miércoles, 2 de julio de 2008

Frederic Hölderlin


PLEGARIA


Oh dulce esperanza, activa y bienhechora,
tú que no menosprecias la morada del triste,
y condesciendes a servir de intermediaria
entre los mortales y las fuerzas celestiales,

¿dónde estás? Poco he vivido, mas ya siento
el destemplado hálito del atardecer.
Y ya me ves, taciturno, parecido a las sombras,
mientras mi corazón enmudecido
con escalofríos se adormece en el pecho.

Al valle verde donde el manantial fresco
baja cada día zumbando la montaña,
donde se abre el cólquico delicado bajo la luz
otoñal, es allí, esos apacibles lugares

adonde iré a buscarte, ¡oh Propicia!
O quizás a medianoche, cuando una vida invisible
anima la floresta y sobre mí centellean,
flores siempre dichosas, las estrellas fijas.

¡Hija del Éter, aparece pronto!
¡Sal de paternos jardines! Y si no puedes
prometerme una dicha propia del humano,
¡qué otro estremecimiento recorre mi pecho!

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