidad: si la codicia enceguecedora o el apuro devastador. Pero, sea cual fuere el más dañino, está en la orientación de los dueños del poder de todas las tendencias políticas promoverlos a ambos y aumentar hasta la hipertrofia las motivaciones que impulsan a las personas a ser competitivas. Por lo que yo sé, todavía no existe un análisis de psicología profunda de estas motivaciones pero creo altamente probable que, aparte de la avidez por propiedades materiales o por una posición jerárquica social más elevada, o ambas a la vez, también el miedo juega un papel muy esencial. Miedo a ser superado en la competencia, miedo al empobrecimiento, miedo a tomar decisiones equivocadas y a no estar – o a ya no poder estar – a la altura de toda la apremiante situación. El miedo en todas sus formas es con toda seguridad el factor más esencial que mina la salud del hombre moderno produciéndole alta presión arterial, genuina atrofia renal, infarto cardíaco prematuro y placeres similares. La persona ansiosa seguramente no está tentada solamente por la codicia. Las más fuertes tentaciones no podrían llevarlo a dañarse a si mismo de una forma tan enérgica. Está impulsado, y lo que lo impulsa sólo puede ser miedo

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