martes, 9 de junio de 2015

Son Rojos, son verdes y son todos progresistas!




Hacemos una bonita broma y os contamos una historia


Bailamos y mientras tanto activamos la memoria


Os queremos describir a ciertos figurines


Que han hecho de Italia este conjunto de ruinas


Primero eran compañeros, ya no sabemos que son,


Mas si estas atento, veras, los reconocerás,


Si les quitas el tapón veras como se desinflan como un globo



Son Rojos, son verdes y son todos progresistas!


Ya no podemos mas, saquemoslos de aquí


Necesitamos aire nuevo pues no podemos respirar


Contaminan todo, con su progresismo hacen el mal



Se quedaron unos pocos, los ladrillos más duros


Los puros de la lucha, proletarios con seguro


Son sucios, son malvados, hijos de la autonomía


Y juegan a la guerra protegidos por la policía


Mas si alguien dice “pillemosles aquí”


Ellos montan el escándalo y se van llorando a su mama


Patalean y gimen sin aliento


Para llegar a casa con el sueldo del Estado



Son Rojos, son verdes y son todos progresistas!


Ya no podemos mas, saquemoslos de aquí


Necesitamos aire nuevo pues no podemos respirar


Contaminan todo, con su progresismo hacen el mal



Los peces gordos, la clase dirigente


Los maestros del pensamiento de la Italia emergente


Fueron finos hace poco, en pleno socialismo,


Incautaron a manos llenas el tesoro del craxismo


Cogieron al gran maestro con las manos dentro del saco


Renegaron de todo y lo cedieron como un paquete


Para mantener el dinero de las delegaciones


Tratando a los italianos como una manada de imbeciles



Son Rojos, son verdes y son todos progresistas!


Ya no podemos mas, saquemoslos de aquí


Necesitamos aire nuevo pues no podemos respirar


Contaminan todo, con su progresismo hacen el mal



Abramos las fronteras a todos los desesperados


Persiguiendo un espejismo, para que luego sean los más explotados


La criada a precios bajos, el trabajador clandestino


Les aseguran a todos con un alquiler especulativo


Se les ceden dormitorios o con el hambre en su corazón


una carrera asegurada para convertirse en traficantes de drogas


Y así les hacemos duros e hijos de la libertad


Y nos venden todo esto como la solidaridad?



Son Rojos, son verdes y son todos progresistas!


Ya no podemos mas, saquemoslos de aquí


Necesitamos aire nuevo pues no podemos respirar


Contaminan todo, con su progresismo hacen el mal



Mas en la Italia invadida la mayor grasa de comensales


Son los pensadores de la izquierda intelectual


Que con un poco de Karl Marx y con mucho antifascismo


Han hecho su carrera, conseguido dinero y nepotismo


Y dan en las tertulias discursos y shows en las televisiones


Sonríen al poder para conseguirse las pensiónes


Las sillas en las cátedras de las escuelas y universidades


Han construido una cultura a base de rebuznos y charlatanería



Son Rojos, son verdes y son todos progresistas!


Ya no podemos mas, saquemoslos de aquí


Necesitamos aire nuevo pues no podemos respirar


Contaminan todo, con su progresismo hacen el mal

martes, 15 de enero de 2013

Poema de Dionisio Ridruejo

UMBRAL DE LA MADUREZ




(ELEGÍA DESPUÉS DE LOS TREINTA AÑOS)



Recuerda, camarada, aquellos días que nos están envejeciendo,



aquellos que han anticipado nuestra desalentada prudencia.



No llores, no maldigas, no te vuelvas airado contra tu corazón.



No era ciertamente la vida lo que se te ha escapado de las manos



como el agua, como el aire o como el fuego



dejándote en cenizas.



Era menos y más que la vida



era el resol de eternidad que sólo al joven le es dado entrever,



porque sólo él sabe que el tiempo es corto y el espacio pobre



cuando su corazón ha creado otro reino distinto.



Lo sabe y lo propone negándose a la vida,



viviendo en su morada de espejos y creando



con barro de la nada el cosmos de una sospecha que ignora.



Porque el joven todavía no es hombre,



todavía late unido a la milagrosa placenta,



todavía es un dios, pero un dios desterrado



que sigue soñando y con su sueño maravilla al destierro.



No llores, no maldigas; recuerda simplemente.



Puesto que ya eres hombre compórtate como hombre



y recuenta los hechos ligándote a tu vida.



Recuerda aquellos días: morir era tan bello



como vivir:



vida y muerte eran fuente de glorias semejantes.



Recuérdalo; era cierto:



los verbos te servían como caballos de combate,



los adjetivos no llegaban a teñir del color verdadero tus cimeras



y los nombres eran puros clarines



sin dependencia de los objetos.



Recuérdalo: creabas; tu voz iba a las aguas extendidas



y emergían alegres continentes impacientes de ser



o se abrían caminos para que los cruzase el pueblo de Dios.



Y tú ibas con el pueblo llevando tu bandera,



pero ninguna compañía alcanzaba a turbarte,



porque todas las almas estaban en la tuya.



Recuerda solamente:



tus sentidos eran como celdillas de colmena;



cada sabor y cada luz, cada sonido,



cada dureza o extensión y cada aroma



hallaban aposento a su medida



y el todo era un puro embeleso geométrico



que destilaba miel hacia tu corazón.



Había, sí, dolor punzante e ira sagrada



y también confusión, perplejidad y horror,



pero eran como pasmos que injertaban misterio



y espuelas que incitaban el salto a una potencia perseverante.



¡Qué maleables eran la riqueza y el lujo!



¡Qué dóciles el hambre, el amor y el poder!



Un orden levantaba su castillo



y tu fiereza generosa



apaleaba a la humanidad para llevarla a su cercado.



¡Oh castillos del aire!



Luchabas, sí, luchabas.



Recuerda solamente.



Era todo verdad. El amor era aquello:



la ansiedad fundidora de la única belleza.



¡La patria! Sí, la patria



no eran estos millones de rudos desacuerdos forjándose la vida,



sino el cetro surgido en el puño radiante,



la espada justiciera, vencedora, infalible.



El mundo era un empeño que tenía su forma



no del todo acabada ni evidente



poniendo a lo perfecto la sal de lo futuro.



La guerra era una luz flamante e imperiosa,



una excelsa bandera que libraba de hedor a los muertos.



La vida, en fin, la vida…



No, no andabas en sueños por campos y por plazas.



Pero recuerda solamente.



Cuando tu adolescencia contenida te sacaba a los prados



era bastante el álamo para seguir viviendo,



el álamo en el cielo, entre torre y fantasma,



del todo semejante al talle más querido.



Porque era y lucía y solamente era.



Ahora, en cambio, distingues de las hojas del álamo



las del chopo y las briznas de romero



de las de los cipreses que limitan tu huerta



llena, llena de frutos y de diversidades.



Antes, desde su idea bajabas a las cosas;



ahora vagas por entre aquellas cosas que existen, que te llevan,



que te piden un nombre singular y preciso.



Todo es ya piedra a piedra, poso a poso y despacio.



El desencanto es diáfano, la humildad es tu curso.



El tiempo de la paz y de los goces, pero no de los mitos.



Mas espera: dentro del pecho el grano hará granero.



Te ayudará tu Dios. Tú habrás pasado,



pero tu juventud no habrá sido un ensueño,



porque la muerte es joven.



La vida es, camarada…



Pero ahora recuerda, solamente recuerda.



Sea tu compasión sin llanto y sin reproche,



y sea, sobre todo, sin magisterio vano.



No clames tu experiencia.



Es tiempo de silencio y destreza piadosa.



Sobre todo no quieras escarmentar ahora



al que viene detrás y va por su camino.



¡Oh!, no enseñes al joven;



no le digas mostrando tu pequeña impotencia:



«Mirad, jóvenes, ésta, la verdad de la vida».



Que no sepan por ti… Pero no sabrán nada;



sus ojos no te ven, sus oídos no escuchan.



Míralos como llegan aureolados, puros:



aquel que se dispone como tú en otro tiempo



a vestir castamente la armadura,



y aquel que viene envuelto



en un manto de nieblas melancólicas, chispeando sus ojos,



y aquel que se ha vestido las mallas delicadas del placer sin cautela.



Ellos sabrán por sí y a costa de su sangre.



Que transiten sin huella su pavimento de diamante virgen,



que impongan el esquife de oro a las ondas bravías,



que no emplome sus alas la prudencia ni el desengaño.



No ahorres dolor al que aún es omnipotente.



Tú sigue tu camino, construyendo,



hora a hora, brote a brote, grano a grano, alma a alma,



el penoso edificio de tus realidades.



Cree, espera y recuerda,



recuerda solamente, porque el recuerdo es claro,



y como piedra oculta va haciéndote en un ser indestructible.



Y si has de llorar vertiendo las cenizas de tu sangre



sobre las cenizas del empeño maltrecho y remoto



busca la soledad y ríndete en silencio.



Clama a tu corazón de rodillas: ¡Dios mío!



viernes, 5 de octubre de 2012

TEXTO POR LA UNIDAD DE ESPAÑA

 

Si España no es para los españoles una realidad sobre la que resulte imposible abrir discusión, es que España no existe como una Patria. No hay Patria si dentro de ella, dentro de sus contornos, aparecen encajadas de un modo normal y público ideas y gentes contrarias a su existencia misma. Pues estas últimas son por definición las características de lo que hay fuera, de lo extranjero, de lo presunto enemigo.

La unidad de España es la más antigua unidad nacional que se hizo en Europa. Gracias a esa delantera histórica en el proceso de formación de las nacionalidades modernas, España fue durante el siglo XVI el pueblo más culto, más fuerte y más rico del mundo. Cuando otros pueblos europeos iban creando con dificultades su unidad, iban acumulando y descubriendo sus ingredientes nacionales, España había superado ya esa inicial etapa e iba camino de ser un Imperio potentísimo.

La unidad nacional española ha sido realmente la que hizo posible nuestro mejor pasado. Pero su misión no es sólo la de explicar y justificar la historia, sino la de existir precisamente hoy como pilar básico de la España de nuestros días, como elemento primordial y fundamental de la España entera.

Evidentemente, la afirmación de la unidad está a la cabeza de las reivindicaciones revolucionarias de la juventud nacional. Mientras  siga creyendo una gran porción de españoles que el proceso disgregador de la periferia es una simple disputa por la forma que debe adoptar el estado, la unidad nacional estará en permanente peligro de ser vencida. (Y estar en peligro es ya en muchos aspectos no existir como tal.) Pues las erupciones autonomistas de Cataluña y Vasconia se encuentran en la misma línea de liquidación y descomposición de España que ha seguido el derrumbamiento del Imperio, desde Rocroy a 1898. No es una casualidad que hayan surgido como fenómenos inquietantes después de esta última fecha, es decir, una vez cerrada y conclusa la disgregación ultramarina, como si el cáncer histórico se dispusiera a hincar el diente en la unidad de los territorios peninsulares.

España tiene en regla todas las ejecutorias históricas precisas para mantener su unidad. Esta fue hecha en el siglo XV por los únicos poderes que entonces representaban la voluntad política de todos los españoles, dando así satisfacción, no sólo a afanes de su propio tiempo, sino al hermoso sueño de una unidad que tenían todos los hispanos desde la época romana.

Ahora bien, lo que hoy interesa no son precisamente las ejecutorias de orden histórico. La lucha actual por la unidad no se libra entre dos grupos de historiadores ni de juristas. Y puesto que, por las razones que sean, los núcleos afectos a la tesis disgregadora constituyen fuerzas actuantes, mueven resortes políticos poderosos y han logrado un amplio y peligrosísimo cortejo de moderados que transigen y hacen concesiones, el problema está íntegro en manos de esa palanca voluntariosamente decisiva a que, en último extremo, apelan los pueblos para justificar su existencia histórica.

Pues todo indica que la lucha por la unidad tiene el carácter de una lucha por la existencia de España. Estamos quizá ante la necesidad de que España revalide sus títulos. Exactamente como en 1808, si bien ahora quienes le plantean cuestión tan grave no son extranjeros, sino españoles descarriados, estrechos de espíritu y de mentalidad, inferiores a la misión de España y a la grandeza de su futuro.

El problema actual de la unidad requiere una solución voluntariosa, es decir, de imposición de una voluntad firme, expresada y cumplida por quienes conquisten el derecho a conseguir la permanencia histórica de España. Por eso, y sólo por eso, es una consigna revolucionaria y no una orden del día electoral. No creemos, naturalmente, como Renán, que las naciones sean un continuo y permanente plebiscito, sino al contrario, que tienen sus raíces más allá y más acá de los seres de cada día. Pero España, por causas ajenas a nosotros, quiero decir a las generaciones recién llegadas, tiene realmente en cuestión su unidad, su propia existencia para nosotros. Y por tanto, se nos plantea el problema de resolverla y conquistarla.

Y he aquí cómo la misma agudización y agravación de nuestro problema nacional, ese de estar y permanecer como marchitos y ausentes desde hace más de doscientos años, va a proporcionarnos una coyuntura segura de resurgimiento. Porque la trayectoria que siguen las fuerzas disgregadoras es algo que no puede ser vencido ni detenido sino a través de una guerra, es decir, a través de una revolución.

La unidad no puede consistir en una simple destrucción de los afanes separatistas que hoy alientan en Cataluña y Vasconia, aunque tenga que triunfar violentamente sobre ellos: pues España tiene que representar y ser para todos los españoles una realidad viva, actuante y presente. Tiene que ser una fuerza moral profunda, un poder histórico que arrastre tras de sí el aliento optimista de la nación entera.

La unidad de España se nos presenta hoy como el primer y más valioso objetivo de las juventudes. La unidad en peligro, deficiente y a medias, no puede ser aceptada un solo minuto con resignación, no puede ser conllevada. Sin la unidad, careceremos siempre los españoles de un andamiaje seguro sobre el que podamos disponernos a edificar en serio nada. Así, hasta que no se logre la unificación verdadera, hasta que no queden desprovistas de raíces las fuerzas que hoy postulan el relajamiento de los vínculos nacionales, seguirá viviendo el pueblo español su triste destino de pueblo vencido, sin dignidad histórica ni libertad auténtica.

La defensa de una política de concesiones a los núcleos regionales que piden y reclaman autonomías equivale a defender el proceso histórico de la descomposición española. Equivale a mostrarse conformes con lo peor de nuestro pasado, como deseosos de que sea permanente nuestra derrota. Equivale a una actitud de rubor y de vergüenza por haber sido España algún día un Imperio. Equivale de hecho a creer que España es una monstruosa equivocación de la historia, siendo por tanto magnífico ir desmantelándola piedra a piedra hasta su aniquilamiento absoluto.

La defensa de la unidad de España no puede obedecer sólo —aunque en muchos casos sea suficiente este afán— al deseo de impedir que un pueblo se fraccione y desaparezca, es decir, muera, lo que desde luego es un espectáculo angustioso para cualquier patriota, sino que obedece a una necesidad de los españoles que hoy vivimos, algo que si no tenemos y poseemos nos reduce a una categoría humana despreciable, inferior y vergonzosa. De ahí que la unidad no sea una consigna conservadora, a la defensiva, sino una consigna revolucionaria, necesidad de hoy y de mañana.


Ramiro Ledesma Ramos

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Surcos (1951 pelicula basada en una idea de Eugenio Montes)


Hasta las últimas aldeas, llegan las sugestiones de la ciudad convidando a los labradores a desertar del terruño, con promesas de faciles riquezas.
Recibiendo de la urbe tentaciones sin preparación para resistirlas y conducirlas. estos campesinos que han perdido el campo y no han ganado la muy dificil civilización son árboles sin raices, astillas de suburbio, que la vida destroza y corrompe. Esto constituye el mas doloroso problema de nuestro tiempo.
Eugenio Montes
 

martes, 28 de agosto de 2012

desmontar el armatoste


 
A nosotros no nos emociona, ni poco ni mucho, esa patriotería zarzuelera que se regodea con las mediocridades, con las mezquindades presentes de España y con las interpretaciones gruesas del pasado. Nosotros amamos a España porque no nos gusta. Los que aman a su patria porque les gusta la aman con una voluntad de contacto, la aman física, sensualmente. Nosotros la amamos con una voluntad de perfección. Nosotros no amamos a esta ruina, a esta decadencia de nuestra España física de ahora. Nosotros amamos a la eterna e inconmovible metafísica de España.

La base de convivencia humana, la base material para el asentamiento del pueblo español, también está pendiente desde hace siglos.

El fenómeno de la quiebra del capitalismo es universal. No es ésta la ocasión de que yo hable de él en sus caracteres técnicos. Ya hemos tenido sobre ello otras comunicaciones. Ante otros auditorios, en otras circunstancias, he hablado de esto más por menudo. Hoy, ante todos vosotros, sólo quiero fijar el valor de algunas palabras para que no os las deformen.

Cuando hablamos del capitalismo — ya lo sabéis todos — no hablamos de la propiedad. La propiedad privada es lo contrario del capitalismo; la propiedad es la proyección directa del hombre sobre sus cosas: es un atributo elemental humano. El capitalismo ha ido sustituyendo esta propiedad del hombre por la propiedad del capital, del instrumento técnico de dominación económica. El capitalismo, mediante la competencia terrible y desigual del capital grande contra la propiedad pequeña, ha ido anulando el artesanado, la pequeña industria, la pequeña agricultura: ha ido colocando todo — y va colocándolo cada vez más — en poder de los grandes trusts, de los grandes grupos bancarios. El capitalismo reduce el final a la misma situación de angustia, a la misma situación infrahumana del hombre desprendido de todos sus atributos, de todo el contenido de su existencia, a los patronos y a los obreros, a los trabajadores y a los empresarios. Y esto sí que quisiera que quedase bien grabado en la mente de todos; es hora ya de que no nos prestemos al equívoco de que se presente a los partidos obreros como partidos antipatronales o se presente a los grupos patronales como contrarios, como adversarios, en la lucha con los obreros. Los obreros, los empresarios, los técnicos, los organizadores, forman la trama total de la producción, y hay un sistema capitalista que con el crédito caro, que con los privilegios abusivos de accionistas y obligacionistas, se lleva, sin trabajar, la mejor parte de la producción, y hunde y empobrece por igual a los patronos, a los empresarios, a los organizadores y a los obreros.

Pensad a lo que ha venido a quedar reducido el hombre europeo por obra del capitalismo. Ya no tiene casa, ya no tiene patrimonio, ya no tiene individualidad, ya no tiene habilidad artesana, ya es un simple número de aglomeraciones. Hay por ahí demagogos de izquierda que hablan contra la propiedad feudal y dicen que los obreros viven como esclavos. Pues bien: nosotros, que no cultivamos ninguna demagogia, podemos decir que la propiedad feudal era mucho mejor que la propiedad capitalista y que los obreros están peor que los esclavos. La propiedad feudal imponía al señor, al tiempo que le daba derechos, una serie de cargas; tenía que atender a la defensa y aun a la manutención de sus súbditos. La propiedad capitalista es fría e implacable: en el mejor de los casos, no cobra la renta, pero se desentiende del destino de los sometidos. Y en cuanto a los esclavos, éstos eran un elemento patrimonial en la fortuna del señor; el señor tenía que cuidar de que el esclavo no se muriese, porque el esclavo le costaba el dinero, como una máquina, como un caballo, mientras que ahora se muere un obrero y saben los grandes señores de la industria capitalista que tienen cientos de miles de famélicos esperando a la puerta para sustituirle.
Una figura, en parte torva y en parte atrayente, la figura de Carlos Marx, vaticinó todo este espectáculo a que estamos asistiendo, de la crisis del capitalismo. Ahora todos nos hablan por ahí de si son marxistas o si son antimarxistas. Yo os pregunto, con ese rigor de examen de conciencia que estoy comunicando a mis palabras: ¿Qué quiere decir el ser antimarxista? ¿Quiere decir que no apetece el cumplimiento de las previsiones de Marx? Entonces estamos todos de acuerdo. ¿Quiere decir que se equivocó Marx en sus previsiones? Entonces los que se equivocan son los que le achacan ese error.

Las previsiones de Marx se vienen cumpliendo más o menos de prisa, pero implacablemente. Se va a la concentración de capitales; se va a la proletarización de las masas, y se va, como final de todo, a la revolución social, que tendrá un durísimo período de dictadura comunista. Y esta dictadura comunista tiene que horrorizarnos a nosotros, europeos, occidentales, cristianos, porque ésta sí que es la terrible negación del hombre; esto sí que es la asunción del hombre en una inmensa masa amorfa, donde se pierde la individualidad, donde se diluye la vestidura corpórea de cada alma individual y eterna. Notad bien que por eso somos antimarxistas; que somos antimarxistas porque nos horroriza, como horroriza a todo occidental, a todo cristiano, a todo europeo, patrono o proletario, esto de ser como un animal inferior en un hormiguero. Y nos horroriza porque sabemos algo de ello por el capitalismo; también el capitalismo es internacional y materialista. Por eso no queremos ni lo uno ni lo otro; por eso queremos evitar — porque creemos en su aserto — el cumplimiento de las profecías de Carlos Marx. Pero lo queremos resueltamente; no lo queremos como esos partidos antimarxistas que andan por ahí y creen que el cumplimiento inexorable de unas leyes económicas e históricas se atenúa diciendo a los obreros unas buenas palabras y mandándoles unos abriguitos de punto para sus niños.

Si se tiene la seria voluntad de impedir que lleguen los resultados previstos en el vaticinio marxista, no hay más remedio que desmontar el armatoste cuyo funcionamiento lleva implacablemente a esas consecuencias: desmontar el armatoste capitalista que conduce a la revolución social, a la dictadura rusa.

Orientaciones VIII

VIII

En un análogo orden de ideas debe ser precisado otro punto. Se trata de la posición que se debe tomar frente al nacionalismo y a la idea genérica de patria. Esto es especialmente oportuno en cuanto que hoy, muchos, intentando salvar aun lo que puede ser salvado, querrían hacer valer de nuevo una concepción romántica, sentimental y al mismo tiempo naturalista de la nación, idea extraña a la más alta tradición política europea y poco conciliable con la misma concepción del Estado de la que se ha hablado. Concretamente hablando, dado que se asiste en nuestros días a la formación de grandes bloques internacionales definidos por una idea, no se puede entender que algunos puedan insistir en la formula de una piadosa “pacificación nacional” y de una “solidaridad de los hijos de una tierra común”, cuando hemos visto cómo la idea de patria ha podido ser invocada entre los nuestros retórica e hipócritamente, por las facciones más opuestas, e incluso por quienes están a sueldo de la subversión roja (12). Pero más esencial es la cuestión de principio. El plano político, en tanto que tal, es el de las unidades superiores con respecto a las unidades definidas en términos naturalistas, como es el caso de aquellas que corresponden a las nociones genéricas de nación, patria y pueblo. En este plano superior, lo que une y divide es la idea, una idea encarnada por una determinada elite y tendente a concretarse en el Estado. Por ello, la doctrina fascista -fiel en ello a la mejor tradición política europea-, otorga a la Idea y al Estado la primacía sobre la nación y el pueblo, y estima que nación y pueblo no adquieren un sentido y una forma y no participan en un grado superior de existencia más que en el interior del Estado. Justamente, es en períodos de crisis como el actual que es necesario mantenerse firmes en esta doctrina. Es en la Idea donde debe ser reconocida nuestra verdadera patria. Lo que cuenta hoy no es el hecho de pertenecer a una misma tierra o de hablar una misma lengua, sino el hecho de compartir la misma idea. Tal es la base, el punto de partida. A la unidad colectivista de la nación -des enfants de la patrie- (13)en la forma en que ha predominado cada vez más a partir de la revolución jacobina, oponemos algo que se asemeje a una Orden, hombres fieles a los principios, testimonios de una autoridad y de una legitimidad superiores procedentes precisamente de la Idea. Aunque hoy seria deseable, en cuanto a los fines prácticos se refiere, avanzar hacia una nueva solidaridad nacional, no se debe descender, para alcanzarla, a ningún tipo de compromiso; la condición sin la cual todo resultado sería ilusorio es que se aísle y tome forma un frente definido por la Idea, en tanto que idea política y visión de la existencia. Otro camino, hoy en día, no existe: es necesario que, de entre las ruinas, se renueve el proceso de los orígenes, aquel que, basado en las elites y en un símbolo de soberanía y de autoridad, hizo unirse a los pueblos dentro de los grandes Estados tradicionales, como otras tantas formas surgiendo de lo informe. No se debe entender que este realismo de la idea significa mantenerse en un plano que es, en el fondo, infrapolítico: el plano del naturalismo y del sentimentalismo, por no decir claramente el de la retórica patriotera.

Y en el caso de que quisiéramos igualmente apoyar nuestra idea en las tradiciones nacionales, habría que estar atentos, pues existe toda una “historia nacional” de inspiración masónica y antitradicional especializada en atribuir el carácter nacional italiano a los aspectos más problemáticos de la historia de Italia, comenzando con la rebelión de las Comunas apoyadas por el güelfismo. Así, toma relieve una “italianidad” tendenciosa, en la cual nosotros, que hemos escogido el símbolo romano, no podemos ni queremos reconocernos. Esa “italianidad” se la dejamos, con mucho gusto, a quienes, con la “liberación” y el movimiento partisano, han celebrado el “segundo Risorgimiento”.

Idea, Orden, elite, Estado, hombres de Orden. Éstos son los términos en los que debe mantenerse la línea fundamental, mientras sea posible.

lunes, 9 de julio de 2012

Retorno a lo abierto


Seleccionar el centro neurálgico

Prisionera de los tópicos, embotellada en callejones sin salida, agarrotada detrás de los caciques, envenenada por envidias, rencores, maledicencias, el área de los “puros” no puede ir a ninguna parte, a no ser que sus miembros más vitales me muevan autónomamente, de forma ágil y directa. Solo de una libre asunción de posiciones, de acción, de afirmación, de las partes vitales, puede partir un sentido de pertenencia articulado que esté basado en la reciprocidad, premisa indispensable para el advenimiento de un sistema de fuerzas corsarias. Dejando atrás prejuicios y obstáculos y cursando relaciones preferenciales sobre dos bases: las de la calidad de los hombres y las del cometido objetivo. ¡Basta ya de etiquetas de buenos y malos! Aquí en el Lacio existen fuerzas militantes del PDL que dan lecciones a muchos, a casi todos, sea de estilo, sea de fidelidad al fascismo en todas sus manifestaciones  (incluyendo la dedicatoria de calles o plazas a Ettore Mutti o Alessandro Pavolini), que dan lecciones de militancia, de lealtad, de dedicación, de solidaridad. La lista es larga…

Han de abandonarse y superarse tanto la hemiplejia del presunto purismo como la presunción de quien desde el borde de la calle reparte patentes: pero considerados pros y contras…

De aquí se deduce que la atención sinérgica fuera del área de la derecha radical   propiamente dicha tiene que privilegiar a las bases militantes y a diferentes cuadros militantes del partido exmisino, pero la dialéctica política para encontrar apoyos tiene que orientarse hacia exponentes de distinta matriz. No se puede realizar un razonamiento sistémico sin incurrir en errores de demasiada simplificación, pero no se pueden no ignorar las premisas que he expuesto a)existen componentes serios en PDL que nada tienen que aprender de la derecha extrema, ni siquiera en el plano ético b) se trata de miembros jóvenes pero también de cuadros c) los representantes institucionales más abiertos al debate no proceden solamente de AN. Así pues, en una lógica de comunicación y estrategia se debe tener en cuenta también lo que esta mas allá de las dos hojas hechas pedazos de la espada neofascista (AN y extrema derecha) y se ha de pensar en correas de transmisión con los ambientes populistas menos acomplejados

¿Significa esto que es mejor el PDL que la extrema derecha? Políticamente si, si se tienen en cuenta los dirigentes las perspectivas y hasta los programas. Pero yo persisto en no elegir una sopera en vez de otra, respetando siempre todas las que contienen un buen caldo, y en proponer un paso ulterior que consiste en el abrir los horizontes mentales para la constitución de un centro neurálgico autónomo, completamente nuevo. Para el afianzamiento de un sistema de fuerzas realmente transversal e incidental(Ni partidista ni extra partidista sino orgánicamente mixto), que sepa ser minoría cualificada e innovadora en mensajes, imágenes y pensamientos.

Y al trabajar por este objetivo es necesario tener muy presente que a este lado de la artificial empalizada que permite a los caciques apacentar y que agarrota y neutraliza las energías, existen notables comunidades que tienen mucho que dar y enseñar, aunque sea con medidas y cualidades diferentes: desde Casa Pound a la OSA, desde Cuore Nero a secciones locales de Fiamma, por no hablar de muchas realidades locales autónomas repartidas por la península…

Todas estas realidades, a ambos lados de la línea ficticia deberían confluir, manteniendo la debida autonomía y los soportes jerárquicos, no en contenedores o federación sino en proyectos reales que vinculen a los militantes mas allá…

Retorno a lo abierto

¿Qué es lo que puede unir sino algunas ocasiones de lucha y construcción? Lucha por una identidad que se situé a la cabeza de las nuevas tendencias de la época y no a la cola de los teatrillos de la periferia. Después: un empeño por trasladar todas las enseñanzas del pasado, todos los principios, tanto en la cotidianidad de los individuos y de la comunidad como en las propuestas de ley y en ejemplos vividos de nuevas afirmaciones éticas y sociales… no vivir en ceremonias tribales y monopolizarlas , sino por compartir con los demás…Volvamos a lo abierto y disputemos a quien ha intentado hacerse con él, el monopolio de las luchas, sin taparnos la nariz ni temor a la comparación. Y hagámoslo como se debe y de la única manera que se puede hacer: imponiéndonos con firme dulzura y no con ostentación huraña y agresiva; a la calle se va para comunicar, recoger, crear consenso y no para asustar a los transeúntes o ajustar cuentas con el resto de protagonistas.
(Sorpasso Neuronico)

domingo, 8 de julio de 2012

No es tiempo de partidos Ideologicos


No es tiempo de partidos ideológicos

Pasar a la tortuga significa abandonar definitivamente un espejismo: la de la constitución del partido de los fascistas que va a fascistizar la sociedad. Esta via leva a un callejón sin salida y solo sirve para afianzar poltronas decrepitas, para propiciar el embarazoso ridículo que todos sentimos cuando entrevistan a alguien que dice que “nos representa”, para que nos avergoncemos de ellos irremediablemente y, por último, nos da la medida de nuestra extraordinaria y geométrica impotencia. O bien nos hace desviarnos hacia el jehovismo o el cuaquerismo del tercer milenio… No es tiempo de partidos ideologicos, ideales o confesionales. No es casualidad que la iglesia, que sabe hacer política mejor que nadie, se haya negado a bendecir el lanzamiento del partido católico y haya preferido expandir su influencia por todas las formaciones. …

Pero abandonar el espejismo del partido primo-republicano no significa abdicar…

Durante muchos años he sufrido ante la ausencia de sugerencias, de puntos firmes, de personas expertas a las que pedir consejo u orientación: he formado parte de una generación de huérfanos. Pero hoy, cuando existe quien los puede dar, no hay quien los acepte ¿Por qué? Sencillamente porque la reflexión implica el volver a poner en discusión, agita los sueños de quien vive en una rutina plana y tienen sus eslóganes pret a porter con los que entretener a los militantes, que puntualmente van cambiando porque cada dia nuevos entusiastas toman el relevo de los desengañados y agotados antes de también extenuarse, marchitarse y largarse mientras los minúsculos caciques permanecen siempre en sus puestos, sin tener ni siquiera que tatuarse sobre el codo la telaraña porque ellos son la misma telaraña …

Por lo demás ,¿Qué cabria esperar de una cultura caciquil que sin poner ningún tipo de resistencia permite que entre sus filas se expanda otra infame costumbre, y cuyo acrónimo es ICI: Insultos, calumnias, indiferencia…

Gabriele Adinolfi (Sorpasso Neuronico)

miércoles, 30 de mayo de 2012

San Fernando

"Aquí yace el Rey muy honrado Fernando, señor de Castilla y de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia e de Jaén. El que conquistó toda España; el mas leal, el mas verdadero, el mas franco e el mas apuesto, e el mas ganado, e el mas sufrido, e el mas humildoso, el que mas temía a Dios, e el que le facía servicio e el que le quebrantó y destruyó a todos sus enemigos, el el que alzó a todos sus amigos, e conquistó la ciudad de Sevilla, que es la cabeza de toda España" El epitafio lo redacta Don Alfonso X, uno de los pocos documentos verídicos de esa España legendaria de "las tres culturas". Lo manda labrar en cuatro losas de alabastro, cada una con la misma inscripción en distinto idioma y escritura: En latín, castellano, hebreo y árabe, que todavía están a un flanco y otro del altar sobre el que reposa la urna de plata del orfebre Juan Laureano de Pina, con el cuerpo incorrupto del Santo Rey Fernando 30 de mayo SAN FERNANDO III DE CASTILLA Y LEÓN († 1252) San Fernando (1198?-1252) es, sin hipérbole, el español más ilustre de uno de los siglos cenitales de la historia humana, el XIII, y una de las figuras máximas de España; quizá con Isabel la Católica la más completa de toda nuestra historia política. Es uno de esos modelos humanos que conjugan en alto grado la piedad, la prudencia y el heroísmo; uno de los injertos más felices, por así decirlo, de los dones y virtudes sobrenaturales en los dones y virtudes humanos. A diferencia de su primo carnal San Luis IX de Francia, Fernando III no conoció la derrota ni casi el fracaso. Triunfó en todas las empresas interiores y exteriores. Dios les llevó a los dos parientes a la santidad por opuestos caminos humanos; a uno bajo el signo del triunfo terreno y a otro bajo el de la desventura y el fracaso. Fernando III unió definitivamente las coronas de Castilla y León. Reconquistó casi toda Andalucía y Murcia. Los asedios de Córdoba, Jaén y Sevilla y el asalto de muchas otras plazas menores tuvieron grandeza épica. El rey moro de Granada se hizo vasallo suyo. Una primera expedición castellana entró en Africa, y nuestro rey murió cuando planeaba el paso definitivo del Estrecho. Emprendió la construcción de nuestras mejores catedrales (Burgos y Toledo ciertamente; quizá León, que se empezó en su reinado). Apaciguó sus Estados y administró justicia ejemplar en ellos. Fue tolerante con los judíos y riguroso con los apóstatas y falsos conversos. Impulsó la ciencia y consolidó las nacientes universidades. Creó la marina de guerra de Castilla. Protegió a las nacientes Ordenes mendicantes de franciscanos y dominicos y se cuidó de la honestidad y piedad de sus soldados. Preparó la codificación de nuestro derecho e instauró el idioma castellano como lengua oficial de las leyes y documentos públicos, en sustitución del latín. Parece cada vez más claro históricamente que el florecimiento jurídico, literario y hasta musical de la corte de Alfonso X el Sabio es fruto de la de su padre. Pobló y colonizó concienzudamente los territorios conquistados. Instituyó en germen los futuros Consejos del reino al designar un colegio de doce varones doctos y prudentes que le asesoraran; mas prescindió de validos. Guardó rigurosamente los pactos y palabras convenidos con sus adversarios los caudillos moros, aún frente a razones posteriores de conveniencia política nacional; en tal sentido es la antítesis caballeresca del "príncipe" de Maquiavelo. Fue, como veremos, hábil diplomático a la vez que incansable impulsor de la Reconquista. Sólo amó la guerra bajo razón de cruzada cristiana y de legítima reconquista nacional, y cumplió su firme resolución de jamás cruzar las armas con otros príncipes cristianos, agotando en ello la paciencia, la negociación y el compromiso. En la cumbre de la autoridad y del prestigio atendió de manera constante, con ternura filial, reiteradamente expresada en los diplomas oficiales, los sabios consejos de su madre excepcional, doña Berenguela. Dominó a los señores levantiscos; perdonó benignamente a los nobles que vencidos se le sometieron y honró con largueza a los fieles caudillos de sus campañas. Engrandeció el culto y la vida monástica, pero exigió la debida cooperación económica de las manos muertas eclesiásticas y feudales. Robusteció la vida municipal y redujo al límite las contribuciones económicas que necesitaban sus empresas de guerra. En tiempos de costumbres licenciosas y de desafueros dio altísimo ejemplo de pureza de vida y sacrificio personal, ganando ante sus hijos, prelados, nobles y pueblo fama unánime de santo. Como gobernante fue a la vez severo y benigno, enérgico y humilde, audaz y paciente, gentil en gracias cortesanas y puro de corazón. Encarnó, pues, con su primo San Luis IX de Francia, el dechado caballeresco de su época. Su muerte, según testimonios coetáneos, hizo que hombres y mujeres rompieran a llorar en las calles, comenzando por los guerreros. Más aún. Sabemos que arrebató el corazón de sus mismos enemigos, hasta el extremo inconcebible de lograr que algunos príncipes y reyes moros abrazaran por su ejemplo la fe cristiana. "Nada parecido hemos leído de reyes anteriores", dice la crónica contemporánea del Tudense hablando de la honestidad de sus costumbres. "Era un hombre dulce, con sentido político", confiesa Al Himyari, historiador musulmán adversario suyo. A sus exequias asistió el rey moro de Granada con cien nobles que portaban antorchas encendidas. Su nieto don Juan Manuel le designaba ya en el En-xemplo XLI "el santo et bienaventurado rey Don Fernando". Más que el consorcio de un rey y un santo en una misma persona, Fernando III fue un santo rey; es decir, un seglar, un hombre de su siglo, que alcanzó la santidad santificando su oficio. Fue mortificado y penitente, como todos los santos, pero su gran proceso de santidad lo está escribiendo, al margen de toda finalidad de panegírico, la más fría crítica histórica: es el relato documental, en crónicas y datos sueltos de diplomas, de una vida tan entregada al servicio de su pueblo por amor de Dios, y con tal diligencia, constancia y sacrificio, que pasma. San Fernando roba por ello el alma de todos los historiadores, desde sus contemporáneos e inmediatos hasta los actuales. Físicamente, murió a causa de las largas penalidades que hubo de imponerse para dirigir al frente de todo su reino una tarea que, mirada en conjunto, sobrecoge. Quizá sea ésta una de las formas de martirio más gratas a los ojos de Dios. Vemos, pues, alcanzar la santidad a un hombre que se casó dos veces, que tuvo trece hijos, que, además de férreo conquistador y justiciero gobernante, era deportista, cortesano gentil, trovador y músico. Más aún: por misteriosa providencia de Dios veneramos en los altares al hijo ilegítimo de un matrimonio real incestuoso, que fue anulado por el gran pontífice Inocencio III: el de Alfonso IX de León con su sobrina doña Berenguela, hija de Alfonso VIII, el de las Navas. Fernando III tuvo siete hijos varones y una hija de su primer matrimonio con Beatriz de Suabia, princesa alemana que los cronistas describen como "buenísima, bella, juiciosa y modesta" (optima, pulchra, sapiens et pudica), nieta del gran emperador cruzado Federico Barbarroja, y luego, sin problema político de sucesión familiar, vuelve a casarse con la francesa Juana de Ponthieu, de la que tuvo otros cinco hijos. En medio de una sociedad palaciega muy relajada su madre doña Berenguela le aconsejó un pronto matrimonio, a los veinte años de edad, y luego le sugirió el segundo. Se confió la elección de la segunda mujer a doña Blanca de Castilla, madre de San Luis. Sería conjetura poco discreta ponerse a pensar si, de no haber nacido para rey (pues por heredero le juraron ya las Cortes de León cuando tenía sólo diez años, dos después de la separación de sus padres), habría abrazado el estado eclesiástico. La vocación viene de Dios y Él le quiso lo que luego fue. Le quiso rey santo. San Fernando es un ejemplo altísimo, de los más ejemplares en la historia, de santidad seglar. Santo seglar lleno además de atractivos humanos. No fue un monje en palacio, sino galán y gentil caballero. El puntual retrato que de él nos hacen la Crónica general y el Septenario es encantador. Es el testimonio veraz de su hijo mayor, que le había tratado en la intimidad del hogar y de la corte. San Fernando era lo que hoy llamaríamos un deportista: jinete elegante, diestro en los juegos de a caballo y buen cazador. Buen jugador a las damas y el ajedrez, y de los juegos de salón. Amaba la buena música y era buen cantor. Todo esto es delicioso como soporte cultural humano de un rey guerrero, asceta y santo. Investigaciones modernas de Higinio Anglés parecen demostrar que la música rayaba en la corte de Fernando III a una altura igual o mayor que en la parisiense de su primo San Luis, tan alabada. De un hijo de nuestro rey, el infante don Sancho, sabemos que tuvo excelente voz, educada, como podemos suponer, en el hogar paterno. Era amigo de trovadores y se le atribuyen algunas cantigas, especialmente una a la Santísima Virgen. Es la afición poética, cultivada en el hogar, que heredó su hijo Alfonso X el Sabio, quien nos dice: "todas estas vertudes, et gracias, et bondades puso Dios en el Rey Fernando". Sabemos que unía a estas gentilezas elegancia de porte mesura en el andar y el hablar, apostura en el cabalgar dotes de conversación y una risueña amenidad en los ratos que concedía al esparcimiento. Las Crónicas nos lo configuran, pues, en lo humano como un gran señor europeo. El naciente arte gótico le debe en España, ya lo dijimos, sus mejores catedrales. A un género superior de elegancia pertenece la menuda noticia que incidentalmente, como detalle psicológico inestimable, debemos a su hijo: al tropezarse en los caminos, yendo a caballo, con gente de a pie torcía Fernando III por el campo, para que el polvo no molestara a los caminantes ni cegara a las acémilas. Esta escena del séquito real trotando por los polvorientos caminos castellanos y saliéndose a los barbechos detrás de su rey cuando tropezaba con campesinos la podemos imaginar con gozoso deleite del alma. Es una de las más exquisitas gentilezas imaginables en un rey elegante y caritativo. No siempre observamos hoy algo parecido en la conducta de los automovilistas con los peatones. Años después ese mismo rey, meditando un Jueves Santo la pasión de Jesucristo, pidió un barreño y una toalla y echóse a lavar los pies a doce de sus súbditos pobres, iniciando así una costumbre de la corte de Castilla que ha durado hasta nuestro siglo. Hombre de su tiempo, sintió profundamente el ideal caballeresco, síntesis medieval, y por ello profundamente europea, de virtudes cristianas y de virtudes civiles. Tres días antes de su boda, el 27 de noviembre de 1219, después de velar una noche las armas en el monasterio de las Huelgas, de Burgos, se armó por su propia mano caballero, ciñéndose la espada que tantas fatigas y gloria le había de dar. Sólo Dios sabe lo que aquel novicio caballero oró y meditó en noche tan memorable, cuando se preparaba al matrimonio con un género de profesión o estado que tantos prosaicos hombres modernos desdeñan sin haberlo entendido. Años después había de armar también caballeros por sí mismo a sus hijos, quizá en las campañas del sur. Mas sabemos que se negó a hacerlo con alguno de los nobles más poderosos de su reino, al que consideraba indigno de tan estrecha investidura. Deportista, palaciano, músico, poeta, gran señor, caballero profeso. Vamos subiendo los peldaños que nos configuran, dentro de una escala de valores humanos, a un ejemplar cristiano medieval. De su reinado queda la fama de sus conquistas, que le acreditan de caudillo intrépido, constante y sagaz en el arte de la guerra. En tal aspecto sólo se le puede parangonar su consuegro Jaime el Conquistador. Los asedios de las grandes plazas iban preparados por incursiones o “cabalgadas" de castigo, con fuerzas ágiles y escogidas que vivían sobre el país. Dominó el arte de sorprender y desconcertar. Aprovechaba todas las coyunturas políticas de disensión en el adversario. Organizaba con estudio las grandes campañas. Procuraba arrastrar más a los suyos por la persuasión, el ejemplo personal y los beneficios futuros que por la fuerza. Cumplidos los plazos, dejaba retirarse a los que se fatigaban. Esta es su faceta histórica más conocida. No lo es tanto su acción como gobernante, que la historia va reconstruyendo: sus relaciones con la Santa Sede, los prelados, los nobles, los municipios, las recién fundadas universidades; su administración de justicia, su dura represión de las herejías, sus ejemplares relaciones con los otros reyes de España, su administración económica, la colonización y ordenamientos de las ciudades conquistadas, su impulso a la codificación y reforma del derecho español, su protección al arte. Esa es la segunda dimensión de un reinado verdaderamente ejemplar, sólo parangonable al de Isabel la Católica, aunque menos conocido. Mas hay una tercera, que algún ilustre historiador moderno ha empezado a desvelar y cuyo aroma es seductor. Me refiero a la prudencia y caballerosidad con sus adversarios los reyes musulmanes. "San Fernando —dice Ballesteros Beretta en un breve estudio monográfico— practica desde el comienzo una política de lealtad”. Su obra "es el cumplimiento de una política sabiamente dirigida con meditado proceder y lealtad sin par”. Lo subraya en su puntual biografía el padre Retana. Sintiéndose con derecho a la reconquista patria, respeta al que se le declara vasallo. Vencido el adversario de su aliado moro, no se vuelve contra éste. Guarda las treguas y los pactos. Quizá en su corazón quiso también ganarles con esta conducta para la fe cristiana. Se presume vehementemente que alguno de sus aliados la abrazó en secreto. El rey de Baeza le entrega en rehén a un hijo, y éste, convertido al cristianismo y bajo el título castellano de infante Fernando Abdelmón (con el mismo nombre cristiano de pila del rey), es luego uno de los pobladores de Sevilla. ¿No sería quizá San Fernando su padrino de bautismo? Gracias a sus negociaciones con el emir de los benimerines en Marruecos el papa Alejandro IV pudo enviar un legado al sultán. Con varios San Fernandos, hoy tendría el Africa una faz distinta. Al coronar su cruzada, enfermo ya de muerte, se declaraba a sí mismo en el fuero de Sevilla caballero de Cristo, siervo de Santa María, alférez de Santiago. Iban envueltas esas palabras en expresiones de adoración y gratitud a Dios, para edificación de su pueblo. Ya los papas Gregorio IX e Inocencio IV le habían proclamado "atleta de Cristo” y "campeón invicto de Jesucristo". Aludían a sus resonantes victorias bélicas como cruzado de la cristiandad y al espíritu que las animaba. Como rey, San Fernando es una figura que ha robado por igual el alma del pueblo y la de los historiadores. De él se puede asegurar con toda verdad —se aventura a decir el mesurado Feijoo— que en otra nación alguna non est inventus similis illi. Efectivamente, parece puesto en la historia para tonificar el espíritu colectivo de los españoles en cualquier momento de depresión espiritual. Le sabemos austero y penitente. Mas, pensando bien, ¿qué austeridad comparable a la constante entrega de su vida al servicio de la Iglesia y de su pueblo por amor de Dios? Cuando, guardando luto en Benavente por la muerte de su mujer, doña Beatriz, supo mientras comía el novelesco asalto nocturno de un puñado de sus caballeros a la Ajarquía o arrabal de Córdoba, levantóse de la mesa, mandó ensillar el caballo y se puso en camino, esperando, como sucedió, que sus caballeros y las mesnadas le seguirían viéndole ir delante. Se entusiasmó, dice la Crónica latina: “ irruit... Domini Spiritus in rege". Veían los suyos que todas sus decisiones iban animadas por una caridad santa. Parece que no dejó el campamento para asistir a la boda de su hijo heredero ni al conocer la muerte de su madre. Diligencia significa literalmente amor, y negligencia desamor. El que no es diligente es que no ama en obras, o, de otro modo, que no ama de verdad. La diligencia, en último término, es la caridad operante. Este quizá sea el mayor ejemplo moral de San Fernando. Y, por ello, ninguno de los elogios que debemos a su hijo, Alfonso X el Sabio, sea en el fondo tan elocuente como éste: “no conoció el vicio ni el ocio”. Esa diligencia estaba alimentada por su espíritu de oración. Retenido enfermo en Toledo, velaba de noche para implorar la ayuda de Dios sobre su pueblo. "Si yo no velo —replicaba a los que le pedían descansase— ¿cómo podréis vosotros dormir tranquilos?" Y su piedad, como la de todos los santos, mostrábase en su especial devoción al Santísimo Sacramento y a la Virgen María. A imitación de los caballeros de su tiempo, que llevaban una reliquia de su dama consigo, San Fernando portaba, asida por una anilla al arzón de su caballo, una imagen de marfil de Santa María, la venerable "Virgen de las Batallas" que se guarda en Sevilla. En campana rezaba el oficio parvo mariano, antecedente medieval del santo rosario. A la imagen patrona de su ejército le levantó una capilla estable en el campamento durante el asedio de Sevilla; es la “Virgen de los Reyes", que preside hoy una espléndida capilla en la catedral sevillana, Renunciando a entrar como vencedor en la capital de Andalucía, le cedió a esa imagen el honor de presidir el cortejo triunfal. A Fernando III le debe, pues, inicialmente Andalucía su devoción mariana. Florida y regalada herencia. La muerte de San Fernando es una de las más conmovedoras de nuestra Historia. Sobre un montón de ceniza, con una soga al cuello, pidiendo perdón a todos los presentes, dando sabios consejos a su hijo y sus deudos, con la candela encendida en las manos y en éxtasis de dulces plegarias. Con razón dice Menéndez Pelayo: "El tránsito de San Fernando oscureció y dejó pequeñas todas las grandezas de su vida". Y añade: "Tal fue la vida exterior del más grande de los reyes de Castilla: de la vida interior ¿quién podría hablar dignamente sino los ángeles, que fueron testigos de sus espirituales coloquios y de aquellos éxtasis y arrobos que tantas veces precedieron y anunciaron sus victorias?" San Fernando quiso que no se le hiciera estatua yacente; pero en su sepulcro grabaron en latín, castellano, árabe y hebreo este epitafio impresionante: "Aquí yace el Rey muy honrado Don Fernando, señor de Castiella é de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia é de Jaén, el que conquistó toda España, el más leal, é el más verdadero, é el más franco, é el más esforzado, é el más apuesto, é el más granado, é el más sofrido, é el más omildoso, é el que más temie a Dios, é el que más le facía servicio, é el que quebrantó é destruyó á todos sus enemigos, é el que alzó y ondró á todos sus amigos, é conquistó la Cibdad de Sevilla, que es cabeza de toda España, é passos hí en el postrimero día de Mayo, en la era de mil et CC et noventa años." Que San Fernando sea perpetuo modelo de gobernantes e interceda por que el nombre de Jesucristo sea siempre debidamente santificado en nuestra Patria. JOSÉ Mª. SÁNCHEZ DE MUNIÁIN

martes, 29 de mayo de 2012

LA GAITA Y LA LIRA

LA GAITA Y LA LIRA ¡Cómo tira de nosotros! Ningún aire nos parece tan fino como el de nuestra tierra; ningún césped más tierno que el suyo; ninguna música comparable a la de sus arroyos. Pero... ¿no hay en esa succión de la tierra una venenosa sensualidad? Tiene algo de fluido físico, orgánico, casi de calidad vegetal, como si nos prendieran a la tierra sutiles raíces. Es la clase de amor que invita a disolverse. A ablandarse. A llorar. El que se diluye en melancolía cuando plañe la gaita. Amor que se abriga y se repliega más cada vez hacia la mayor intimidad; de la comarca al valle nativo; del valle al remanso donde la casa ancestral se refleja; del remanso a la casa; de la casa al rincón de los recuerdos. Todo eso es muy dulce, como un dulce vino. Pero también, como en el vino, se esconden en esa dulzura embriaguez e indolencia. A tal manera de amar, ¿puede llamarse patriotismo? Si el patriotismo fuera la ternura afectiva, no sería el mejor de los humanos amores. Los hombres cederían en patriotismo a las plantas, que les ganan en apego a la tierra. No puede ser llamado patriotismo lo primero que en nuestro espíritu hallamos a mano. Es elemental impregnación en lo telúrico. Tiene que ser, para que gane la mejor calidad, lo que esté cabalmente al otro extremo, lo más difícil; lo más depurado de gangas terrenas; lo más agudo y limpio de contornos; lo más invariable. Es decir, tiene que clavar sus puntales, no en lo sensible, sino en lo intelectual. Bien está que bebamos el vino dulce de la gaita, pero sin entregarle nuestros secretos. Todo lo que es sensual dura poco. Miles y miles de primaveras se han marchitado, y aún dos y dos siguen sumando cuatro, como desde el origen de la creación. No plantemos nuestros amores esenciales en el césped que ha visto marchitar tantas primaveras; tendámoslos, como líneas sin peso y sin volumen, hacia el ámbito eterno donde cantan los números su canción exacta. La canción que mide la lira, rica en empresas porque es sabia en números.
* * *
Así, pues, no veamos en la patria el arroyo y el césped, la canción y la gaita; veamos un destino, una empresa. La patria es aquello que, en el mundo, configuró una empresa colectiva. Sin empresa no hay patria; sin la presencia de la fe en un destino común, todo se disuelve en comarcas nativas, en sabores y colores locales. Calla la lira y suena la gaita. Ya no hay razón –si no es, por ejemplo, de subalterna condición económica– para que cada valle siga unido al vecino. Enmudecen los números de los imperios –geometría y arquitectura– para que silben su llamada los genios de la disgregación, que se esconden bajo los hongos de cada aldea.

Respuesta Estudiantil!!




Por arriba tus ojos!!!

miércoles, 16 de mayo de 2012

derrota de Sarkozy



Más sobre la derrota de Sarkozy Hemos construido un mundo donde las soberanías nacionales han quedado reducidas a fosfatina. Lo cual tiene sus inconvenient

es cuando se trata de asegurar instrumentos para garantizar el bienestar del pueblo. Sarkozy ha fracasado porque llegó al poder envuelto en un discurso de afirmación nacional y, una vez en la presidencia, no ha sido capaz de afirmar nada. La crisis global se lo ha llevado como a tantas otras cosas. Y ha quedado demostrado que ni siquiera Francia es capaz de trabajar por libre. ¿Qué está pasando? Está pasando que hemos construido un mundo –o, si se prefiere, nos hemos dejado absorber por él- donde las soberanías nacionales han quedado reducidas a fosfatina. Lo cual tiene sus inconvenientes cuando se trata de asegurar instrumentos para garantizar el bienestar del pueblo. Por decirlo en dos palabras, el capital se ha comido a lo nacional, primero, y ahora parece que va a comerse a lo social. Hasta ahora hemos vivido envueltos en la propaganda de la globalización, según la cual el mercado iba a salvarnos de las violentas inclemencias del tiempo de las naciones. Hoy vemos que también el mundo globalizado presenta sus inclemencias, y no son moco de pavo. El problema es cómo salir de aquí. Sarkozy no ha podido. Hollande tampoco podrá. En cuanto a nosotros, más vale no pensarlo… de momento. En los comentarios al último post, donde se exponía la frustración del proyecto de Sarkozy, algunos lectores ponían ejemplos de políticas económicas que en el pasado pudieron dar la vuelta a una situación de crisis. Se cita el New Deal de Roosevelt, por ejemplo. Con igual o más razón podría ponerse el ejemplo de la política de Hjalmar Schacht en la Alemania de Hitler, que fue incluso más revolucionaria, porque aplicó el keynesianismo antes de que Keynes lo inventara. El problema del New Deal –problema que, por cierto, hoy olvidan casi todos sus cantores- es que produjo un déficit público sideral, es decir, exactamente el tumor que hoy nos aqueja a todos los países occidentales. La recesión norteamericana de 1937 demostró que el New Deal no era una buena receta económica, a pesar de sus logros sociales. La única solución pasaba por… la guerra, como explicó el propio Roosevelt al secretario del Tesoro, Morgenthau. Y hubo guerra. La misma dinámica terminó envolviendo a la Alemania de Hitler, aunque, en este caso, Schacht intentó limitar los gastos militares porque le disparaban la inflación. Hitler no aceptó, evidentemente, y al final la guerra fue la única vía para evitar el colapso de la economía alemana. Esto no quiere decir que la causa de la segunda guerra mundial fuera económica, pero sí que la guerra había dejado de ser un inconveniente económico. Ojo al asunto. Otros países apostaron después por políticas que expandían igualmente su gasto público, pero como motor de la iniciativa privada –lo cual permitía recuperar la inversión- y con objetivos que no requerían una salida bélica. Dos casos de libro son el Japón de los años sesenta y la España de Franco a partir del Plan de Estabilización. En ambos países los resultados fueron excelentes desde el punto de vista económico. Y no muy distinto fue el camino de Francia y Alemania desde los años cincuenta, en los llamados “treinta años gloriosos”. Fueron los tiempos del gran crecimiento europeo. Un crecimiento que, en todos los casos, se apoyaba en una serie de requisitos imprescindibles: dirección política de los objetivos económicos (pero sólo de los objetivos), ancha libertad de empresa, abundante mano de obra disponible y autonomía financiera del Estado. Porque la clave de estas políticas de capitalismo social –llamémoslas así- está en que necesitan una financiación abundante y constante. Hace falta dinero que responda al endeudamiento público. Si no hay tal dinero, entonces la fiesta se acabó. Nuestro problema, hoy, es que los Estados han perdido toda autonomía financiera en beneficio de instituciones transnacionales o del propio mercado, a lo cual se suma que los gobiernos ya no tienen capacidad real para fijar los objetivos generales de la economía nacional. Y si uno no tiene capacidad para decidir qué hacer ni con qué hacerlo, entonces ya me contará usted cómo resolvemos la crisis. Quienes fantasean con grandes proyectos de impulso público, al estilo Hollande, mienten a sabiendas: o se cambia el modelo, o no hay salida duradera. Es lo que no se atreven a decir ni la derecha ni la izquierda. http://www.intereconomia.com/blog/blog-esparza/mas-sobre-derrota-sarkozy-20120509

martes, 15 de mayo de 2012


Mi ambición es la de poder despertar a veces algunas vocaciones. En el alma de todo hombre quizá exista un hogar meta-físico que permanece oculto bajo la ceniza, y que está más amenazado de extinguirse cuando más el espíritu ha recibido ciegamente una gran cantidad de doctrinas ya elaboradas; el evocador es aquel que sopla esas cenizas y hace brotar la llama. No creo jactarme vanamente si digo que, algunas veces,acerte a avivar el espíritu de invención de los lectores. Y bien,éso es el espíritu de invención que sería preciso suscitar en el mundo. Lograr este objetivo vale más que recoger la aprobación banal de la gente que repite fórmulas o que esclaviza supensamiento en las disputas escolásticas GEORGE SOREL

lunes, 14 de mayo de 2012

Grecia y el crepúsculo del bipartidismo

Un futuro difícil, pero un parlamento acorde con la realidad social que vive Grecia Grecia y el crepúsculo del bipartidismo José Luis Orella. El nombre de Grecia va unido a una civilización y una cultura únicas y que forman parte de nuestro patrimonio común europeo. Sin embargo, la vieja Hélade fue decayendo, convirtiéndose en una provincia romana y finalmente en la base del Imperio Bizantino. No obstante, cuando en 1453 los turcos tomaron Constantinopla, Grecia entro en la noche obscura de los tiempos. Durante el siglo pasado con el despertar de los pueblos, los griegos serían de los primeros en sublevarse y en obtener su independencia. La Grecia independiente no tendrá nada en común con la antigua civilización helena. Un país pobre y agrícola arrinconado en el Mediterráneo, pero con una historia paralela a España.

 En la II Guerra Mundial, invadida por Italia, se posicionó con los aliados, siendo la guerrilla comunista la más fuerte en la lucha, al aniquilar a las rivales no marxistas, Sin embargo, al final de la guerra el país no fue dominado por los comunistas por la actitud decisiva del ejército británico, quienes apoyados por los antiguos colaboracionistas de los alemanes, los no marxistas antifascistas habían sido aniquilados en la Guerra, derrotaron y expulsaron a los comunistas durante la Guerra Civil de 1946-49. Sin embargo, esto produjo la intervención del ejército en la política, como garante del orden. El mariscal Papagos favoreció la promulgación de la Constitución de 1952, la entrada en la OTAN y la formación de un fuerte partido de derecha, la ERE (Unión Nacional Radical). Esta situación se mantuvo hasta 1964, bajo el reinado del rey Pablo. Con Karamanlis en el gobierno, las empresas americanas e inglesas se establecieron en el país fomentando su industrialización. El comercio con USA y la ayuda del Plan Marshall reforzaron la posición proatlantista del país. En los sesenta, ante el peligro de una coalición entre comunistas y liberales, el ejército dio un golpe de Estado, apoyado por el monarca en un principio, en 1967. En 1974 dejaban el poder a Karamanlis quien traía la democracia, pero no así la monarquía, odiada por la izquierda por su apoyo a los coroneles, y por la derecha, por su deserción de la dictadura. El campo político se organizó entre Nueva Democracia por la derecha y el PASOK por los socialistas, dirigido éste por Andreas Papandreu, legalizándose el partido comunista. El PASOK se hizo con el poder y Papandreu se convirtió en un líder carismático, que gobernó de forma personalista y autocrática, dejándose manejar por su segunda mujer, una joven azafata llego a ser acusado de corrupción, a semejanza de sus contemporáneos socialistas. Ambos partidos, gobernados por dos dinastías familiares, se han repartido el poder, dejando el resto del arco parlamentario a comunistas, izquierdistas heterodoxos y una derecha nacida de la Iglesia Ortodoxa (LAOS).

Sin embargo, las actuales elecciones parlamentarias, marcadas, por lo que denominan los griegos, “la nueva ocupación alemana”, han roto el bipartidismo de la corrupción. El PASOK se ha hundido hasta un 13,4 %, que le da 41 escaños. Su respaldo electoral se ha ido a Sirias, la Coalición de grupos de izquierda radical, que con un 16,6 % y 52 diputados, lleva la voz cantante en un intento de organizar un futuro Frente Popular, donde tuviese cabida el KKE, un partido comunista de línea dura y nostálgico de la vieja época, que con un 8% tiene 26 escaños. En el campo del centroderecha, Nueva Democracia ha obtenido un 19 %, como primera fuerza parlamentaria, suma a sus 58 escaños, otros 50, que le otorga la ley electoral. Pero ni así compensa las pérdidas sufridas. Sencillamente el centro ha desaparecido. Su electorado se ha trasladado hacia su escisión derechista de los Griegos Independientes, quienes con un 10,5 % y 33 escaños, pretende presentar una alternativa soberanista frente a los dictados de la UE. A su derecha Aurora Dorada, una formación populista, fundada por un militar retirado, nostálgico de la dictadura de los coroneles, con un 7 % y 21 escaños, rescata del pasado las cruces célticas y los brazos en alto, absorbiendo el electorado de LAOS, quien había colaborado durante un tiempo en el primer gobierno de concentración nacional. Un futuro difícil, pero un parlamento acorde con la realidad social que vive Grecia DIARIO YA

miércoles, 9 de mayo de 2012

martes, 8 de mayo de 2012

Orientaciones VII

...la concepción orgánica nada tiene que ver con una esclerosis de la idolatría del Estado ... "
la suprema nobleza de los jefes no es la de ser amos de siervos, sino señores que también aman la libertad de quienes les obedecen”

VII

Si la idea de una unidad política viril y orgánica formó ya parte esencial del mundo que fue vencido -y se sabe que, entre nosotros, se evocó de nuevo el símbolo romano- debemos también reconocer los casos en los cuales esta exigencia se desvió y abortó hacia la dirección equívoca del “totalitarismo”. Esto, de nuevo, es un punto que se debe ver con claridad, a fin de que la diferencia entre los frentes sea precisa y no se suministren armas a quienes quieren confundir las cosas. Jerarquía no es jerarquismo (un mal éste que, desgraciadamente, intenta extenderse en nuestros días), y la concepción orgánica nada tiene que ver con una esclerosis de la idolatría del Estado ni con una centralización niveladora. En cuanto a los individuos, la verdadera superación, tanto del individualismo como del colectivismo, se da solamente cuando los hombres se encuentran frente a los hombres, en la diversidad natural de su ser y de su dignidad, teniendo gran importancia el antiguo principio de que “la suprema nobleza de los jefes no es la de ser amos de siervos, sino señores que también aman la libertad de quienes les obedecen” (9). Y en cuanto a la unidad que debe impedir, por regla general, toda forma de disociación y de absolutización de lo particular, tiene que ser esencialmente espiritual, debe ser y tener una influencia central orientadora, un impulso que, según los dominios, asume las más diferentes formas de expresión. Ésta es la verdadera esencia de la concepción “orgánica”, opuesta a las relaciones rígidas e intrínsecas propias del “totalitarismo”.

En este marco, la exigencia de la libertad y de la dignidad de la persona humana, que el liberalismo sabe concebir solamente en términos individualistas, igualitarios y privados, puede realizarse integralmente. Es en este espíritu en el que se van a encuadrar las filas de la nueva alineación y en el que las estructuras de un nuevo ordenamiento político-social van a ser estudiadas, para dar unas claras y firmes articulaciones (10). Pero estas estructuras necesitan de un centro, de un punto supremo de referencia. Es necesario un nuevo símbolo de soberanía y de autoridad. La consigna a este respecto debe ser precisa, puesto que no podemos admitir tergiversaciones ideológicas. Se debe decir claramente que aquí no se trata del así Ilamado problema institucional sino de modo subordinado; se trata, ante todo, de aquello que es necesario para lograr una “atmósfera” específica que haga posible el fluido que debe animar toda relación de fidelidad, de dedicación, de servicio, de acción desinteresada, hasta superar verdaderamente el gris, mecanicista y torcido mundo político y social actual. En este camino hoy se acabará en un callejón sin salida si no se es capaz de asumir una especie de áscesis de la idea pura.

Para numerosos espíritus, la percepción clara de la dirección justa le viene perjudicada tanto por algunos antecedentes poco felices de nuestras tradiciones nacionales como por las trágicas contingencias de un pasado reciente. Estamos dispuestos a admitir la incoherencia de la solución monárquica, si se piensa en aquellos que hoy en día sólo saben defender el residuo de una idea, un símbolo vacío y desvirilizado, como lo es el de la monarquía constitucional y parlamentaria. Pero, del mismo modo, debemos declarar nuestro rechazo de la idea republicana. Ser antidemócrata por un lado, y por otro defender “ferozmente” (tal es desgraciadamente la terminología de algunos exponentes de una falsa intransigencia) la idea republicana es un absurdo que salta a los ojos: la república (en su representación moderna, pues las repúblicas antiguas fueron aristocracias -como en Roma- u oligarquías, éstas a menudo con carácter de tiranías) pertenece esencialmente al mundo surgido tras el jacobinismo y la subversión antitradicional y antijerárquica del siglo XIX. Que se la deje entonces a ese mundo, que no es el nuestro (11).

En cuanto a Italia, es inútil jugar al equívoco en nombre de una presunta fidelidad al fascismo de Saló, pues si por esta razón se debiera seguir la falsa vía republicana, se sería precisamente infiel a algo superior, se echaría por la borda el núcleo central de la ideología del Ventenio, es decir, su doctrina del Estado como autoridad, poder, imperium. Ésta es la doctrina que se debe seguir, sin consentir en descender de nivel ni hacer el juego a ningún grupo. La concreción del símbolo, por ahora, puede quedar indeterminada. Decir solamente: Jefe, Jefe del Estado. Aparte de esto, el principal y esencial deber es preparar silenciosamente el ambiente espiritual adecuado para que el símbolo de la autoridad intangible sea percibido y reasuma su pleno significado: a tal símbolo no podría corresponder la estatura de cualquier revocable “presidente” de la república, ni tampoco un tribuno o jefe popular, detentador de un simple poder individual informe, privado de un carisma superior, de un poder basado de hecho en la fascinación precaria que ejerce sobre las fuerzas irracionales de la masa. Este fenómeno, llamado por algunos “bonapartismo”, ha sido interpretado justamente no como lo contrario de la democracia demagógica o “popular”, sino como su lógica conclusión: el “bonapartismo” es una de las sombrías apariciones de la spengleriana “decadencia de Occidente”. Ésta es otra piedra de toque y una prueba para los nuestros: la sensibilidad respecto a todo esto. Ya un Carlyle había hablado “del mundo de los siervos que quieren ser gobernados por un pseudo-Héroe”, y no por un Señor.

lunes, 7 de mayo de 2012

La caida de la derecha tecnocratica en Francia

Gianni Alemanno. #Sarkozy nel 2007 ha vinto come destra sociale, oggi perde come destra tecnocratica, meditare gente..

martes, 24 de abril de 2012

¿Le Pen tontos utiles a la izquierda o patriotas con visión?


Marie Le Pen no debería convertirse en la artífice del triunfo de la izquierda francesa, la más repugnante y multicultural de toda Europa, la oposición de Le Pen a Sarkozy en el gobierno es la mejor manera de poder robar votos a la izquierda y seguir creciendo también por la derecha. Si la izquierda de Strauss Kahn y Hollande obtienen la posibilidad de ganar las elecciones de mano de Le Pen puede ser un desastre total para Francia y la rentabilidad política para el FN es discutible. Le Pen no debería ser esa derecha que fomento Miterrand para perpetuar a la izquierda en el poder. Solo hay que ver que el apologeta del mestizaje y de la inmigración Mechelon y toda la izquierda extrema ya han decidido votar a Hollande y algún imbécil de la derecha se alegra. Si Le Pen tuviera la suficiente inteligencia para pactar con Sarkozy para entrar en la asamblea nacional en las legislativas de junio, ya que hasta ahora no lo ha permitido la alianza de los dos grandes partidos, eso sí sería un verdadero triunfo político, lo demás seguirá siendo un fracaso pues el FN solo hace de tonto políticamente útil y nunca toca poder real ni influye de manera determinante en Francia, así lleva desde su fundación ¿Casualidad? http://www.arbil.org/(86)roma.htm

domingo, 22 de abril de 2012

Orientaciones VI

"Lo importante es que, contra toda forma de resentimiento y de rivalidad social, cada uno sepa reconocer y amar su propia función, aquella que verdaderamente es conforme a su propia naturaleza, reconociendo así los límites dentro de los cuales puede desarrollar sus potencialidades y conseguir una perfección propia; porque un artesano que desempeña perfectamente su función es indudablemente superior a un rey que se desvía y que no está a la altura de su dignidad."
VI

No sin relación con esto, nuestro radicalismo de la reconstrucción exige que no se transija no sólo con ninguna de las variedades de la ideología marxista o socialista, sino tampoco con aquello que en general se puede Ilamar la alucinación o el demonismo de la economía. Se trata aquí de la idea de que en la vida individual y colectiva el factor económico sea lo más importante, real, decisivo; que la concentración de los valores e intereses en el plano económico y productivo no sea la aberración sin precedentes del hombre occidental moderno, sino algo normal, no una brutal y eventual necesidad, sino algo que se desea y se exalta. En este círculo cerrado y oscuro se encuentran atrapados tanto el capitalismo como el marxismo. Debemos romper este círculo. Mientras no se sepa hablar más que de clases económicas, de trabajo, de salarios, de producción, mientras se piense que el verdadero progreso humano, la verdadera elevación del individuo, está solamente condicionado por un particular sistema de distribución de la riqueza y de los bienes y tenga relación con la pobreza y el bienestar, con el estado de la prosperity o con el socialismo utópico, se permanecerá siempre en el mismo plano de lo que debe combatirse. Nosotros afirmamos que todo aquello que es economía e interés económico como mera satisfacción de la necesidad animal ha tenido, tiene y siempre tendrá una función subordinada en una humanidad normal; que más allá de esta esfera debe diferenciarse un orden de valores superiores, políticos, espirituales y heroicos, un orden que -como ya hemos dicho- no conoce y ni siquiera admite “proletarios” o “capitalistas” y que sólo en función de dicho orden se deben definir aquellas cosas por las que vale la pena vivir y morir; un orden que debe establecer una verdadera jerarquía, diferenciar nuevas dignidades y, en la cumbre, entronizar la superior función del mando, del Imperium.

Así, a este respecto, van a desarraigarse muchas malas hierbas que han crecido también en nuestras filas. ¿Qué significa, si no, ese discurso del “Estado del Trabajo”, del “socialismo nacional”, del “humanismo del trabajo” y similares? ¿qué significan esas llamadas más o menos explícitas a una involución de la política dentro de la economía, recogiendo así una de esas tendencias problemáticas hacia un “corporativismo integral” y, en el fondo, acéfalo, que en el fascismo ya encontró, afortunadamente, el paso obstruido? ¿Qué es eso de considerar la formula de la “socialización” como una especie de fármaco universal y elevar la “idea social” a símbolo de una nueva civilización que, quién sabe cómo, debería estar más allá tanto del “Este” como del “Oeste”?

Éstos -es necesario reconocerlo- son puntos oscuros presentes en no pocos espíritus que, también, por otra parte, se encuentran en nuestro mismo frente. Con lo cual ellos piensan que se mantienen fieles a una consigna “revolucionaria”, mientras que en realidad obedecen sólo a sugestiones más fuertes que ellos mismos, de las que está saturado un ambiente político degradado. Y entre tales sugestiones se encuentra la misma “cuestión social”. ¿Cuándo se tomará conciencia de la verdad, es decir, de que el marxismo no ha surgido porque haya existido una cuestión social objetiva, sino que la cuestión social surge -en numerosísimos casos- sólo porque existe un marxismo, vale decir, artificialmente, y sin embargo, en términos casi siempre insolubles, por obra de los agitadores, de los famosos “excitadores de la conciencia de clase”, sobre los que Lenin se ha expresado muy claramente, puesto que ha refutado el carácter espontáneo de los movimientos revolucionarios proletarios?

Es partiendo de esta premisa desde donde se debería actuar, en el sentido antes mencionado de la desproletarización ideológica, de la desinfección de las partes aún sanas del pueblo del virus político socialista. Sólo entonces, una y otra reforma podrá ser estudiada y realizada sin peligro, según la verdadera justicia.

De este modo, como caso particular, se verá según qué espíritu la idea corporativa puede ser de nuevo una de las bases de la reconstrucción: el corporativismo no tanto como un sistema general de equilibrio estático y casi burocrático que mantenga la idea nociva de opuestas formaciones clasistas, sino como voluntad de encontrar, en el mismo seno de la empresa, esa unidad, esa solidaridad de fuerzas diferenciadas que la prevaricación capitalista (con el tipo más reciente y parásito del especulador y del capitalista financiero), por un lado, y la agitación marxista, por otro, han perjudicado y roto. Es necesario restituir a la empresa una forma de unidad casi militar, en la cual al espíritu de responsabilidad, a la energía y a la competencia de quien dirige, se acompañen el de la solidaridad y la fidelidad de las fuerzas laborales asociadas alrededor de él en la común empresa o misión. Si se considera su aspecto legítimo y positivo, tal es entonces el sentido de la “socialización”. Pero esta designación, como se ve, es poco apropiada, pues es más bien de una reconstrucción orgánica de la economía y de la empresa de lo que se debería hablar, y deberíamos guardarnos, usando esta fórmula con simples objetivos de propaganda, de adular el espíritu de sedición de las masas transformado en “justicia social” proletaria (7). En general, debería recuperarse el mismo estilo de impersonalidad activa, de dignidad, de solidaridad en la producción, que fue el estilo propio de las antiguas corporaciones o gremios de artesanos y profesionales (8). Pero, repitámoslo, a esto se debe Ilegar partiendo desde el interior. Lo importante es que, contra toda forma de resentimiento y de rivalidad social, cada uno sepa reconocer y amar su propia función, aquella que verdaderamente es conforme a su propia naturaleza, reconociendo así los límites dentro de los cuales puede desarrollar sus potencialidades y conseguir una perfección propia; porque un artesano que desempeña perfectamente su función es indudablemente superior a un rey que se desvía y que no está a la altura de su dignidad.


En particular, podemos admitir un sistema de competencias técnicas y de representaciones corporativas para sustituir al parlamentarismo de los partidos; pero debe tenerse presente que las jerarquías técnicas, en su conjunto, no pueden significar nada más que un grado en la jerarquía integral: se refieren al orden de los medios, que han de subordinarse al orden de los fines, al cual por tanto corresponde la parte propiamente política y espiritual del Estado. Hablar, pues, de un “Estado del trabajo” o de “la producción” equivale a hacer de la parte un todo, a reducir, por analogía, a un organismo humano a sus funciones simplemente físico-vitales. Una tal elección, oscura y obtusa, no puede ser nuestra bandera, al igual que tampoco la idea social. La verdadera antítesis, tanto frente al “Este” como frente al “Oeste”, no es el “ideal social”. Lo es, en cambio, la idea jerárquica integral. Respecto a esto, ninguna incertidumbre es tolerable.

jueves, 19 de abril de 2012

Las Navas de Tolosa


¿Por qué la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212, fue fundamental en la historia de España y de Europa?

- Fue fundamental por lo que toda Europa se jugaba: detener la última gran invasión africana en occidente. Los almohades, una secta guerrera fundamentalista del sur de Marruecos, habían conseguido reunir bajo su liderazgo a todos los pueblos del norte de África, habían pasado a la península y se habían hecho con el poder en Al-Andalus; tenían la potencia militar, política y económica suficiente para romper la frontera, que en ese momento estaba situada en Sierra Morena, al norte de Andalucía, y desparramarse de nuevo por la meseta castellana. Tan obvia era la amenaza que al rey castellano no le costó obtener del Papa Inocencio III la proclamación de cruzada, y así, en 1212, se reunieron millares de europeos –alemanes, bretones, lombardos, provenzales…- para frenar a los almohades en España. Aunque la mayoría de los europeos resistieron mal las condiciones extremas del combate, una buena porción de caballeros provenzales permaneció junto a las tropas de los reinos españoles y compartió la gloria de la victoria. Después de las Navas de Tolosa, nunca más una invasión musulmana volvería a amenazar el suelo europeo por occidente.

- Unos pocos miles de hombres al mando de Roger de Flor, aquellos famosos Almogávares, tropas de choque de la Corona de Aragón constituidas por pastores de las sierras ibéricas, consiguieron retrasar casi un siglo y medio la muerte de Bizancio. ¿Cómo pudo ser esto?

- Es sencillamente inverosímil y, sin embargo, ocurrió. Los almogávares eran una suerte de tropa de elite de los ejércitos cristianos en la reconquista, tanto aragoneses como castellanos, y esencialmente de infantería. Una gente singular: vivían permanentemente en el frente de guerra, con sus familias, y su existencia consistía en atacar sin descanso las líneas enemigas, infiltrarse tras ellas y sobrevivir con lo que capturaban al enemigo. Cuando el Reino de Aragón llegó hasta su límite sur de expansión en la península, los almogávares (la palabra viene del árabe al-mugavar, que significa “los que provocan confusión”) fueron empleados en el nuevo horizonte de la Corona aragonesa, que fue la expansión por el mediterráneo. Después de conquistar Sicilia y Nápoles, acudieron a la llamada del emperador de Bizancio, amenazado por los turcos. Era 1302. La mera idea de viajar a Bizancio para pelear contra el inmenso ejército turco era perfectamente demencial, pero ese era exactamente el carácter almogávar. Su jefe, Roger de Flor (en realidad, Roger von Blum, hijo de un halconero de Federico II Hohenstauffen, criado con los templarios y viejo templario él mismo), aceptó el reto y embarcó hacia Constantinopla con 4.500 hombres. Llegará a haber 7.000 almogávares en la península de Anatolia. Su gesta es asombrosa: destrozaron a los ejércitos turcos en Cízico, en toda la costa mediterránea, al pie del monte Tauro… Traicionados por los propios bizantinos, masacran a éstos en Galípoli, pasan a Grecia y constituyen un ducado propio en Tesalia, donde mantendrían su presencia durante un siglo. JJ. Esparza