domingo, 13 de julio de 2008

Ernst Jünger


Perdidos en la vastedad del paisaje, y separados de mí por una gran distancia, los acontecimientos que allá abajo se desarrollaban tenían un aspecto inofensivo y diminuto; me extrañó que aquella arboleda me hubiera impresionado tanto el día anterior. Si existiera un gran ser al que no le costase ningún esfuerzo abarcar de una sola mirada el espacio que desde los Alpes se extiende hasta el mar, vería todo aquel trajín como una graciosa batalla de hormigas, como un suave martilleo en una misma obra. Pero nosotros vemos únicamente una parcela minúscula, y por eso nuestro pequeño Destino nos aplasta y la Muerte se nos aparece con una figura terrible. Tan sólo podemos conjeturar que estas cosas que aquí ocurren forman parte de un gran orden, y que en algún lugar se anudan, para formar un sentido cuya unidad se nos escapa, esos hilos de los cuales pendemos y en cuyo extremo realizamos contorsiones aparentemente absurdas e incoherentes.

Tormentas de Acero

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