sábado, 12 de julio de 2008

Chesterton


Para empezar, tomen ustedes el caso más obvio del materialismo. Como explicación del mundo, el materialismo tiene una especie de simpleza demencial. Posee justo la misma cualidad que el argumento del loco; nos produce la misma sensación de abarcarlo todo y de excluirlo todo simultáneamente. Contemplen a un materialista capaz y sincero como por ejemplo McCabe, y tendrán exactamente esa inigualable sensación. McCabe lo entiende todo, y parece que nada vale la pena ser entendido. Su cosmos podrá estar completo en cada remache y en cada engranaje, pero aún así sigue siendo más pequeño que nuestro mundo. De algún modo, su esquema, como el lúcido esquema del loco, parece no tomar conciencia de las energías externas y de la enorme indiferencia del mundo; su esquema no contiene un pensamiento sobre las cosas reales del mundo tales como la lucha contra otros pueblos, o las madres orgullosas, o el primer amor, o el miedo de navegar por el mar. Su tierra es tan enorme y su cosmos es tan diminuto. Su cosmos es algo así como el agujero más pequeño en el cual el hombre puede esconder la cabeza.

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